Un mundo de cosas de José Soler Puig

Un mundo de cosas de José Soler Puig

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Escritores, Ediciones UNIÓN, narrativa cubana, José Soler Puig
  • El relato tiene su propia realidad, una realidad cambiante.
    El relato tiene su propia realidad, una realidad cambiante.

(…) porque yo también estoy aquí y me morí hace ya un montón de años
Un mundo de cosas, José Soler Puig

Tengo que confesar que para cuando supe de José Soler Puig me pareció un autor tan distante, que me fue imposible acercarme a él sin pensar en el filme basado en su novela Bertillón 166, que a decir verdad, la toma y la reduce a una propuesta que aleja más de lo que acerca. Ya había leído algunos de sus cuentos, pero la novela es un género muy diferente, “de aliento mucho más largo”, de una paciencia que, en el cuento, no deja de sorprender.

Así que cuando recogí este ejemplar de Un mundo de cosas (UNIÓN 2016) de José Soler Puig, fue más por puro interés ampliar mi lectura de autores cubanos, que por una búsqueda imperiosa de su literatura. Con algo más que aburrimiento comencé su lectura. Un aburrimiento impulsado por la lectura de autores más recientes de nuestro panorama literario. Tomando ese aburrimiento por el cuello, abrí “un mundo de cosas” que José Soler Puig me comenzó a decir desde la primera página. Pocas veces hablo en voz alta cuando estoy solo, pero creo que esta vez dije algo que difícilmente puede ser transcrito.

Un mundo de cosas comienza aligerando al lector y sin avisar te arrastra por los bifurcados caminos del neobarroco, el ron de los Infante, una Isla en desarrollo, la realidad magnífica del oriente del país. La novela no deja de maravillar y mientras nos adentramos en ella mucho más rica, más amplia, más “pieza fundamental de la literatura” se nos vuelve. Sí, no solo de la literatura cubana, sino de la Literatura (en alta). Un mundo de cosas de José Soler Puig tiene ese “no-sé-qué” instaurado en lo más profundo de todas las generaciones que intervienen en la historia que nos cuenta. Y como el neobarroco consiste “en la búsqueda de formas —y en la valorización de estas— en las que asistimos a la pérdida de la integridad, de la globalidad, de la sistematicidad ordenada, a cambio de la inestabilidad, de la polidimensionalidad, de la mutabilidad”1, esta novela lo retrata.

Así los personajes nos hablan, y nos habla también la novela en su caótica polifonía. La estructura está tan estrechamente ligada a su trama que José Soler Puig tuvo que corregirla —de una primera publicación en 1982, hacia una segunda en 1986 aún defectuosa, donde trató de enmendar. Así que esta edición se nos muestra definitiva en cuanto a estos “equívocos”, que alteran le resultado final de su lectura.

Un mundo de cosas es un testimonio vivo, que llega detrás de una portada oscura con una pieza que se llama Homenaje a Leonardo Da Vinci (calcografía) de Israel Tamayo Zamora, allí se notan cuatro invenciones fundamentales unidas por lo que parece movimiento. Los espines y las plumas, los cilindros y las espirales, el mecanismo y las ruedas, son un conjunto homogéneo. En cada trazo la mirada se va haciendo más compleja, pero distinta. Es como si por cada accionar la mirada cambiara. Justo como sucede en la actitud “testimoniante” e invasiva de cada uno de los personajes. Relatores, al final, de la historia fecunda de la familia Infante y su órbita. Porque José Soler Puig sabía muy bien, que el relato (el testimonio) es una invención que pocas veces toca la realidad en la que está contextuada, el relato sufre (por así decirlo) castraciones cada vez que es contado y son compensadas con situaciones (a veces) completamente nuevas, pero que no cambian el resultado final, y la capacidad imaginativa de los personajes-testimoniantes es infinita, fecunda, plural.

El relato tiene su propia realidad, una realidad cambiante, no fija, que hace que quien escuche esté atento a la transformación; es una de las pocas especies de texto capaz de asimilarse así mismo, autofágicamente, detrás de él siempre queda la emoción de estar allí.

Pero existe otra invención: al hundirse en la lectura de Un mundo de cosas de José Soler Puig se realiza una acrobacia, una pirueta mínima que se vuelve el sostén de todo el texto: todos los lectores de Un mundo de cosas se llaman Roberto Recio. De esta manera, nombrándonos, José Soler Puig logra que más allá de historiografía, la novela llegue a dónde a de llegar, haciéndonos partícipes mucho más íntimamente. Nombrar al lector es una estrategia de perfección, es decir: una actitud narrativa que requiere de una visión de escalpelo, un ojo (no solo adiestrado) capaz de atreverse a malversar, escamotear, sustituir información en pos de la consumación de la historia, y que “aparentemente” no falte nada por descubrir.

La novela también esta signada por la muerte, Soler Puig perdió a sus dos hijos cuando estaba en la construcción de Un mundo de cosas, por lo que es muy reiterativa en el tema de la desaparición física de los hijos (repentina y dolorosa en extremo para el autor) y el cambio amargo que sufren los progenitores, así sean genéticos o adoptivos. Lo que no la detiene a la hora de mostrar la maestría de narrar “un mundo de cosas” a partir de postales y recuerdos; porque los muertos se aparecen para explicarnos porque estamos aquí, haciendo lo que hacemos, Roberto Recio, desde el balance dónde se ve todo el patio de lo que fue casa de millonarios, casa de la familia Infante.


1 Omar Calabrese, L’eta neobarocca, Laterza, Roma-Bari, p. VI, en La era neobarroca, veinte años después de Stefano Traini (Denken Pensée Thought Mysl..., Criterios, La Habana, nº 31, 1º octubre 2012 [versión digital])