Valor de ley: los Coen revisitan el western en ciclo de la Cinemateca

Valor de ley: los Coen revisitan el western en ciclo de la Cinemateca

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  • Llega julio con cinematografía del oeste en la Cinemateca
    Llega julio con cinematografía del oeste en la Cinemateca

No erraba Eric Rohmer al asegurar, hace 63 años en la célebre revista francesa Cahiers du cinema, que “los mejores oestes son, al fin y al cabo, los que llevan la firma de un gran hombre”.

O de dos. Como probarían también los hermanos Coen mediante su filme Valor de ley, según la novela True Grit, de Charles Portis: ya versionada por Henry Hathaway en 1969, al servicio entonces de John Wayne.

Joel y Ethan inauguraron el Festival de Berlín 2011 merced a dicho filme rodado un año antes, integrante junto al notable drama independiente Hueso de invierno de lo más sobresaliente entre las nominaciones del Oscar; si bien ni uno ni otro consiguieron nada en los injustos lauros.

Valor de ley es una de las atracciones del ciclo Joel y Ethan Coen: dos maestros, que la Cinemateca de Cuba programa entre el 1 y el 21 de julio.

Sin pretender descarriarse de eso identificado por Noel Bürch como el “Modelo de Representación Institucional” (clasicismo narrativo, para entendernos mejor), del cual ni siquiera uno de los principales materiales estadounidenses de este cine se desmarcó en cuanto va de siglo, Valor de ley es algo parecido a una vieja gran película.

Dicho sin ambages: a nadie podría demostrársele que mucho nuevo entrega a la pantalla en términos de puesta en escena o discurso, a alturas tales. No obstante, este western sin indios, ni asaltos a diligencias o ferrocarriles, ni final feliz deviene opus imperdible del decenio dentro de la parcela pura de su franja genérica.

Y lo es, entre otras razones, nuestra suerte de bildungsroman coeniano, a causa de la intensidad emotiva alcanzada en la construcción del relato en el punto-pivote de la odisea particular de Mattie Ross (la debutante Hailee Steinfeld, diáfanamente rotunda), esa osada y encantadora niña quien, más que buscar, se ve sin disyuntivas en el trance de echar a un lado cualquier resto lógico de la inocencia de los catorce años y emprender un trayecto apurado hacia la adultez conductual, moral y sentimental que le garantice su objetivo cimero de vengar al padre asesinado.

La pequeña echa a su sartén, a base de inteligencia emocional, a los resortes humanos necesarios para su tarea indubitable de finalidad punitivo-redentora. El primero de ellos, de verdaderas agallas (las “true grit” del título original) y en faena sin lugar para cobardes: el marshall Rooster Cogburn (Jeff Bridges engolosinado con su alguacil tuerto de voz gorgórea). El segundo, también con incidencia de cara a la solución del conflicto: el Texas Ranger LaBoeuf (un Matt Damon menos él que otras veces, lo cual aquí deviene cumplido).

Marca de fábrica hogareña, los Coen narran a pista abierta en su primera incursión en la pantalla del oeste y proponen personajes rotundos para poblar su historia de pérdidas, dolores, castigos y solo pasajeras liberaciones de penas. Le fabrican su carne dramática con dureza, caricatura e ironía. Arman escenas antológicas: la del regateo de Mattie con el viejo vendedor de caballos es caviar cinematográfico, donde luce imposible evitar la sonrisa cómplice con las mañas del fraternal binomio de Minneapolis y su trabajo con los actores.   

Empero, no habrá ningún matiz lúdrico al cierre. Cogburn languidecerá hasta su fin, borracho y gordo, en barraca ferial de mala muerte. Y la luchadora Mattie perderá la luminosa energía de sus ojos, manca, adusta y solitaria.

Hacía largos años que el desenlace de un oeste no lograba entristecerme así.   

Y a la vez conmover. ¿Para eso habrá estado ahí de productor ejecutivo el creador de E.T? Remueve la entraña cinéfila el largometraje todo, apreciar a estas vívidas criaturas desplazarse entre los espacios del elocuente universo visual configurado por un director de fotografía tan conocedor de las estrategias de los realizadores casi como ellos mismos: el británico Roger Deakins.

Valor de ley fue un sensible e irremisiblemente nostálgico homenaje de los Coen a un género que a ojos vista aman, conocen, pero que a la larga intuyen tan del ayer como las comedias musicales de Ginger Rogers y Fred Astaire. Si Pixar saldó su deuda con la gente del estudio y una generación completa a través de Toy Story 3, Valor… era algo que ellos igual debían hacer, a bien espiritual suyo, creo.