Un baile por el aniversario 91 de Abelardo Estorino

Un baile por el aniversario 91 de Abelardo Estorino

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Escénicos, teatro cubano, monólogo, sala Raquel Revuelta
  • La obra celebró desde las tablas un aniversario más de Abelardo Estorino.
    La obra celebró desde las tablas un aniversario más de Abelardo Estorino.

Los audífonos puestos y un ángulo formado por dos paredes sonorizadas verdes fueron la primera impresión. Aquello era un monólogo, la historia de una persona, la evocación de varias ficciones, pero desde una sola voz. Nina estaba sentada frente al micrófono y cualquiera pensaría que escucharíamos la narración a partir de la cabina de grabación, pero no.

El baile, obra de Abelardo Estorino, bajo la dirección de Julio Cesar Ramírez, y con la actuación de Daysi Sánchez, es la manera que Teatro D´Dos encontró para homenajear al dramaturgo en su aniversario 91 de natalicio, en la sala Raquel Revuelta este febrero.

Las reposiciones en el teatro son complicadas cuando se trata de los públicos y sus posibles recuerdos. Siempre tendemos a comparar una con otra función, o los actores, o el montaje técnico; pero cuando logramos escapar de ese reflejo incondicionado viene la historia, el texto, y olvidamos el escollo y mal humor, para dejarnos caer otra vez en el profundo abismo de su confesión.  

El baile es la historia de Nina, una mujer que vive sola en una casa llena de recuerdos. Como la mayoría de las “casas” de Estorino, esta tiene personalidad, y su color verde oscuro, no viene solo desde el lúdrico placer visual. Nina siente los pasos de Simón todo el tiempo, y al principio parece más que un animal, pero luego nos damos cuenta que en la mente de ella todo parece cobrar vida, y narrarnos una historia, para comprender al final, el tono de radionovela, con que empezamos a conectar desde los primeros minutos sentados en la luneta.

La historia está montada a partir de transiciones. Nina hilvana cada una de las fases de la obra en una evolución que se nos revela suavemente hasta descubrir, más allá de la soledad y el sufrimiento de una mujer, de la evocación constante de la hermana Angélica, del esposo y de los momentos de gloria de la casa; la añoranza de una madre por su hijo y la emigración como ese fantasma que nos persigue. 

 Julio Cesar Ramírez construye su puesta en escena a partir de la memoria. El diseño escenográfico escogido cautelosamente para hacerlo aparecer de manera gradual expone la valía de su estrategia. Los espectadores llegan a la sala y tienen a la actriz frente a ellos cantando, probando, ensayando. Esa es la primera fase, luego comienza la obra y se va desmontando el presente de la protagonista y su verdadera razón por la que está frente al micrófono, que deja de ser tal para convertirse en teléfono, en vínculo entre distancias, en puente. Otra de las fases resultan las lámparas, asociación a los años 50 en su diseño, y por supuesto, a historias que los colocan en medio de pasajes danzarios, historias de amor. La última fase salta del bolso cuando Nina encuentra la carta de Tito, su hijo, recién llegado a EE.UU. donde le describe su vida allí y las novedades y diferencias con su natal Cuba.

La obra recurre a las luces para crear atmósferas imprescindibles a la hora de narrar las anécdotas que acompañan a la protagonista. Los focos azules llegar a las temporalidades pasadas, mientras que los rojos confrontan la crudeza de la frágil Nina con sus miedos. Las presencias apenas son advertidas porque realizan su transición en fade, como en la mente llegan los recuerdos: sin avisar.

La casa, para Abelardo Estorino, tendría muchas simbologías, de ahí que la construcción de la puesta en escena a partir de la confesión, del encuentro casual, pueda convertirse, con las atmósferas adecuadas, en la palabra perfecta. Una casa tiende a sentir con sus dueños, a conversar con sus habitantes y consolarlos, o al menos protegerlos del exterior.

El baile, de Julio César Ramírez, no es uno de máscaras o disfraces. Nina llega en cada función para desgarrar su memoria ante nosotros, y tomar del público un joven que se convierta en su Tito. Al transgredir su cabina de grabación/casa/memoria objetivada Daysi Sánchez mira fijo al público y entrega lo que debemos ver: un personaje que se apodera del cuerpo del actor, un caballo.

Las funciones de esta temporada de El baile, escrita por Abelardo Estorino, y dirigida por Julio César Ramírez, provocan la misma sensación en cualquier geografía. Vuelta a sentir ahora en La Habana, desde la última vez en el Festival de Teatro de Camagüey, queda esa casa en mi memoria, y Nina, como uno de los personajes en el panteón de las grandes actuaciones.