Un personaje llamado Pedro Juan en busca de un autor llamado Pedro Juan

Feria Internacional del Libro, La Habana, 2016

Un personaje llamado Pedro Juan en busca de un autor llamado Pedro Juan

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Escritores, Feria del Libro 2016, Pedro Juan Gutiérrez, La Gaceta de Cuba, literatura cubana
  • Durante la presentación del libro este 12 de febrero, en la sala Villena de la UNEAC. Foto: Héctor Navarro.
    Durante la presentación del libro este 12 de febrero, en la sala Villena de la UNEAC. Foto: Héctor Navarro.
  • Durante la presentación del libro este 12 de febrero, en la sala Villena de la UNEAC. Foto: Camilo García López-Trigo.
    Durante la presentación del libro este 12 de febrero, en la sala Villena de la UNEAC. Foto: Camilo García López-Trigo.
  • Portada del libro (Ediciones UNIÓN).
    Portada del libro (Ediciones UNIÓN).
  • Durante la presentación del libro este 12 de febrero, en la sala Villena de la UNEAC. Foto: Héctor Navarro.
    Durante la presentación del libro este 12 de febrero, en la sala Villena de la UNEAC. Foto: Héctor Navarro.

…imposible aceptar la imputación de inmoralidad hecha a ciertas obras cuya osadía consiste en pintar duramente, crudamente, ciertas realidades que nuestra hipocresía quisiera silenciar…al hombre hay que seguirlo, incansablemente en sus cumbres y tinieblas…en sus ascensiones…en sus caídas…

                                                                      Alejo Carpentier

Conozco a varios Pedro Juan, y en diferentes décadas. Hace cuarenta y un años me encontré al periodista nacido en Pinar del Río, y por esos lares sellamos nuestra amistad, ron y literatura mediante. Van para unos treinta que conocí a otro muy parecido, que por entonces vivía en Centro Habana, amante de la poesía visual y colaborador de La Gaceta. Se difumó un tiempo y reapareció hace menos de veinte convertido en alguien para mi extraño, un narrador de éxito nacido en Matanzas, con realeza en editoriales europeas, y trasmutado en un personaje que tuvo el antojo de llamarse Pedro Juan. Un tipo encabritado como un centauro…el que por suerte en los últimos años tuvo a bien distanciarse (sin dejar por eso de contemplarnos), y me permitió recuperar a aquel antiguo amigo, sesudo y cordial, aunque sus sempiternos fantasmas acompañan de manera íntima nuestras libaciones y conversaciones, flotando sobre el entorno familiar de mi terraza o de su azotea.

Él, que disfruta de la amistad igual que de la soledad, en contradicción lo primero con la imagen huraña, de lobo estepario de su alter ego, y lo segundo en discrepancia con el autor asediado por la prensa y los lectores, que reivindica lo que de atormentado puede tener el oficio de escritor: “escribir desde ese grado extremo de neurosis y soledad”.

“Estoy conviviendo con Pedro Juan desde septiembre de 1994, cuando, juntos, empezamos a escribir Trilogía sucia de La Habana. Es decir, casi veinte años. Mucho tiempo. Más en mi vida, que se desarrolla en etapas bastante definidas de siete-diez años cada una. No sé por qué. Pero es así”. Así comienza este libro auto-entrevista -Diálogo con mi sombra, el volumen que acaba de publicar Ediciones Unión-, donde se registra la imagen pirandeliana de un personaje en busca de su autor. O la urdimbre de Rimbaud y Flaubert, cuando el escritor sentencia: “Yo soy yo. Y él es mi sombra…” o a la inversa en la voz maldita del  encuestador, “yo soy yo, y el señor Gutiérrez es mi sombra”, en un juego ambiguo y caprichoso como en la casa de espejos de una feria.

Su interlocutor no podía ser otro que ese “casi ubicuo personaje del ‘Ciclo de Centro Habana’ y alter ego”, como lo define cualquier asiento biográfico. Así en estas doscientas setenta páginas disfrutamos el retrato lúcido de alma y cuerpo de un escritor y su obra, y en parte las memorias y especulaciones del “hijo del heladero” como se definió en una ocasión, quien reside hasta hoy en una rumbosa azotea de la calle San Lázaro, en el corazón mestizo de Centro Habana.

Cuando justo Ediciones Unión publicó hace unos cuantos años Melancolía de los leones, el primer título de este autor aparecido en su patria, libro que algunos consideran un pequeño homenaje a Frank Kafka -“un hombre atormentado, rebasado por sus circunstancias”-; y a Julio Cortázar –con su don lúdico-, dos de sus referentes de culto; abrió la interrogante de cuándo se divulgaría el catálogo del Pedro Juan Gutiérrez que triunfaba en las editoriales extranjeras. Ya, poco a poco, se han ido publicando sus libros entre nosotros, aunque falten algunos títulos ineludibles como la mencionada Trilogía…

Ahora tenemos este volumen que, incluyendo las imprescindibles y bienvenidas simpatías y discrepancias de cada lector, nos brinda una lectura plena, aunque no pretende ser su biografía, solo un fragmento calidoscópico de su vida y su oficio de creador, porque como él confiesa: “Nunca te enteras de la vida completa de nadie. Te enteras solo de un fragmento (…) Los que escriben –y los que leemos- biografías siempre somos un poco carroñeros”.

En la portada de la presente edición echamos en falta el subtítulo correspondiente “sobre el oficio de escritor”, que devela desde el primer instante una parte cardinal de su contenido. Pero repito aunque la principal, es solo una parte, pues este volumen es mucho más ambicioso, incluso en sus silencios. Aquí si no todas, encontramos muchas de sus claves, su educación sentimental, los referentes intelectuales y vitales,  el por qué del delirio de su escritura, las filias y las fobias, y como era de esperar, algún que otro episodio que extrañamos. Tal vez algún día nos acerquemos no solo al narrador, al poeta, al periodista, o al personaje, si no al pintor, algo que se siente en falta en estas páginas. Están sus cuadros y dibujos, con un trazo rápido y furioso,  que son motivo de curiosidad para quienes quieren conocerlo. O polemizar sobre algunas de sus influencias. El autor ha sido comparado con Bukowsky –“Bukowsky tropical”, una etiqueta que por repetida, objeta a conciencia -, y con Miller –más conocido por nuestra generación-, o con Raymond Carver – donde se religa el minimalismo y el “realismo sucio”-. Hay otras influencias legítimas como Salinger y su El guardián en el trigal. Pero como le comenté recientemente prefiero afiliarlo a Caldwell, al que tuvo entre sus lecturas cuando era apenas un adolescente. Mencionado en este texto en más de una ocasión, no es citado entre sus autores favoritos ni sus libros aparecen en el listado de las preferencias, aunque para mi es una lectura que asocio de forma particular, no en la prosa sino en esa sordidez sureña que le caracteriza, igual que siento esa respiración sobresaltada en los personajes de Pedro Juan.

Caldwell, uno de los preferidos de Faulkner, desde su primer libro fue un escritor maldito. Uno de sus personajes nos recuerda: “Alguien nos ha jugado una mala pasada. Dios nos puso en cuerpos de animales, pero quiso que nos comportásemos como personas. Ése fue el principio de todos los males”.

En otra dirección estética, Alejo Carpentier tal vez sea el más aludido en estas páginas. De Carpentier cita este intercambio con Sartre, y que ilustra el arte poética del “ciclo habanero” de Pedro: “Una noche- paseando con Jean-Paul Sartre, por las calles de Las Habana Vieja- le pregunté por qué no había terminado su primer ciclo novelesco. Me dijo: ‘No lo terminaré nunca. Y no lo terminaré nunca, porque creo que hemos entrado en la época de los contextos’…salir…de una pequeña historia…los contextos…ha(n) irrumpido en la (vida) del hombre, definen al hombre”.

Para Pedro Juan el azar y el destino en sus personajes, en los que el paisaje y el contexto se diluyen, lo lleva a recrear un tiempo reiterativo dejándonos la impresión de la incertidumbre del próximo minuto, donde cada cual improvisa donde se encuentra y cómo sobrevive. Para ellos, como un reclamo o un grito, la vida es absurda, porque “quizás sea cierto y vivamos dentro de un cómic. Sumergidos en el absurdo y la realidad”, dijo en uno de sus cuentos, y se repite ahora: “La combinación de cómics y de cine (en la infancia) creó…una visión muy fotográfica del mundo…Una dinámica del diálogo rápido, de atrapar al lector con escenas cortas”.

Esa relación antes mencionada con Cortázar, y ahora citada con el autor de Los pasos perdidos, lo emparenta con otro narrador cubano imprescindible, Antonio Benítez Rojo, quien reconoció en un texto que nos mandó en la última etapa de su vida: “Pienso que entre los escritores contemporáneos que más han influido en mis libros se encuentra, principalmente Julio Cortázar y Alejo Carpentier. Esto es, un narrador que pudiéramos llamar nocturno, atraído por lo onírico, por lo surreal, y el otro atraído por las problemáticas propias de la historia, de la identidad cultural (…) en mi caso me parece advertir un deseo de acercarme a la vez a Minotauro y a Teseo. Así, si esto fuera cierto mi escritura estaría ocupando el espacio entre estos dos puntos de tensión”. En ese viaje por el laberinto que subyace en toda sociedad, Pedro posee en su trayecto como hilo guía el juego de espejos de la identidad de sus personajes, que generan la existencia de la aventura, y se expresan en los dilemas humanos.

Igual sus seres irrumpen en la historia como los antihéroes que son, “en la vidita de los márgenes y estancias”, como comenté sobre otro raro de nuestras letras, el entrañable Miguel Collazo. “Siempre he pensado que la literatura es más útil para comprender la historia. Y es que la historia la escriben los vencedores”, amén de que los olvidados, los muertos, los vencidos…. en las crónicas oficiales “nunca tienen la razón”. Marx, ya citado por Pedro, nos lo hace saber en su muy conocida reflexión sobre Balzac…. A diferencia de las lecturas esquemáticas y apologéticas que con razón el autor crítica de determinada literatura soviética, quisiera recordar la impronta del antihéroe en Caballería roja y la vida de Isaac Babel, que marcara nuestra épica narrativa de los sesenta en la llamada “cuentística de la violencia”.

Hay una definición de mi preferencia del poeta venezolano Andrés Eloy Blanco, que al referirse a Nicolás Guillén lo reconoce como “la voz oscura de los últimos”. Sobre ese “cimarronaje centrohabanero”, al que el autor de Animal tropical le da una auténtica voz –no exenta de legítima polémica para algunos estudiosos “de la racialidad”-, él nos recuerda que, “…hay otra subtrama de la cultura negra que se mantiene viva gracias a esta vida cotidiana, familiar, a esta religión doméstica que se desarrolla en las casas porque no tienen templos…mantienen su identidad, sus raíces, de un modo perfecto”. Registra como antecedentes naturales, que en diferentes siglos iluminan estos márgenes y estancias, a textos clásicos como Rancheador y Cimarrón.

Menciona otros precedentes afines a su escritura en la narrativa nacional, como Hombres sin mujer de Carlos Montenegro, Boarding Home de Guillermo Rosales,  parte de la narrativa de Reinaldo Arenas, a los que se pudieran agregar otros ejemplos ilustres como Paradiso. A propósito de  Guillén, al publicar este a finales de los años 30 en la revista Mediodía un adelanto de la novela de Montenegro fue acusado y juzgado por “pornógrafo y comunista”.

Una de las ideas que aquí se desarrollan es que un escritor es siempre un ladrón…y un embustero, un mentiroso. “Un escritor nunca es un tipo respetuoso”. Un canalla le gustaría decir a Félix Pita Rodríguez que disfrutaba lo reconocieran como “un perfecto mentiroso, granuja convicto y converso, y por más señas, escritor”. No por gusto entre los preferidos de Félix estaba  Francois Villon. “Villon es el primer poeta francés que escribe su poesía sacándosela de adentro, sin la parafernalia y las alegorías de la Edad Media. Y ese hombre al que yo conozco…tiene una vida tan dolorosa y tan miserable, tan de delincuente, de bandido, de chulo y de sinvergüenza, fue todo lo malo pero al mismo tiempo tenía una dulzura y una ternura increíble…”. En los libros de Pedro Juan hay una serie de personajes sumidos en la miseria material y moral, pero que no renuncian a la rebeldía y a la ternura, como una luz en la más profunda caverna. Como primera cualidad, más allá de la academia y de lecturas polémicas, registra de forma ejemplar esa voz oscura de los últimos, de los márgenes de cualquier sociedad, donde resisten los desposeídos e invisibles, víctimas y victimarios del azote de dios.

Ya en una ocasión apunté con relación a su obra una especulación, que por repetida no deja de ser válida, y es que la mayoría de los escritores incluyendo muchos nombres ilustres, son al final de su vida profesional autores de un solo libro, que cambia de título, personajes, e incluso de género, pero conforman un solo discurso escritural, donde las excepciones confirman la regla. Y eso, más allá de argumentos reiterativos o recursos del oficio, cuando se hace como representación orgánica, con la autenticidad en que la forma expresiva implica exigencias, muestra la solidez de una escritura. Este volumen autobiográfico lo refrenda.

Tal vez la autoentrevista Vueltas nocturnas. O experiencia sexuales de dos gemelos siameses, de Truman Capote –ese autor y personaje con apellido cubano que goza de su favor -, fuera una de las perturbadoras motivaciones para fantasear este libro. Así concluye su personaje en el último párrafo de este diálogo intenso que es Diálogo con mi sombra: “Nos despreciamos mutuamente querido. Pero somos hermanos siameses. Juntos hasta el final…pero en el fondo ni yo soy tan diablo ni tú tan angelical”.

Esa condición atávica del ser humano – “Dios nos puso en cuerpos de animales”- es la complicidad que reivindica el autor con el espectro que nos acompaña en nuestro día a día: “Me disfrazo de Pedro Juan. Me apropio de mi sombra…soy yo pero no soy yo”.

Al recorrer la lanzadera de preguntas y respuestas que conforman este título, encontramos diferentes contextos, solapadas y múltiples máscaras, límites sucesivos, pues dentro del escritor, como él confiesa, hay más de una frontera. La línea oscura se titula su más reciente libro, una compilación de veinte años de su poesía que es tan parecida a su prosa…o viceversa. Entre sus versos desfilan Pedro Juan, Rimbaud, Guillén, Luís Marimón, John Snake, Raymond Carver, Truman Capote, Lezama Lima…tal vez siento de menos a Malcolm Lowry y el mezcal. En esas “líneas oscuras” se vislumbran las eternas fronteras y horizontes del hombre.

El poema que le da título a esa antología sintetiza en el primero de sus versos el espíritu de este diálogo desbastador y humano entre el personaje y el autor: “Hace mucho tiempo llegué a la línea oscura. Y me detuve”.

                                                El Vedado, 11 de febrero de 2016