Ahmel Echevarría: la literatura siempre formó parte de mí

Ahmel Echevarría: la literatura siempre formó parte de mí

  • Su prolífica obra ha atesorado múltiples reconocimientos y premios: David (2004), Pinos Nuevos (2005), e Ítalo Calvino (2012), entre otros. Foto: Bernardo Acosta.
    Su prolífica obra ha atesorado múltiples reconocimientos y premios: David (2004), Pinos Nuevos (2005), e Ítalo Calvino (2012), entre otros. Foto: Bernardo Acosta.

La periodista Matilde Salas Servando me presentó al escritor Ahmel Echevarría Peré (La Habana, 1974) editor web del Centro Onelio Jorge Cardoso, en el Portal de la Onda de la Alegría. En medio de una amena conversación le solicité una entrevista, a la cual accedió de inmediato para dialogar con nuestros(as) lectores(as) acerca de su amor inmenso a la literatura, y concretamente, a la narrativa, por la cual siente marcada predilección desde que era un «pequeño príncipe». No obstante de su pasión por las letras, estudió Ingeniería Mecánica en la Universidad de Ciencias Técnicas José Antonio Echeverría (CUJAE), pero pronto abandonó el ejercicio de su profesión para dedicarse en cuerpo, mente y alma a la praxis literaria.

Por otra parte, la prolífica obra de mi interlocutor ha sido objeto de múltiples lauros y reconocimientos en la mayor isla de las Antillas y fuera de ella: los premios David (2004), Pinos Nuevos (2005), Frank Kafka de Novelas de Gaveta (2010), José Soler Puig de Novela (2012), y el Ítalo Calvino (2012), así como accésit en La Gaceta de Cuba (2011), entre otros no menos importantes. Al menos en nuestro medio, es uno de los escritores más premiados, sobre todo por la calidad estético-artística de sus creaciones en el campo de la narrativa.

Sus relatos cortos aparecen incluidos en antologías cubanas y extranjeras. Textos suyos han sido publicados en periódicos y revistas nacionales. Es miembro activo de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y columnista de la sección «Diálogos» del Sitio Web de la Asociación Hermanos Saíz.     

¿Podría relatar cómo fue que se le inoculó el «virus» de la literatura en general, y de la narrativa en particular?

La literatura siempre formó parte de mí. Gracias a mis padres y a una tía en mi cuarto tenía un modesto librero. Eran libros para niños y jóvenes: desde los Hermanos Grimm a Dora Alonso […]. Había libros para colorear, de ciencias naturales, de automóviles, barcos y aviones, comics soviéticos y nacionales (no sé si la palabra comics verdaderamente se ajusta a lo que en las revistas de la época se publicaba).

Sin otras pretensiones que la de pasar un buen rato con la lectura y los libros, y de paso acumular peripecias e información, seguí leyendo hasta que, a finales de la dura década de los noventa del pasado siglo, felizmente coincidieron […] el oficio de escritor y el placer de la lectura.

Debo confesar que nunca me imaginé escribiendo un cuento o una novela. Ese loco afán tuvo como punto de partida la proposición de un amigo diseñador: me pidió que escribiera el guion de un dibujo animado y diseñara los personajes; tras hacer dos versiones libres de dos fábulas de Esopo, mi amigo, luego de sonreír, dijo: «Escribe otro, pero, por favor, ni una fábula más, no jorobes más con Esopo, tráeme algo tuyo».

Me sobraba el tiempo en la oficina de la Unidad Militar donde transcurría mi servicio social como ingeniero mecánico recién graduado. Allí, en la punta de una loma en el Cacahual, Esopo quedó a un lado. Traté de fabular otras historias, eran muy simples, por suerte tuve la dicha de advertirlo y aparecieron historias […] más sencillas.

En esa Unidad Militar me presentaron a un traductor. Al igual que yo, estaba cumpliendo su servicio social. Era el joven escritor Michel Encinosa, de cabello larguísimo, libros publicados, y residente en el Barrio Chino de La Habana.

Fue Encinosa quien me dio los primeros consejos; me habló de un taller literario y del coordinador de ese espacio. ¿El nombre del taller?: Salvador Redonet, ¿el coordinador?: el escritor o excritor (como bien diría un amigo de los dos), Jorge Alberto Aguiar. Las tardes y las charlas en el Redonet devinieron la génesis de lo que llamas «virus».

Era delirio y deleite, allí las historias y el lenguaje no eran el único vector, también otras líneas de fuerza que atraviesan la Literatura y que no están precisamente en las Artes. La tapa al pomo la puso el Centro Onelio con el escritor y periodista Eduardo Heras León (El «Chino» Heras) al volante.

Allí se ha gestado una gran cofradía extendida en grupos y lazos a lo largo y estrecho del territorio nacional; la literatura y la amistad son las buenas marcas que deja el Onelio. El resto ha sido apostar en grande, las horas de desvelo y disfrute, los continuos ensayos de prueba y error, las veces que no he conseguido concretar cuanto he imaginado, es decir, las derrotas.

¿Qué significa para un joven escritor haber sido premiado en importantes certámenes literarios convocados por relevantes instituciones de nuestra geografía insular?

El trabajo ha sido duro, aposté por algo en lo que muy pocos creen, una apuesta que es de antemano una derrota, porque Literatura no es exactamente dinero y prestigio. Y justo eso es lo que —en buena medida— distribuyen los concursos literarios: dinero, prestigio. Y no está nada mal para nadie mientras se sepa lo que hay en juego. Como más o menos sé o me imagino lo que hay en juego, ganar lo que he ganado no me quita el sueño.

Eso sí, también es el reconocimiento que —en primer lugar— hace un grupo pequeño de lectores: el jurado; ellos, al igual que uno, conocen el oficio, padecen y gozan el oficio, sospechan cuándo vale la pena poner la mano en la candela por una obra, un autor, eso también es hacer Literatura.

La belleza incluye dolor, silencio, sangre, y si además la institución que convoca el premio tiene un nítido historial que se puede ver reflejado […] en los libros ganadores, mucho mejor, porque ya no es solo dinero y prestigio, sino también Literatura cuanto hay en juego.

Si todo eso se puede compartir con los amigos, mucho mejor. He tenido la suerte de poderlo compartir con mis amigos (y lo que más se comparte es la Literatura, es la que más beneficios y placeres duraderos aporta, el resto se evapora en cervezas, pizzas, croquetas de diez centavos, una guerrilla en el Escambray).

Esa es la razón por la que sonrío cuando evoco el hecho de haber ganado unos cuantos lauros. Luego, vendría la valoración que hagan de tus libros los lectores; si es favorable, si desata la polémica, si no transitas por la vida literaria o simplemente por la vida sin saber que pasaste […], entonces algo más lograste. Pero el premio mayor es solo de unos pocos y es resistir el paso del tiempo. En el paraíso o en el infierno están, por ejemplo, José Lezama Lima (1910-1976) y Virgilio Piñera (1912-1979).

¿Qué representa para usted escribir, y si no es un secreto «clasificado», podría explicarles a los lectores cómo construye el entramado sicológico y espiritual de los personajes a los cuales les insufla vida, primero en la pantalla de su ordenador, y luego, en letra impresa?

Escribir es una fiesta, es también mi manera de entender al otro, que es la manera de entenderme a mí, de entender qué demonios sucede en mi barrio, en mi casa, en el país, en el continente, en el mundo. En realidad, son más las preguntas que las respuestas, porque siento que la verdad nunca es un monolito de piedra o fierro.

Las preguntas se modifican y complejizan con el tiempo, porque el Hombre de Hoy no es el mismo que percibió en la piedra o el hueso una herramienta. ¿Qué es lo ético, qué es lo moral, el Bien, el Mal, desde cuál agenciamiento deseas el Bien para el otro?

Esas preguntas deben atravesar a mis personajes, mediatizar sus acciones. Se dice que todos somos pecadores por naturaleza […]. Sonrío cuando escucho la palabra pecado. Ese es un buen punto de partida a la hora de delinear un personaje desde los puntos de vista sicológico y espiritual.

De las experiencias que como escritor ha archivado en su memoria poética, ¿podría describir alguna que le haya dejado una impronta en el intelecto y en el espíritu?

Devenir escritor es una cuestión de actitud, de aptitud, de noción de estilo; precisemos: caer con estilo. Escribir un texto de ficción es asumir de antemano la responsabilidad de la derrota; tienes el tema, personajes, el conflicto, tramas y subtramas, una posible solución. En esos personajes, tratarás de condensar las angustias de los tuyos, sus grandezas y su miseria, que podrían ser tus propias angustias, tus abyectas pasiones. En boca de ellos, pondrás preguntas que, a la vez, son tus propias dudas; preguntas cuyas respuestas no conocemos, lo cual potencia todavía más su alcance […].

Sin embargo, solo contamos con las palabras para tomar de la mano al lector y convencerlo de ir hasta el borde del abismo y saltar. Solo contamos con las palabras para invitarlo a descender al infierno, convidarlo —a través de la lectura— a que se aventure a desandar los peores paisajes que nos depara ese vasto universo que es todo ser humano.

¿Alguna recomendación a los «pinos nuevos» que dan sus primeros pasos en el ejercicio literario?

Buscarse una tradición literaria (una tradición literaria no tiene que ser por obligación la del país en que se nace y vive), operar desde allí, delinquir en ella y desde ella hasta encontrar el modo único de expresar lo que justo quieres decir, incluso a riesgo de que tus contemporáneos no te entiendan. A veces, la literatura se adelanta tal como se desbocan las manecillas de un reloj.