Una coincidencia, sólo toponímica

Una coincidencia, sólo toponímica

  • En el centro de aquella «Cuba» neoyorquina, se halla la sociedad de los historiadores locales
    En el centro de aquella «Cuba» neoyorquina, se halla la sociedad de los historiadores locales

Hay una «Cuba» que se ubica en 42 grados y 13 minutos de latitud Norte y 78 grados y 16 minutos de longitud Oeste. Es decir, a unos dos mil 100 kilómetros de nuestro guapachoso y épico archipiélago caribeño.

El sitio es numéricamente insignificante. Por cada kilómetro cuadrado de ese lugar, nosotros tenemos mil 100. Y, por cada uno de sus habitantes, sumamos más de 3 mil 700 almas.

Hasta este momento he venido refiriéndome al poblado que se denomina «Cuba», en el condado de Allegany,  fundado en 1822. Sito en el estado de Nueva York, Estados Unidos de Norteamérica, limita con los pueblos que se denominan Clarksville, New Hudson, Ischua y Friendship.

El lugar es un nudo ferrocarrilero e incluye un lago de su mismo nombre. Pero, ¿de dónde salió la denominación del sitio?

Míster De Witt se desempeñaba como perito en propiedades, del estado de Nueva York. Y este señor de apellido holandés era un arrebatado por la historia de la Roma Antigua. De aquella mitología escogió el nombre «Cuba» para el poblado.

Era Cuba la diosa protectora de los niños. Qué contradicción. Porque, según cifras oficiales, el 8,6 por ciento de los menores de 18 años viven allí en estado de pobreza. Pero no son los únicos que en aquel asentamiento se están comiendo un cable, según dice la jerga cubiche.  Porque el 6,3 por ciento de quienes tienen 65 años o más se hallan en igual situación. Sí, no es la vida precisamente un paraíso para buena parte de las 915 familias que residen en aquel pueblo neoyorquino.

Pero hay otros detalles que nos diferencian. Por ejemplo, allá la población está constituida por un 97,91 por ciento de blancos –blanquísimos— anglosajones. Hay sólo un 1,09 por ciento de los que ellos llaman «latinos».

Y algo más nos distancia. Ellos se nombran según una diosa de la Antigüedad Clásica. Nosotros, como llamaban a esta isla nuestros infelices aborígenes, masacrados por conquistadores y colonizadores, con saña propia de que ya se hubiese ideado la palabra genocidio.

Y ellos, allá, en aquella Cuba, tienen una reservación de indios senecas –una rama de los iroqueses—, pueblo agricultor y ceramista, con instituciones democráticas mucho antes de que llegara el europeo. A los cuales tratan a coces por el trasero, según era de esperar. En esa frase, traté de comportarme menos grosero que lo que habitualmente uno suele ser.

No caben dudas: aquellos “cubanos” y nosotros no nos parecemos.