Una poeta en el siglo XXI lee a la Avellaneda

Una poeta en el siglo XXI lee a la Avellaneda

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Escritores, Gertrudis Gómez de Avellaneda, José Martí, poesía
  • Los momentos más altos de su lírica van de la mano de la vehemencia.
    Los momentos más altos de su lírica van de la mano de la vehemencia.

Según Octavio Paz, la fatalidad pasional distingue al poema de la fabricación literaria. Esto se verifica y no en la Avellaneda. Ella, cual eslabón y mito del origen, va a ser mirada por un lector  en este nuevo siglo,  recordando y olvidando que “el origen tiene la transparencia de aquello que no tiene fin, la muerte da acceso indefinidamente a la repetición del comienzo”. 1 A veces pienso que querer es un sentimiento de impotencia humana ante el poder del mundo natural. A veces  pienso que la naturaleza es Dios, manteniendo a todos sus seres y cosas pendientes, siempre en vilo.

La Tula lo plasmó en sus poemas, prolífica y correcta en sus rimas y versos. ¿Pero cómo recibo a la figura a más de cien años de su paso por la vida?

Fuerte es el verbo y el verso,  y la voz airada. Siempre rescata, como rescato yo, la condición innata de su arte, de sus facultades más allá de su condición de mujer:

No se encumbra el pensamiento
Por el vigor de las fibras
Canto sin saber yo propia
Lo que el canto significa 
[...]
que yo al cantar sólo cumplo
la condición de mi vida 2

En esta vuelta fueron reencontrados los hilos de pensamiento que me trasmitió un saber universitario: cubre de ensoñaciones la fauna tropical, identifica el destino humano con elementos de la naturaleza, en sus páginas frecuentemente encontramos  la idealización del paisaje.

En esa espiritualización de la naturaleza hay gozo en describir los contrastes cromáticos del alba y del crepúsculo, así como una aproximación ingenua a lo analógico. Pero qué puede hacerla mía, del pulso y el impulso de mis venas, de una estela que encadena escritores en  y sobre el instinto espiritual.

Dice en su poema “Al mar”:

Ni el vuelo de la mente tus límites alcanza
Prosigue, ¡Mar!, prosigue tu eterno movimiento,
[...]
pues eres noble imagen del móvil pensamiento,
que es como tú grandioso, con calma y tempestad. 3

Martí, en otra tesitura, dialoga con estos versos pero con un matiz invertido:

Para que el hombre los tallara, puso
El monte y el volcán Naturaleza
El mar, para que el hombre ver pudiera
Que era menor que su cerebro. 4

De indicios se labran los caminos. En este texto disfrutamos también del mar como extensión del tormento humano y como alivio, y en él y en muchos otros el hecho de signar en lo cambiante la virtud de todo lo que vive.

Son airosos sus versos y su esencia emerge más allá de la cárcel del metro. Los momentos más altos de su lírica van de la mano de la vehemencia, atados muchas veces a universos de excesiva carga retórica. La pericia de versificadora, que en su abuso rebaja al poema, no acalla puntos en los que confluyen arranque y excelsitud. Con versos desafiantes y efectivos honra al Cantor del Niágara en ocasión de su muerte:

¿Qué importa al polvo inerte,
que torna a su elemento primitivo,
ser en este lugar o en otro hollado?
¿Yace con él el pensamiento altivo?...
[...]
mas la patria del genio está en el cielo.

Proclamando así a los cuatro vientos y a los espacios de la vida pública de la época la trascendencia e irradiación humana de los saberes de un poeta. Su alta condición se intuye asimismo en un regusto por las imágenes nocturnas. En su voz se siente un desafío, un muro ante un fuego que avasalla. Así pasión, razón e ira se entremezclan y trasmiten un espíritu fuerte. Y ese “vigor”, a su decir, ese veneno, irrumpe en versos como estos que subrayo:

¡Dadle a mis labios, que se agitan ávidos,
Sangre humeante sin cesar, corred!
Hagan mis dientes con crujidos ásperos
Pedazos mil su corazón infiel 5

¿Ese oscuro sentir siempre no fue esencia de la auténtica poesía? Desbrozados los años quede la pupila y la fibra en el goce, si ahondando en el dolor es que se eleva. Con las aspas de la sinceridad define su carácter:

Al cielo mira y a la luz sonríe,
yo en verte me recreo...
Mas ¡nunca intentes penetrar en mi alma,
que en ella está el infierno! 6

Siguiendo la tónica de Heredia contrasta en varios de sus poemas la naturaleza de la patria y la del exilio. Esta peculiaridad se convertirá en elemento caracterizador de la lírica cubana del siglo XIX, que comparten poetas menores y figuras descollantes como Zenea y Martí:

Allá do en bosques eternos,
Perenne mansión del aura,
No se albergan crudas fieras,
Ni viles sierpes se arrastran;
Mas do en la noche tranquila,
Turbando la ardiente calma,
Responde al tierno sinsonte
La tórtola enamorada.7

De los dichosos campos de mi cuna
Recibió de tus rayos el tesoro,
Me aleja para siempre la fortuna:
Bajo otro cielo, en otra tierra lloro,
Donde la niebla abrúmame importuna...
¡Sal rompiéndola, Sol, que yo te imploro! 8

Se resalta igualmente a la patria como reino de la infancia y de la añoranza por pasadas décadas, así como el lugar donde se quisiera descansar para siempre:

¡Oh, hijas bellas de Cuba! ¡Oh, hermanas mías!
¡Que aquí término el cielo ponga a mis días
y aquí el sonido
postrero de mi lira vague perdido! 9

Resalta en algunos de sus poemas la cuestión femenina, en la que Tula rescata la naturaleza idéntica del hombre y la mujer como seres pensantes y sentidores. Dejo para el final un comentario a su poema “A él”, publicado en 1845.10

Dicho texto pudo haber sido escrito por cualquier poetisa de los primeros 50 años del siglo XX. Disfruto en él su tono coloquial al tiempo que airado, donde se describe con efectividad los frágiles límites entre el amor y el desamor, donde aparece desnuda la  entereza de la pasión:

De graves faltas vengador terrible,
Dócil llenaste tu misión: ¿lo ignoras?
No era tuyo el poder que irresistible
Postró ante ti mis fuerzas vencedoras.

Hay aquí una curiosa descripción de la incuria y ligereza masculina ante el amor verdadero, sutilmente construida con elaboradas antítesis que en apariencia colocan a la mujer como víctima: el vengador es dócil, y ni siquiera el poder de avasallar es suyo. Hay paz en el dolor y en la desesperanza. Porque hay un mundo interior que lo destrona, hay un espíritu superior que mudo eclipsa el triunfo del desamor del amante. La hablante lírica juzga de una ridícula ceguera al amante, indigno de su espíritu superior, que por superior, perdona. Este pulsar de cuerdas, este tensar de alientos contrastables, esta paz y altura interior revelan a una mujer no en consonancia con su época, una mujer que mira de su altura y desde arriba. Se puede entonces, cuando se hable de este poema, recordar que “la grandeza de un poeta depende de dos facultades: la exactitud del sentimiento, y el dominio que tenga sobre este”.11 Es lo que distingue a la pieza del resto de sus obras, es lo que le da a su autora ese aire de majestad lejana, eso y otras verdades ya sabidas y algunas que humildemente exponemos aquí, la consagran como diva de las letras en el origen. Ya lo dijo otra grande: “El Poder es sólo Dolor-Torcido mediante Disciplina”.12 Eso ha hecho nuestra primera poeta, y en ese manto de intemperie las que vinimos después nos guarecimos.

 


1 Michel Foucault. El pensamiento del afuera. Editorial Pre – textos, 1989, Valencia, España, p. 80 – 81.

2 Véase el poema “Romance” de 1846, en el que encontramos una especie de “ars poética”. Gertrudis Gómez de Avellaneda. La noche de insomnio, Antología Poética. Selección y prólogo de Antón Arrufat, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2003, pp. 45, 46 y 47.

3  Ob. Cit., p. 59 y 61

José Martí. “Mujeres”, Poesía completa. Edición Crítica, Tomo I, Editorial Letras Cubanas, 1985, p. 96.

5 “La venganza”. Ob. Cit., p. 82 y 83.

6 “Conserva tu risa”. Ob. Cit., p. 111

7 “En el álbum de una señorita cubana”!, p. 102

8 “En un día de diciembre”. P. 129.

9 “A las cubanas”, p. 134.

10 La Avellaneda publicó dos poemas bajo el mismo título, uno de 1840 y otro de 1845. Ob. Cit, p.127 y 128.

11 Jonh Ruskin. “La falacia patética” en El placer y la zozobra. El oficio de escritor, UNAM, México, 1996, p. 110

12 Power is only Pain - / Stranded, thro’ Discipline...” Emily Dickinson. Poema 252 en The Complete Poems of ED. Edtied by Thomas H. Johnson,  Little Brown and Company, Boston – Toronto, 1960, p. 115.