Un aplauso para Ángel

Un aplauso para Ángel

La Ópera y todo lo referente al Bel canto cuenta con una notable tradición en nuestro país. Las visitas a La Habana de afamadas compañías líricas y de reconocidos solistas extranjeros han sido muestras del respeto que sienten por nuestro público en buena parte del mundo. Reverencia merecen también artistas cubanos formados, unos en academias europeas durante la primera mitad del siglo XX, y otros, al calor de maestros provenientes de la etapa prerrevolucionaria o del entonces campo socialista, por lo que se nota en ambas tendencias un exquisito rigor que da lugar a generaciones de artistas que han enaltecido nuestra tradición lírica.

También, y desde el muy temprano atisbo de nacionalidad propia y amor insular, surgiría una intelectualidad descomunal y culta, que da lugar a extraordinarios compositores del género y permite destacar sobremanera la etapa comprendida desde mediados del XIX hasta bien adentrado el XX: Roig, Anckermann, Prats, Sánchez de Fuentes o Lecuona son, sin duda, los más conocidos autores, aunque no los únicos durante todo ese tiempo.

Pero entre tanto ajetreo de firmas e intérpretes, iba aparejada la figura del investigador, del vigía que con honda laboriosidad narraba y traducía en otros lenguajes y contextos cada obra nueva o conocida. La historia recoge las grandes hazañas del Cid o Rolando, pero en ocasiones olvida al narrador y desconoce sus aportes artísticos, ya sean vivenciales o imaginativos, pero que sin ellos no podría conformarse el conocimiento de la humanidad tal como lo poseemos.

En Cuba existe uno de esos juglares, un narrador cuyo amor por el arte lírico lo fue llevando a la consagración de su magisterio: Ángel Vázquez Millares. Protagonista de una época de acontecimientos importantes, Vázquez Millares sabe transmitir cada instante acumulado durante su vida y atemperarlo con claridad a estos tiempos, con los aportes lógicos de sus estudios sobre el género. Su formación no es musicalmente académica, pero ha construido un estilo propio y muy comunicativo gracias a su talento, seguido por un refinado gusto que lo sitúa en un lugar especial dentro de la investigación, ya sea a través de entrevistas o de manera presencial. Ha sido muy sabia la permanencia de su programa Un palco en la Ópera, del Canal Educativo, todo este tiempo; en momentos donde otros géneros pujan por disputarse audiencias a toda costa, y por el debate cultural que se desarrolla en pos de refrendar expresiones endógenas ante la maquinaria anticultural avasalladora que vive el planeta. Ante ello es loable tener un espacio de crítica y acercamiento al género, muestra del esfuerzo personal del maestro y del Canal Educativo, apostando por la cultura en un sentido inclusivo y siendo, además, un excepcional testimonio sobre la ópera, sus etapas, afluentes y perspectivas. Pienso que podría trabajarse en una recopilación audiovisual con fines educativos y bibliográficos -se conservan casi todos los programas- con selección del propio maestro, para dejar constancia documental de que alguien, como pocos en Cuba, nos acercó y tradujo la ópera de una forma amena e instructiva.

(Tomado de Granma)