Unas bodas en mi mente mientras recita a grandes poetas

Unas bodas en mi mente mientras recita a grandes poetas

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Asociación de Escritores, sala Caracol, UNEAC
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La vida como un segundo de la memoria encantada. Aún recuerdo aquellos días en que, siendo estudiante universitaria, abría mi mente a la magia de la poesía, a la magia de la literatura. Y esos instantes vienen acompañados de la imagen de un profesor de cuarenta y tantos años y una voz grave, hermosa y educada, que recitaba con devoción lo mismo a Lorca que a Machado, o Neruda y Vallejo. El hombre que encantaba con su palabra, con su discurso, era Guillermo Rodríguez Rivera, mi profesor de la asignatura Elementos de la Composición Literaria, o luego de Teoría y Crítica Literaria I. Esa pasión, ese saber codificado que trasmitía con lo poético, comprendo ahora, hubo de ayudar a formar mi amor profundo por la lírica, que poco tiempo después se convertiría en escritura.

Rememoro también a los profesores que los alumnos, en los días de fiesta, escogían para imitarlos, por ser caracteres muy típicos, personajes dentro del recinto de la Facultad de Artes y Letras. En ese caso estaban Guillermo y Redonet, imitados por Dulce María Hernández Céspedes, hoy asesora de la Televisión Cubana, y en aquel tiempo, condiscípula mía.

Guillermo era el profesor cuyas clases duraban lo que el tabaco que se fumaba. Ahora quizá no lo pudiera hacer. Pero era sí, encendía el tabaco, te atrapaba con una plática inteligente, sugerente y atinada, sin leer un papel, y muy atenido al tema que trataba. Con la última ceniza apretada por sus manos, en la punta del tabaco que fue, terminaba la clase. En otras asignaturas ponía en práctica el mismo método para comunicar, y no hacía pruebas, ni controles parciales, pero tenía una idea exacta de cada uno de sus alumnos, y lo demostraba a la hora de dar las calificaciones. Nunca en este aspecto tuve quejas, aunque sí de otros que utilizaron el mismo método, pero que no mostraron ninguna puntería en eso de enlazar imagen de alumno con nota. Sabíamos que era poeta, pero de eso no conocíamos mucho. Nos bastaba la magia, la armonía, la sapiencia de su discurso. Con los años y mucho tiempo después de graduada, sus libros de teoría poética, escasos en nuestro medio, fueron de gran utilidad en mis acercamientos ensayísticos, destacándose, últimamente, su ensayo sobre la poesía conversacional, que me fue útil a la hora de escribir sobre las esencias precursoras del conversacionalismo en Polvo de alas de mariposa de José Martí.

Fue una especie de azar: no recuerdo si ya yo leía su libro De literatura y de música [1] por causa de la investigación cuando me pidieron presentarlo en las jornadas de la Feria Internacional del Libro en su paso por Artemisa. Incluso mi hija, que se encontraba haciendo su tesis, lo consultó y fichó por un estudio sobre la nueva y la vieja trova que también recoge el volumen. Todo fue al unísono. En Artemisa conversamos después de muchos años en los que solo había mediado entre nosotros el saludo amistoso como muestra de respeto. Leí mi acercamiento ante sus ojos, con una dosis pequeña del nerviosismo de la alumna, pero ya con una cuantas seguridades. Conversamos él, Rito y yo sobre el son y sus relaciones con la poesía, y quedamos en visitar alguna vez su casa, para, entre otras cosas, hablar de literatura. Esa reunión no pudo celebrarse, [2] pero sí se celebraron en mi mente las bodas entre las valiosas enseñanzas del profesor y los conocimientos aprendidos en sus libros, entre su imagen y su letra, amalgamados en el recuerdo de su voz, recitando siempre a aquellos grandes poetas.

Notas:

[1] Guillermo Rodríguez Rivera: De literatura, de música, Ediciones UNIÓN, La Habana, 2010.

[2] Por cierta colega, promotora de la literatura, hube de saber que fue Guillermo el principal evaluador de mi libro José Martí y Lezama Lima: la poesía como vaso comunicante, publicado recientemente, donde someto a estudio los Diarios de Lezama para comprobar que este escritor parte de las misma s ideas que tenía Martí sobre la poesía, aunque llevadas a otra dimensión, pero con un mismo fin, y quien sugirió su título definitivo, pues el que yo había puesto era demasiado largo o poco comercial, un elemento más para acendrar la fe en mi camino dentro del ensayo y la poesía.