Araceli García Carranza o la pasión bibliotecaria

Araceli García Carranza o la pasión bibliotecaria

  • Reconocida por su trabajo en la Biblioteca Nacional. Foto tomada de Opciones
    Reconocida por su trabajo en la Biblioteca Nacional. Foto tomada de Opciones

Quizás esta haya sido una de las entrevistas más inolvidables realizadas a una personalidad de nuestra cultura, producto de la labor tan extraordinaria realizada por la entrevistada durante tantos años en una de las instituciones más importantes de nuestro país: la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, además del carisma, exquisitez y espiritualidad que le acompañan. Es la doctora Araceli García Carranza, mujer de saberes y de principios humanísticos.

Su amor hacia las letras y, en especial, a la Bibliotecología, ¿cuándo, cómo y por qué surge?

El contexto principal de donde surge este amor parte de mi hogar. Mi madre admiraba mucho a la reconocida Escuela Pública cubana; no obstante su nivel de escolaridad ser el de un sexto grado, su permanencia en dicho centro de estudios, además de su constante lectura le aportaron un nivel de conocimientos parecidos a los de una graduada de segunda enseñanza. Así, todo lo relacionado con el conocimiento cubano y universal y su herencia histórico-cultural lo aprendí desde muy pequeña gracias a los principios éticos y de formación educacional que se respiraban en mi hogar. En el caso de mi padre, este aprendizaje adquirió más relevancia, al ser médico de profesión. Era un profesional de la medicina que gustaba mucho de la literatura, de la historia, de las ciencias… Nunca olvidaré que en una sección del comedor de nuestra casa colgó una pizarra grande de color verde, para impartirnos conocimientos diversos a mis cuatro hermanas y a mí. Siempre afirmaré con muchísimo orgullo que mis padres fueron quienes me educaron en el esfuerzo y la voluntad hacia el estudio, la disciplina, el orden, el respeto. En específico el orden, al formar parte de nuestros valores, de nuestra concepción de la vida para poder proyectarnos hacia aspiraciones y objetivos futuros.

Mis estudios en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana los comparo con una carrera universitaria en la actualidad, pues el claustro de profesores que allí existía era de un altísimo nivel pedagógico. En aquella época eran cinco años de estudios. En el último año, podíamos seleccionar materias o asignaturas de ciencias o de letras para ingresar después en carreras universitarias de una de las dos vertientes. En mi caso, decidí estudiar cada una de las asignaturas de ambas propuestas, y fue así cómo concluí con el título de Bachiller en Ciencias y Letras. Debo subrayar que los conocimientos adquiridos en dicho nivel de enseñanza contribuyeron a que, ulteriormente, mi proceso de aprendizaje en la Universidad de La Habana resultase mucho más fácil.

En un principio matriculé la carrera de Pedagogía hasta el tercer año, en que decidí entonces, estudiar Filosofía y Letras. En esta decisión personal tuvo que ver mucho la doctora Mercedes García Tudurí, profesora del Instituto de La Habana –recalco que allí existía un maravilloso claustro de profesores--, quien nos impartía la asignatura de Introducción a la Filosofía. Puedo afirmar que la doctora García Tudurí  fue, realmente, quien despertó en mí el interés por estudiar la carrera de Filosofía y Letras, la que concluí en 1962.

Con anterioridad a graduarme fui Auxiliar de Kindergarten, hasta que luego del triunfo de la Revolución comencé a impartir clases en la escuela primaria y depues a los nuevos becados —en la antigua escuela religiosa Las Ursulinas, ubicada en la zona habanera de Miramar—; toda esta actividad transitó paralela a mis estudios universitarios, hasta graduarme (reitero) en 1962, algo que marcó un hito importante en mi vida. Le explicaré la razón.

Una mañana de fines de 1961, en que me hallaba conversando en la Escuela de Filosofía y Letras con la profesora Margarita Perea —más tarde compañera en la vida del diplomático y profesor doctor Ricardo Alarcón—, le explico acerca de mi interés de llegar a tener un lugar más tranquilo donde trabajar. De inmediato me informó que en la Biblioteca Nacional “existen plazas para especialistas”, hasta ponerme en contacto con el también prestigioso profesor universitario  doctor Fernando Portuondo del Prado, quien entonces aseveró: “—Los buenos, se recomiendan solos—”. Así fue cómo, finalmente, me entrevisté con la doctora Freyre de Andrade, entonces directora de la institución, quien me aceptó enseguida.

Rememoro con cariño a su jefa de despacho, Anabel Rodríguez, una persona muy entusiasta y colaboradora, e hija del pensador humanista y político Carlos Rafael Rodríguez. De esa forma fue cómo inicié mi trabajo en la biblioteca el primero de febrero de 1962, mientras que mi hermana Josefina, comenzó en mayo de 1963 en el Departamento de Colección Cubana hasta luego pasar a referencista del siglo XIX y del tema José Martí, su vida y su obra, hasta el 2006 en que fallece.

Inicialmente, realizo investigaciones acerca de todo lo relacionado con Procesos Técnicos, con la ayuda de la profesora Caridad Lara –profesora de la Escuela Formadora de Técnicos de Bibliotecas--, la que contaba con un prominente staff de docentes. En él se hallaban los profesores e investigadores Salvador Bueno y Adelina López Llerandi, su directora, entre otros. Los egresados de dicha escuela llegaron a ser trabajadores muy destacados dentro de nuestro contexto”.

Durante su niñez y adolescencia, ¿qué tipo de bibliografía fue de su preferencia? La obra martiana en su vida…

Durante el período de enseñanza primaria la literatura juvenil e infantil de todo tipo y que mi padre me regalaba. Más tarde, en el Instituto de Segunda Enseñanza tuve que leer muchísimo, además de materias como Literatura cubana y latinoamericana. La Universidad fue una verdadera mina, pues la carrera de Filosofía y Letras exige mucha lectura e investigación; al igual que lo más relevante de cada literatura, en específico, los clásicos. Es el caso de El Quijote, entre otras muchas lecturas.

En relación con la vida y la obra martiana tengo que destacar a personalidades como los escritores Cintio Vitier y Fina García Marruz, martianos por excelencia, quienes laboraron en nuestra biblioteca. Recuerdo que inicio mi trabajo en la biblioteca en la tarea de investigar autoridades, al poco tiempo paso a ser jefa del Departamento de Colección cubana (1967-1979) donde se hallaban esas dos figuras de nuestra Cultura nacional. ¿Imaginas una joven graduada universitaria ser jefa de dicho departamento? ¿Ser jefa de esos dos grandes intelectuales cubanos? Ya conocía a Cintio como ensayista a partir de su obra Lo cubano en la poesía, —durante las clases que impartía en la Universidad otro grande de nuestra cultura, Roberto Fernández Retamar—. Me dije entonces, en esta situación, lo más factible es convertirme en la secretaria de Cintio, fundador de la Sala Martí y del Anuario Martiano, con quien me identifiqué muchísimo. Es en 1968 cuando él me propone la realización de la Bibliografía Martiana, una bellísima tarea que aún continúo ejecutando. Durante la existencia de Cintio, la publiqué en los Anuarios Martianos hasta el número siete. Más tarde tras la fundación del Centro de Estudios Martianos (CEM), la entregué cada año al  anuario de esa institución. Hace pocos días entregué  el Número 40 de la Bibliografía Martiana a esa institución, ya emblemática fundada por Cintio Vitier. En suma, fueron seis números del anuario los publicados bajo su autoría inicialmente y del dos en adelante publiqué la Bibliografía Martiana que luego continué en el Anuario del CEM —hasta un total de cuarenta—. Este trabajo lo continuo hasta la actualidad. 

Cintio y Fina constituyeron un matrimonio ejemplar. Cintio era una persona muy natural y amable. Siempre lo ayudé y, no obstante a ello, él también lo hizo en diversas actividades como fueron los montajes de exposiciones, las que partían de selecciones bibliográficas. Francamente, con ellos tuve una fuente inagotable de experiencias; eran maestros desde todo punto de vista. Llegaron a convertir la Sala Martí en un verdadero santuario, a tal punto que el profesor Manuel Pedro González, quien residía en Estados Unidos, siempre afirmaba que el monumento mayor tributado a Martí, era aquella sala hasta su fecha. Tiempo después dicha sala pasa a ser el CEM, para el cual se escogió la residencia ubicada en la zona de El Vedado que ocupase durante muchos años su propietaria Teté Bances —viuda de José Martí Zayas-Bazán, hijo del Maestro—, quien decidió donarla posteriormente al Estado cubano. Tanto a Cintio como a Fina, la creación del CEM los colmó de inefable alegría. Ambos lograron una profunda comunión de intereses en su vida íntima e intelectual.

Acerca de Fina quisiera subrayar su dulzura, modestia e inteligencia. La considero una mujer genial con una obra de invaluable calidad literaria como poeta y ensayista…Esto se patentiza también por sus innumerables distinciones y premios como son Premio Reina Sofía, Orden Alejo Carpentier, Profesora emérita de la Universidad de La Habana, Distinción por la Cultura Nacional…
Alejo Carpentier en su recuerdo…

A Alejo lo conocí en 1972 siendo ministro consejero de la Embajada de Cuba en Francia, a través de María Lastayo, jefa de Selección de la biblioteca —muy amiga de Alejo y de su esposa Lilia—, y en un momento en que personalmente yo había decidido iniciar la creación de su obra bibliográfica. Desde el primer momento Carpentier quedó fascinado con dicho proyecto; a tal punto, que visitaba casi periódicamente la biblioteca y siempre traía algo de su papelería. Papelería que atesoré entre 1972 y el 2007 en que fue entregada a la Fundación Alejo Carpentier —ubicada en la antigua vivienda de Alejo y Lilia—, y que continúo realizando. Quiero acotar que su primera bibliografía fue publicada en 1984; una segunda, en 1989 y la tercera fue publicada en la Revista de la Biblioteca Nacional José Martí en 1999. En estos momentos poseo dos catálogos contentivos de más de dos mil fichas, las que he logrado confeccionar en la biblioteca de dicha fundación.

“Igualmente, en esa sede pude hallar otra gran parte de su colección de escritos y documentos (papelería), con la que he ido enriqueciendo su bibliografía y añadiendo nuevos asientos bibliográficos a la entregada por Alejo a la biblioteca con anterioridad. Actualmente, reitero, continúo trabajando en esa colección junto a la doctora Graziella Pogolotti. Estimo que actualmente ya tengo compiladas unas tres mil fichas mas referidas a la vida y la obra de Carpentier. Sin lugar a dudas que la fusión de ambas colecciones ha sido fructífera”.

En la Biblioteca Nacional, ¿cuáles han sido sus momentos más felices? ¿Qué apreciaciones tiene sobre el trabajo de los jóvenes investigadores y especialistas?

Tras el triunfo de la Revolución cubana, entre 1961 y 1967, la directora de la Biblioteca Nacional doctora María Teresa Freyre de Andrade escogió un personal muy bien formado y de amplios conocimientos culturales, en especial, en lo relacionado con las disciplinas de Filosofía y Letras. Debo resaltar que aquella fue una generación de oro. Así la califico. Personalmente, les debo muchísimo a aquellos profesores universitarios y especialistas en letras y bibliotecología; a todos los recuerdo con enorme cariño. Luego de la doctora Freyre de Andrade, ocupó su cargo, en 1967 el capitán del Ejército Rebelde quien fuera años después  diplomático Sidroc Ramos. Él admiró el trabajo del bibliotecario hasta llegar a afirmar que cada uno de nosotros sentíamos la pasión por la biblioteca y que, por ende, nosotros éramos “la pasión bibliotecaria”. De toda aquella pasión, como él bien destacó, se hallaba impregnada (metodológicamente) cada una de nuestras bibliotecas públicas a nivel nacional.

Más tarde irrumpió la alta tecnología la que, para bien o para mal, ha provocado un significativo vuelco en muchos aspectos relacionados con nuestra labor profesional. Es imposible renunciar al trabajo tradicional aunque exista la tecnología. Hay que tener muy en cuenta que la máquina no piensa y se rompe o se pierde también, por lo cual es imprescindible mantener infinidad de aspectos relacionados con la labor tradicional.

La tecnología de avanzada es, por supuesto, un auxiliar de primera línea pero, hasta la fecha en Cuba, no ocurre así, producto de los problemas económicos que existen en el país. A la vez, la tecnología es costosa y avanza de forma galopante. Considero, que todo aquello que logramos realizar durante los primeros cuarenta años de Revolución debe y tiene que ser respetado y preservado.

Por otra parte, los jóvenes de nuevo ingreso en nuestra institución no se mantienen mucho tiempo en ella. El trabajo de un bibliotecario se caracteriza por una gran experiencia, caudal de conocimientos encaminado a las Humanidades y, ante todo, un gran sentido de pertenencia.

Cuando concluí la carrera de Filosofía y Letras, adolecía de la experiencia que hoy poseo, y ha sido el trabajo práctico el que me ha enriquecido con el tiempo. A partir del trabajo diario es que los jóvenes tienen que aprender a nutrirse de experiencias. Algo que se acumula poco a poco. “El bibliotecario debe y tiene que ser muy generoso con el público que solicita sus servicios, al mismo tiempo que modesto, paciente y estar bien informado”.

Durante todos estos años, ¿qué momentos rememora con mayor alegría y satisfacción?

Esta fue una etapa de mi juventud que siempre he considerado muy fructífera y bella para mi desarrollo profesional. Primero, por haber sido Jefe de Colección cubana entre 1967 y 1979; al trabajar muy cercanamente a Cintio y Fina; junto a Octavio Smith; por poder compartir con el poeta Eliseo Diego… Una etapa de oro para mí. Igualmente, en 1962, en Colección cubana conocí a Julio Domínguez García, con quien contraje matrimonio al año siguiente y con quien estuve casada, nada menos que 54 años.

Anteriormente, con la experiencia en el trabajo bibliográfico que ya tenía y, con la asunción como directora de la doctora Marta Ferry, ésta creó un Departamento de Bibliografía en el que me inicié como directora a principios de la década de los ochenta hasta el 2007, en que paso a ocuparme del Departamento de Investigaciones en el que estoy aún”.

¿Qué mensaje trasladar a los jóvenes que aspiran a trabajar como bibliotecarios?

Ante todo, tener interés por la Cultura cubana y universal, al igual que mucha paciencia. En este recinto de conocimientos es donde siempre pueden y podrán satisfacer sus intereses e inquietudes culturales”.

¿Satisfecha con la obra realizada? ¿Qué más tiene en perspectiva?

Nunca estoy satisfecha. Ahora continúo profundizando en la vida y la obra de nuestro Héroe Nacional José Martí; con la de Alejo Carpentier en la fundación que lleva su nombre y donde brindo además mis servicios, entre ellos, bibliográficos; con la de Cintio y Fina; acumulo además un gran número de fichas relacionadas con la bibliografía de  Lezama Lima. Todo esto me hace sentir muy útil profesionalmente.

La vida y la obra martiana, a partir de su observancia bibliográfica, ¿qué le falta?

Le falta mucho. Tan sólo en la Biblioteca Nacional adolecemos de todo lo que se publica, en otros países en relación con la vida y la obra martiana.

“Al respecto quiero resaltar la obra monumental del doctor Pedro Pablo Rodríguez López al frente de la confección de la Edición Crítica de las Obras Completas de José Martí. Años atrás fueron Cintio y Fina quienes la iniciaron en la Biblioteca Nacional donde se hallaban y conservaban los primeros catálogos. El doctor Pedro Pablo Rodríguez siempre los reconoce en cada volumen de su Edición Crítica. “Indudablemente que es un intelectual de Cuba y para Cuba, su obra constituye un monumento a la Cultura de este país y al Maestro.

¿Qué es para usted…?

¿…cultura? Cultivo y refinamiento del espíritu humano. El conocimiento cultural nos posibilita ser más humanos, y nos desarrolla espiritualmente, para entender mejor al ser humano. Me siento muy orgullosa de la Cultura  cubana pues, a pesar de tantas dificultades es muy rica y respetada en el país y en el mundo entero

¿…identidad? Todo aquello que acumulamos y nos caracteriza e identifica de alguna u otra manera.

¿Qué le falta por hacer?

Me gusta mucho el trabajo investigativo y bibliográfico relacionado con las figuras de la Cultura cubana. Lo he hecho con Alejo Carpentier, con Lezama Lima, con Fernando Ortiz…Más recientemente con Emilio Roig de Leuschering (publicado por Ediciones Boloña); con Eusebio Leal Spengler (confeccioné cinco tomos bibliográficos sobre su desempeño intelectual), y para Roberto Fernández Retamar (dos tomos). Para José Martí necesitaría tener más vidas, al ser inagotable, y ser cada vez más inmenso. En este momento viene a mi memoria una frase que expresó en una ocasión Ezequiel Martínez Estrada, de José Martí: “No sé si ha sido un dios o una persona. Yo le expresaría lo mismo a Martí…”

Sentada frente a un espejo, ¿qué le diría Araceli García Carranza a Araceli García Carranza?

Debiste haberle entregado más a la Cultura cubana.