Un traductor filme signado por la sensibilidad humana

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Un traductor filme signado por la sensibilidad humana

Un traductor, con dirección de los realizadores Sebastián y Rodrigo Barriouso, es el título del largometraje cubano-canadiense que —como parte de la programación cinematográfica estival— se exhibe en las principales salas oscuras de la Ciudad Maravilla.

Ante todo, habría que ponderar las virtudes éticas, humanas y espirituales, así como el empaque estético-artístico en que se sustenta esa cinta, que contó con la eficaz colaboración de cineastas canadienses, quienes desempeñaron una función decisiva en la contratación al carismático actor brasileño Rodrigo Santoro, nominado al Premio Fénix como mejor actor iberoamericano, para que —con la excelencia artístico profesional que lo identifica en cualquier medio de comunicación— desempeñara el papel protagónico de dicho filme.

El versátil artista suramericano se vio obligado a mejorar sus conocimientos acerca de la lengua cervantina, con acento criollo o “reyoyo”, al decir del doctor Rogelio Martínez Furé, Premio Nacional de Literatura, para poder prestarle piel y alma a un profesor de idioma ruso en la Universidad de La Habana.

La trama gira alrededor de ese profesor de lengua extranjera re-asignado por necesidades del servicio como traductor asistente de los facultativos soviéticos que arribaron al archipiélago cubano para recibir tratamiento médico-rehabilitatorio como secuela del accidente nuclear de Chernóbil, acaecido en 1986, en la hoy República de Ucrania.

Los críticos (incluido el autor de esta crónica) la caracterizan como una película sencilla, tierna y conmovedora, que toca las fibras íntimas del auditorio, ya que se basa en hechos reales acaecidos al progenitor de los realizadores.

Rodrigo Santoro desarrolla al máximo sus capacidades histriónicas y convence al público de que domina —con razón y emoción— los secretos íntimos de la actuación, ya que utiliza —con elegancia y precisión, dignas del más cálido elogio— los recursos técnico-interpretativos en que se estructura el séptimo arte; conocimientos teórico-conceptuales y prácticos adquiridos en la academia y consolidados en la praxis escénica, sobre todo en la televisión y en el cine cariocas, y del exterior.

El desempeño actoral del resto de los personajes se caracteriza —entre otras virtudes no menos relevantes— por la profesionalidad que los distingue en la pantalla grande, y porque les confieren un toque especial a las situaciones humanas en que se hallan involucrados.

Un traductor deviene una película que sensibiliza —¡y de qué manera!— al espectador, y lo convierte —por la magia de la imagen— en un mejor ser humano.