Virgilio López Lemus: “Nada poético me es ajeno”

Momentos significativos de la UNEAC en el 2016

Virgilio López Lemus: “Nada poético me es ajeno”

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  • El poeta, ensayista, traductor, investigador y crítico literario, Virgilio López Lemus.
    El poeta, ensayista, traductor, investigador y crítico literario, Virgilio López Lemus.

Es poeta, ensayista, traductor, investigador y crítico literario, aunque confiesa dedicarse en especial a la poesía, mi opinión —la más humilde y sincera—, rebasaría esto para calificarlo como un verdadero artífice del idioma cervantino. Y este conocimiento lo amerita su prolífica e interesante obra literaria publicada, con independencia a su título de Doctor en Ciencias Filológicas y las merecidamente distinciones a él otorgadas. ¿Y cómo no serlo realmente, si con él aflora el temperamento de un hombre que no descansa hasta ver sus objetivos realizados —contra viento y marea—, a la vez de ser un apasionado hacia aquello tan bien citado por nuestro José Martí como la Utilidad de la Virtud? Metáfora hecha realidad en este intelectual de escritura bella y de crítica honesta y elegante. Un aprendiz de la elocuencia martiana, de la diversidad de plumas de la literatura cubana y de todos aquellos movimientos literarios que realzan lo mejor del conocimiento humano. Bienvenida sería para disfrute del lector ver publicada su antología-estudio de la poesía neorromántica cubana (ya concluida); obra de urgente necesidad en especial, en nuestros predios universitarios, y que contribuiría a realzar aún más la Virtud y la Utilidad de la existencia de Virgilio López Lemus.

El contexto familiar en López Lemus, ¿vaticinio y componente principal de su futura escritura?

Yo no sé, y quién lo sabe, si un escritor trae en sus genes señales de su vocación. El dicho de que “el poeta nace, no se hace”, puede inducir a tal idea. Ciertamente, sendos tíos, de ambas partes familiares, fueron aficionados no solo a la grata lectura, sino también a la discreta escritura de poesía y narrativa. Mis padres no, y nunca conocí a nadie en mi infancia que me inclinase a tal preferencia vocacional. Mi padre quería que estudiara “comercio” y que aprendiera inglés. Pero que yo recuerde, ya escribía “versitos” desde mis siete años, y a los dieciocho pergeñaba cuentos. Luego me decidí por creer que la naturaleza me había dado algunos dones poéticos y escribí al final de mi adolescencia más intensa que cualitativamente. Llamémosle a ello “misterio”: ¿por qué algunas personas necesitamos escribir? ¿Qué nos ordenan las palabras para que a nuestra vez las ordenemos en un texto que pueda ser tenido por arte, por literatura? Usted, Astrid, me pide un “vaticinio” sobre componentes de mi “futura escritura”… No puedo vaticinar nada más que mi propia idea de que escribiré hasta que mis facultades se apaguen, como ya he hecho. Lo que surja de tal propósito, o de tal acto vivencial, pertenece a la suerte, al albur.

Las letras en su vida profesional. ¿Qué recurso de método para la conquista del mundo de la ficción literaria? Y… ¿actualmente?

Dicho lo anterior, fui inclinando mi vida profesional hacia el estudio, la investigación y el desarrollo creativo, crítico y analítico del trabajo literario. Nunca puse ante mí ningún ramo preferencial sobre la literatura, aunque me he dedicado sobre todo al género llamado poesía. Incluso a aquellas obras o conjuntos de ellas que puedan no “gustarme”, porque un crítico literario, creo, no se forja bajo el eje del subjetivismo preferencial, sino que se emplaza frente al reto de las obras creadas, de disímiles tendencias, corrientes y calidades estéticas. Si yo tuviese un “método” de trabajo, este responde a una suerte de adaptación de idea: “nada poético me es ajeno”. Actualmente, me dedico a lo de siempre: investigo previamente lo que me interesa tratar, y luego escribo. He concluido un libro que me gusta, de medianas proporciones, acerca de Rainer María Rilke; preparo uno sobre poetas españoles, y aunque el ejercicio continuado de la prosa ahuyenta un poco a la escritura poética, voy armando un poemario que poco a poco va naciendo. No me interesa la polémica oral o escrita que a veces degenera para su mal y para la cual no sirvo, pero mis textos pueden ser realmente polémicos, sobre todo porque me he inclinado a develar puntos de vista sobre poéticas, como se podrá ver en mi más reciente libro al respecto: Gravitación de la poesía (2016).  

Poeta, ensayista, traductor, investigador y crítico literario, ¿cuál se integra más profundamente a sus expectativas como intelectual?

Me dedico a lo que puedo. A aquello para lo que creo que tengo algunos dones de entendimiento e imaginación. Nunca se me ha dado bien la narrativa y no hago grandes esfuerzos para que brote. Me parece que alcanzo a ser un poeta y creo sinceramente que soy un investigador literario y en ello quizás me haya destacado un poquito, pues he sido electo tres veces como académico titular de la Academia de Ciencias de Cuba, honor no dado a muchos creadores del orbe literario, sobre todo a poetas. Incluso con mis libros he obtenido dos premios anuales de la propia Academia y hasta la Orden Carlos J. Finlay, que el Consejo de Estado de Cuba ofrece a personalidades de las ciencias. De modo que ello me ha estimulado a no decaer. Sin embargo, en las esferas de la cultura nunca he sido reconocido realmente en Cuba con premios o distinciones más allá de la Distinción por la Cultura Nacional; el premio literario más importante que he recibido, me lo otorgaron en España. A veces ello me ha confundido un poco. Pero considero que en mi vida no he alcanzado mejor premio que el de mi propio trabajo, el amor que le tengo, la pasión por saber y por dar(me). Me creo un poeta con algunas aptitudes para el trabajo ensayístico. Lo que he obtenido u obtenga en reconocimiento social se debe a la labor realizada, no a mi persona que prefiere que la vida sea ara, creatividad, y no pedestal, sitio para honores. Soy muy agradecido, por ejemplo, agradezco mucho a la provincia de Sancti Spíritus y a la ciudad de Cienfuegos que me hayan declarado “Hijo ilustre” una, “Distinguido” la otra. Creo que me he salido un poco de su pregunta, solo he querido mostrar qué creo que soy: alguien que mira al mundo con los ojos de poeta. Lo demás es añadidura.

En entrevista reciente afirmó su gusto hacia la poesía popular. ¿Por qué? ¿Algún hecho trascendente en su vida le valió esta elección?

Considero que la gente que me rodea, lo que llamamos “el pueblo”, del que formo parte, es tan respetable en sus gustos y preferencias como los eruditos, como las elites estéticas. Sobre ese presupuesto, investigué sobre la décima, si bien me he inclinado más hacia la que se convierte en texto que a la improvisada, que respeto, pero no tengo los mecanismos oportunos para investigar profundamente sobre la oralidad, como sería conocer de música, de antropología, y de proyección sociológica de la creación repentista. Aprendí con el gran maestro Samuel Feijóo que la poesía popular (oral) es una indiscutible fuente para la que llamamos, con un término impreciso, como “culta” (escrita), además de ser bella y valiosa en sí misma. La lectura de la impresionante obra total de ese enorme creador cubano fue para mí una experiencia decisiva en la atención a la poesía que el pueblo prefiere, incluida la neorromántica. Y como nada poético me es ajeno, me maravillo ante decimistas populares que improvisan con tanta facilidad, sagacidad y belleza. La poesía, que es una palabra en singular con significado en plural, se encuentra en el cosmos, en la vida, en el ser inteligente y capaz para captarla, expresarla y convertirla en arte de la palabra. Creo que ella no es territorio exclusivo de lo que llamamos “literatura”.

¿Su escritor y título preferidos son? ¿Qué lo animó para que fuesen ellos y no otros?

Esta pregunta ya implica otros derroteros. Yo prefiero leer la poesía que se carga de componentes intelectivos, que razona sobre sí misma y sobre la vida, y sobre los dones metafísicos que los poetas expresan no como filósofos o pensadores, sino como poetas. De ahí que en lengua española me hayan interesado tanto desde mi juventud Antonio Machado, Luis Cernuda, José Martí y José Lezama Lima; Jorge Luis Borges y Octavio Paz (solo una parte sustancial de su obra); o los grandes poetas de la lengua portuguesa Fernando Pessoa y Cecilia Meireles. De la francesa, nadie para mí como el eterno Rimbaud, o Nerval. Y dos poetas de lengua alemana me han dejado siempre el ansia de haber conocido ese idioma para haberlos leído mejor: Hölderlin y Rilke (o el gran poeta que fue Nietzsche). Me atrae la poesía “difícil”, aquella que se carga a veces de resonancias “parapsicológicas” y grados de “hermetismo”, por cuanto ahonda en la vida humana, en el ser. También he disfrutado mucho de lecturas gratas de Quevedo, Darío, Neruda, Vallejo, Whitman o Perse, de Kavafis, Lucian Blaga y Arghesi, de Baquero y Feijóo, del español Justo Jorge Padrón. Como advertirá, me detuve en la poesía, pues en narrativa mis gustos son más extensos y van de Cervantes a Carpentier, de García Márquez a Thomas Mann… Amo aquellas lecturas que me ofrecen algún elemento del misterio, milagro y fantasía de la vida en el cosmos, quizás por eso he sido un lector fiel de la llamada ciencia-ficción. Destacaría algunos pocos libros como El Pequeño Príncipe (que no es lo mismo que decir “El principito”), La montaña mágica, El Quijote, Cien años de soledad, los cuentos de Borges, Paradiso, Una temporada en el infierno, el Diario de Campaña de José Martí de Playitas a Dos Ríos. Las mil y una noches y los cuentos de los hermanos Grimm y de Perrault iluminaron mi infancia y aun me iluminan. Bueno, son algunas de mis preferencias, no sé para qué pueda servir ese listado, fuera del placer personal de la lectura.

Confiesa ser un hombre de paz…En este mundo controvertido, donde la violencia resulta caldo de cultivo para tantos actos y actitudes inhumanas, ¿cómo podría enfrentarlo la literatura y un escritor de y con principios similares a los suyos? A los escritores jóvenes, ¿qué recomendarles?

Sí, soy un hombre esencialmente de paz, pero no de la paz pasiva, sino de la que interactúa y discute sobre la circunstancia y la vida. Como soy muy apasionado, es difícil que la paz me procure relaciones cordiales con todos mis coetáneos. Creo en aquella categoría de la dialéctica hegeliana y luego marxista que nos habla de la unidad y lucha de contrarios. Prefiero la unidad, pero es imposible vivir sin lucha, porque la vida es luchar. Otra cosa es el término violencia, me he preguntado si es posible que desaparezca para una especie depredadora como la nuestra. Creo que no hay otro remedio para la completa humanización que la desaparición de las guerras, lo cual rebajaría con creces la predisposición violenta de los seres humanos. La ira aparece en todas las especies terrestres conocidas, y los humanos la padecemos aunque la fe cristiana la haya catalogado como “pecado”. El ejercicio literario es un acto de paz, porque la poesía, base de toda creación, brota desde el amor y la fraternidad, pero a veces también de la ira que desea la justicia. No sé qué recomendarle a los jóvenes, no soy un consejero, solo tengo opiniones y las expreso con sinceridad y con la mayor honestidad que me sea posible. Las sucesivas oleadas de juventudes tienen delante de sí el camino de sus realizaciones individuales, según sus dones; de ellos mismos y de sus circunstancias dependerá que se realicen con la plenitud que estas últimas les condicione. Yo he sido muy tenaz, creo que la tenacidad es un don más fuerte que el talento. Sin él, poco se alcanza; sin ella, menos aun.

¿Algún próximo título de su autoría o para ser presentado en otra feria internacional del libro en Cuba o fuera de sus fronteras?

Creo que he sido tan prolífico como he podido, solo porque soy un trabajador tenaz. A estas alturas de mi vida (2016), próximo ya a los setenta años, han aparecido publicados treinta y seis libros míos (doce de poemas), tengo otros seis inéditos y finalizados. También he dado a la publicación una decena de folletos de verso y prosa, otra docena de antologías de poesía (sobre todo cubana) muy diversas y editadas en Cuba, Brasil, Italia y España; he traducido más de diez libros desde el portugués, he realizado más de una treintena de compilaciones de poesía y prosa de autores muy variados, he sido coautor o colaborador de numerosos libros colectivos en Cuba, Venezuela, Brasil, España, Francia; mi propia labor ha sido antologada en unos cuantos países más; he trabajado sin descanso como investigador, ensayista, como profesor universitario, y nada de esto me produce ni soberbia particular ni vanidad demasiado intensa. Ni siquiera tengo la mejor satisfacción que todo ello me pudiera acarrear: la de saber que son útiles. No tengo conciencia sobre si mis libros lo son en verdad, no sé qué puedan “valer” ellos en el contexto social, y tampoco aspiro mucho a saberlo con plenitud, pues como dice Feijóo en uno de sus buenos poemas: yo “echo mi hojita verde”, y no depende de mí quien venga a “comerla”. De modo que los libros que tengo por salir publicados, que no son pocos, solo aspiran a eso, a nacer y a ser útiles. Ya editados, tendrán semejantes destinos que los de cualquier escritor. He concluido y ahora mismo están inéditos: un Diccionario de versología hispánica (que complementa mi Métrica, verso libre y poesía experimental de la lengua española), un volumen sobre Rilke al que ya me referí, otro sobre poetas españoles (cuatro de los siglos xvi y xvii, y otros catorce del siglo xx). Mi libro de poemas Hipno parecería concluido, y avanzo en uno llamado Tristeza de las cosas que no fueron. Concluí Décima fiel, un volumen de estudios teóricos acerca de la décima, esa estrofa singular. Algunos de ellos ya están entregados a editoriales para correr suerte, otros no. Un día lograré publicar mi antología-estudio de la poesía neorromántica cubana, ya concluida por completo, sector de la lírica nacional menos estudiada y que se ha mantenido fuera de todas las historias literarias, pese a haber gozado de tanta aceptación popular, quizás por eso mismo. Mañana iniciaré nuevos libros, seguro, y no sé aun cuáles serán, pero quizás Gravitación de la poesía no concluyó lo que llamo una trilogía de aproximaciones a diversas poéticas, que inicié con Aguas tributarias y con Narciso, las aguas y el espejo, dos de mis libros en prosa que más amo. A lo mejor conforme otro volumen similar a estos y aparecerá en el futuro, donde continúe esa línea ensayística especulativa, menos “académica” que otros estudios míos, como El siglo entero. El discurso poético de la nación cubana en el siglo xx. Sabe, Astrid, releo este parrafito de respuesta a su pregunta y me duelo de que contenga tanta vanidad al hablar (sin juzgar) sobre mi propia escritura, cuando sé que ella no significa ni un grano de arena en el cosmos y que, como bien escribió Borges: “la meta es el olvido”. De todos modos me consuela saber que la mía llegará primero.

El epitafio que Virgilio López Lemus, escritor y hombre, espera de sus amigos sinceros…

Parece que usted llega al final de sus cuestiones, Astrid, agradezco mucho la deferencia de sus preguntas. Esta última que usted me lanza vislumbra la muerte. ¿Un epitafio? Quizás unos versos míos sirvan para eso: “Siempre será hermoso / haber tenido un fuego de pasiones”. Pero solo quisiera que el día que ya pase a la nada, alguien piadoso (un “amigo sincero”) deposite mis cenizas en la misma urna donde yacen las del poeta Alberto Acosta-Pérez, y nada más. Creo que tuvo razón Lezama al decir que uno solo puede lograr una raya de uña sobre una roca. Depende de la calidad de la uña para que tal escritura dure un poco menos, o más. Una última esperanza sería que al menos los amigos se den cuenta de que la expectativa central de mi existencia ha sido la de darle utilidad social a mis días, y que tuve no pocos obstáculos para eso.