Una cita no solo para dos

Una cita no solo para dos

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Holguín, artes escénicas, humor
  • La cita ofrece un humor intertextual y bien pensado, cargado, además, de múltiples referencias a la historia de la cultura universal y, sobre todo, cubana. Foto: Carlos Rafael
    La cita ofrece un humor intertextual y bien pensado, cargado, además, de múltiples referencias a la historia de la cultura universal y, sobre todo, cubana. Foto: Carlos Rafael

Quien vaya a ver La cita —espectáculo del Centro Promotor del Humor protagonizado por las actrices Andrea Doimeadiós y Venecia Feria, con dirección de Osvaldo Doimeadiós y textos de la propia Andrea— debe ir preparado para enfrentarse a un humor diferente desde la propia concepción con que ha sido articulada la propuesta escénica.

No es que La cita —presentada recientemente en la Sala Alberto Dávalos del Teatro Eddy Suñol de Holguín y en otras partes del país— no posea los estereotipos clásicos del humor criollo a los que están acostumbrados buena parte de los humoristas cubanos, y el público también, ese humor del choteo del que hablaba Jorge Mañach a inicios del pasado siglo, sino que intenta alejarse de muchos de ellos en busca de un humor más orgánico e inteligente en su estructura a riesgo, incluso, de caer en otros.

La cita ofrece un humor intertextual y bien pensado, cargado, además, de múltiples referencias a la historia de la cultura universal y, sobre todo, cubana. Es —ellos lo aseguran en la promoción del espectáculo—: “un recorrido por la condición humana del actor”. Así conviven en los diálogos ingeniosos y escritos con precisión y garra, a riesgo de que muchos de los espectadores se rían a carcajadas sin comprender las disímiles asociaciones, personajes (y situaciones relacionadas con ellos) tan diversos como Santiago Pita, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Julián del Casal, Felix Pita Rodríguez, Fernando Ortiz…

En un desenvolvimiento escénico envidiable que permite que el público no se aburra, pues mientras una actriz se cambia de vestuario a un lado del escenario, la otra ofrece convincentemente su monólogo, La cita nos muestra, primero, a dos actrices de teatro que se encuentran en una especie de casting y que recuerda, por momentos, ciertas escenas del conocido corto cubano Utopía. Allí nos queda bien claro algo: “En el teatro hay que aprender a ser las dos cosas: la leona y la abejita”.

Hay quien pudiera ver (si quisiéramos buscarle la quinta o la sexta pata al huidizo gato del humorismo insular, lo cual, de antemano, no es mí objetivo) cierto aire racista en la parte donde dialogan las dos hacendadas, una productora de café y otra de azúcar. En un contexto ubicado, presumiblemente, en el oriente cubano de la primera mitad del siglo XIX, resulta un curioso paseo por ciertas luminarias de ese siglo a través de la historia y la cultura cubanas… O también cierto matiz anticristiano (quizá más bien antirreligioso) en el monólogo de la misionera compungida y procaz que establece muy buenos juegos asociativos con la tradición judeo–cristiana, incluso, vuelven los elementos lúdicos, mediante los nombres de los personajes bíblicos. Además, cierta exageración o tufillo homofóbico en la parte donde ubican sobre un mismo escenario —o eso creemos por las asociaciones evidentes a estos personajes—  a la actriz estadounidense Marilyn Monroe y la pintora mexicana Frida Kahlo, uno de los momentos mejores logrados de la obra. Aquí Marilyn sigue siendo la chica fácil, tonta y vulnerable como se le ha caracterizado a la actriz en buen tiempo, la chica que ha escalado diferentes escenarios del poder mediante la seducción. Mientras Frida —sufrida por demás y subrayadas sus inclinaciones lésbicas en buena medida, a la par de las infidelidades de Diego Rivera— viene a mezclarse, caricaturizada, con la clásica caracterización del mexicano Mario Moreno a su icónico personaje Cantinflas. Aquí confluyen, velozmente, en los diálogos, personajes y nombres de filmes asociados a ambos personajes como Trotsky y el propio Rivera, Arthur Miller y Elizabeth Taylor, Desayuno con diamantes y John F. Kennedy... En otra parte rinden tributo al cine negro estadounidense y al cine psicológico, como el del inglés Alfred Hitchcock, muchas veces doblado en estudios españoles, terror de los amantes del buen cine.

Pero, refiriéndonos a lo anterior, sobre qué cimientos se basa el humor contemporáneo cubano (incluso el foráneo al que tenemos acceso en la Isla) sino sobre los moldes de la exaltación y consiguiente ridiculización, como si se tratase de una carnavalesca, de ciertos códigos establecidos, ya sean históricos, sociales, políticos, religiosos, culturales, económicos…

La propia actriz Andrea Doimeadiós, autora, además, de los textos de la puesta, aseguró recientemente en una entrevista al periódico Trabajadores: “En el humor depende del enfoque, de la forma, de la dirección artística del espectáculo. En La cita quisimos cuidar desde la banda sonora, hasta la escenografía, todos los elementos de la escena. Ese es el humor que quiero defender a partir de ahora”.

Lo interesante de La cita —que usa también estos códigos y se recrea en ellos, además de la acertada utilización de la música y los grandes éxitos del pentagrama cubano— es que logra articularlos en la medida que pretende un humor inteligente, a la manera, digamos, de los argentinos de Les Luthiers, por ejemplo, y que roza constantemente la cultura universal mediante interesantes asociaciones. Es como una especie de bombardeo intelectual donde quien no comprende, al menos, sonríe de las ocurrencias de Andrea Doimeadiós y Venecia Feria. A propósito, Venecia, integrante del grupo humorístico Etcétera, logra un desenvolvimiento más orgánico sobre el escenario en la conformación de sus personajes. Andrea, por su parte, a quien le viene el humor en un costado cercano por vía paterna, se desempeña también en la actuación dramática (la vimos recientemente en El techo, de Patricia Ramos) y ahora la vemos salir airosa en los complejos terrenos del humor, en una obra, por demás, compleja en su estructura y dramaturgia.

Un punto a favor del buen humor inteligente —ese que la mayoría de las veces escasea en escena para provecho del bocadillo fácil y discretamente digerible— encontramos en La cita quienes nos acercamos más bien cautelosamente y salimos del teatro con la certeza, comprobable por demás en cada puesta, de que una cita entre Andrea Doimeadiós y Venecia Feria (o entre Venecia Feria y Andrea Doimeadiós) no es solo una cita entre dos, es algo más.