Siempre estoy en estado de alarma creativa (Primera parte)

Siempre estoy en estado de alarma creativa (Primera parte)

  • El artista de la plástica Rubén Tomás Hechavarría Salvia. Foto tomada del sitio del artista salviarte.ch
    El artista de la plástica Rubén Tomás Hechavarría Salvia. Foto tomada del sitio del artista salviarte.ch

Artista las veinticuatro horas del día, el pintor, performer, profesor, interventor público y curador Rubén Tomás Hechavarría Salvia, nació en la ciudad cubana de Holguín el 7 de marzo de 1967. Ha participado en 155 exposiciones colectivas, ha realizado 25 exposiciones personales en Cuba y en otros países y ha ejecutado más de 170 acciones plásticas en público. Ha obtenido más de veinte premios, dos menciones y dos menciones especiales. Obras suyas integran colecciones particulares en México, Argentina, los Estados Unidos, Canadá, Suiza, Alemania, España y Cuba y es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

 

Usted no es lo que puede considerarse un artista “consagrado”, en la acepción que le da la tradición al término. Usted es un ente que posee una visión muy particular del mundo y supongo que su incompletez lo conduce a búsquedas permanentes, a una indagación a toda costa en la esencia de lo que “debe ser” un creador. ¿De dónde parte esa idea y a que se debe su inconformidad?

Mi concepción del arte, desde el punto de vista de la creación, está totalmente vinculada a mi vida. Desde que el hombre nace, comienza un proceso de cognición que termina solo con la muerte, aún en el vientre materno experimentamos sensaciones, luego comenzamos a percibir olores, sabores, a reconocer imágenes y colores, a esgrimir gestos, a aprender palabras, a asimilar experiencias, a entender fenómenos. Este proceso se va complicando cada vez más, en la medida en que nos relacionamos con los otros y conformamos lo que se llama sociedad, somos seres que no pueden escapar del contexto. En mi caso la creación se da exactamente de este modo, pero de forma inversa, es la manera de sacar desde mi interior todo este cúmulo de experiencias mediante un procedimiento primero mental –selección, análisis, síntesis— y luego fáctico –concreción del objeto u obra artística—. Estos dos procesos: el vital y el creativo, se complementan mutuamente, uno arroja luz sobre el otro y ambos, de a poco, van segando esa interminable brecha de inconformidad de la que hablas, esa necesidad humana de conocer y de expresar, lo que se traduce en progreso.

¿Desde que comenzó su tránsito vital a través de los entresijos de la creación usted fue siempre así? Me refiero a si sus presupuestos iniciáticos estuvieron en concordancia con lo que sería después Rubén Hechavarría Salvia

Recuerdo los comienzos y sí, desde el principio era muy inquieto e inconforme en el mundo de la creación, me movía hacia muchas direcciones en cuanto a temáticas, técnicas, procedimientos, soportes, materiales e incursionaba en manifestaciones como la pintura, el dibujo e, incluso, en la instalación que era algo muy novedoso por aquel entonces en el territorio. Puedo decir, además, que fui pionero en la realización de performances o más bien happenings en aquellos años de estudios de nivel medio en la Academia de Artes Plásticas. Para entonces (1985) realicé mis primeras acciones, varias prácticas no tan elaboradas, donde involucraba a mis compañeros de estudio exigiéndoles, dentro del propio acto, asumir una posición acerca del fenómeno, muy discutido entonces, Vanguardia-Tradición. Los supuestos happenings se sucedían en el patio de dicha escuela en horarios de receso docente y todos partían de juegos activos de la infancia tales como: la marchicha o Pon, las bolas y el trompo. Estos “juegos-happenings” nunca fueron bien vistos o entendidos del todo por la mayoría de los profesores que eran generalmente de corte académico o tradicional.

Entonces, no sería errado afirmar que desde siempre me han movido los mismos instintos e inquietudes, pero claro está que en ese origen era mucho menos consciente de la utilización de los llamados presupuestos artísticos; la plena conciencia vino luego de un serio análisis personal y re-conocimiento de periodos (siglo XX), movimientos (Dada) y artistas que me interesaban dentro de la vasta historia del arte (especialmente conocer  la obra del artista alemán Joseph Beuys y comprender su filosofía Arte = Hombre = Vida) y además, un intenso análisis de mi propia obra en los años de estudio del nivel superior.

Una vez que descubre sus aptitudes creacionales, ¿cuándo y dónde comenzaron sus estudios relacionados con la artes visuales específicamente? ¿Alguna anécdota en particular?

Comienzo los estudios de las Bellas Artes en el nivel elemental del año 1979 en la Academia de Artes Plásticas “El Alba” en la ciudad de Holguín. Contaba solamente 12 años de edad y empezaba lo que serían los estudios secundarios. Me acuerdo del primer día del curso y de una sensación de haber llegado a un sitio mágico, no solo por la arquitectura del lugar, sino también por la energía que sentí al entrar a aquel recinto, energía que emanaba de su historia (desconocida para mí en aquel momento) y de los nobles seres que lo habitaban (también desconocidos). Fue una experiencia innombrable el sentirme parte de aquello, de un sitio que en lo adelante se convertiría en mi otra casa.

En su elección de las artes plásticas como vía de expresión ¿le fue favorable su entorno familiar?

En realidad no lo creo, al menos no directamente, en toda mi familia, según conozco, no existía ninguna persona que practicase, ni como aficionado, alguna de las manifestaciones de las artes. Solo mi papá, desde pequeño, cuando enfermaba y caía en cama, comenzaba a dibujar y colorear como una forma de entretenimiento y pienso también que como terapia, según una de las cualidades del arte. No obstante, en toda mi infancia mis padres se preocuparon fundamentalmente por una educación que potenciaba lo humano, lo más profundo del ser, la sensibilidad, pero también acatábamos una férrea disciplina; creo que de aquí parten los verdaderos nexos que me atan a la creación.

Me recuerdo niño, sentado frente a mi padre, al lado de mis hermanos y rodeado de otros niños del barrio; papi haciendo uno de los mil cuentos que se sabía (Los siete sirvientes), o leyéndonos un libro (Oros viejos), pasando algún rollito de diapositivas en los proyectores rusos y haciendo de narrador cambiando de voces según los personajes (Gulliver en el país de los enanos), o cantándonos décimas campesinas aprendidas desde niño, que se sabía de memoria (Camilo y Estrella). Puedo decir que gracias en especial a mi padre Rusbel Máximo Hechavarría Báez, desarrollé esa vena de sensibilidad y gusto por las artes.

Más allá de los nexos consanguíneos, usted y su hermana son, de cierto modo, una sola persona, con inquietudes artísticas semejantes y modos similares de ubicarse ante y en el hecho creativo. ¿Ese tramado de conexiones ocurre ad libitum entre ustedes?

Aunque existen sustanciales diferencias entre nuestras inquietudes artísticas y sobre todo en los modos de asumir y concebir el arte, no es menos cierto que tenemos zonas de contacto que, a mi entender, se manifiestan desde una manera afín de entender la vida. Dos personas que compartimos los mismos padres (genes), el mismo país, la misma ciudad, el mismo barrio, los mismos vecinos, el mismo hogar, la misma comida, la misma música, la misma educación, la misma época, la misma sociedad y sistema, durante muchos años inobjetablemente tenemos que tener puntos de contacto. Aunque Niurys y yo nos queremos “hasta hacernos daño” –como escribió Vallejo—, somos entes independientes, más en obra que en alma.

¿Considera que la enseñanza de las artes que usted recibió fue la más adecuada? ¿Puede comentar acerca del plan de estudios y el claustro de profesores de su etapa elemental?

La enseñanza de las artes en Cuba ha gozado de buena salud desde sus inicios, cosa que ha ido desarrollándose paulatinamente con la experiencia ganada en el transcurso de los años. En el caso de la plástica, a partir de la fundación de San Alejandro el 12 de enero de 1818 y de las demás escuelas del país, han habido planes de estudio y claustros de maestros con una calidad acorde a sus tiempos y necesidades. En mi caso particular creo que esta esencia no cambió, pues en los tres niveles de estudios que cursé (elemental, medio y superior) los contenidos recibidos estaban en sincronía con los códigos de enseñanza y las exigencias del momento. En este aspecto creo que realmente fui un discípulo privilegiado puesto que, en dichas etapas de estudio, tuve la posibilidad de recibir clases y aprender de los mejores colectivos de maestros en cada ocasión y especificidad. Nombro algunos de ellos a modo de agradecimiento y homenaje: Manuel Canelles, Argelio Cobiellas, Miguel Mayán, Fernando Barquín, Fausto Cristo, Fernando Bacallao, Carlos Parra, José Aguilar, Ramiro Ricardo, Rafael Campaña, Arturo Montoto, Pepe Franco, Alberto García, Lupe Álvarez, Magalis Espinosa, Flavio Garciandía, Josè Bedia.

El nivel elemental me proporcionó un acercamiento a las principales manifestaciones de las Artes Plásticas (pintura, escultura y grabado, además del diseño básico) y a los contenidos teóricos fundamentales del arte y su historia. En estos años comenzaba, además, la incursión en las distintas técnicas, métodos, procedimientos y géneros de dichas manifestaciones, incluyendo la interpretación de estos últimos (naturaleza muerta, bodegón, paisaje, retrato y autorretrato).

El plan de estudios en general, y particularmente los programas de cada asignatura en estos tres años de intenso trabajo y constante aprendizaje, estaban bien diseñados y mejor defendidos por un claustro muy profesional y que se tomaba bien en serio el digno acto de la enseñanza de las Bellas Artes.

El nivel medio fue un periodo de maduración y esplendor donde profundicé en el estudio y conocimiento de las técnicas de la pintura como especialización y el oficio del artista, aquí la experimentación creativa era una constante gracias al director Ramiro Ricardo Feria que nos daba luz verde en ese sentido, motivándonos de mil maneras en el estudio y conocimiento del arte moderno y las vanguardias del siglo XX. El tercero y cuarto años fueron una etapa de perfección técnica y de libertad de creación total (pre-tesis y tesis de grado respectivamente) con temas de libre elección. En esta fase de aprendizaje reconozco y agradezco personalmente la labor pedagógica del profesor Rafael Campaña Ochoa recién egresado del Instituto Superior de Arte (ISA).

Considero que la cenicienta del plan de estudios de nivel medio fue la asignatura de Historia del Arte, por la falta de profundización en los contenidos impartidos, por la no actualización de los programas con respecto a las nuevas tendencias que se manifestaban, por la carencia de una visión crítica del arte desde la historia, por la tremenda escasez de bibliografía e información y por la real incapacidad de los profesores que la impartían.

Para concluir esta etapa media de estudios, a modo de complemento, voy a mencionar algunas de las mil maneras en que nuestro profesor y director Ramiro Ricardo mantenía vivo el espíritu creativo y la motivación en los alumnos de El Alba. Ramiro invitaba a nobeles artistas de todas partes del país, recuerdo a Moisés Finalé, a compartir sus experiencias creativas con los estudiantes mediante charlas y conferencias y a trabajar codo a codo en nuestros propios talleres de creación (algunas de esas obras quedaron en la escuela como huella de sus pasos por el centro y muchos de estos jóvenes creadores marcaron pauta en el arte cubano); propiciaba también el intercambio con alumnos y maestros de otras escuelas (ISA), convocaba a personalidades de la literatura y el arte en Cuba como conferencistas y para ejercer en calidad de tribunal en nuestras tesis de grado (un ejemplo ilustre fue Eliseo Diego), planificaba además viajes a lugares de interés artístico cultural como Las Tunas, ciudad de las esculturas, y a museos como al Nacional de Bellas Artes. Aunque muchos tildaban a Ramiro Ricardo de muy exigente y estricto pienso que, gracias a él, su periodo de mandato se podría llamar “La era de oro de El Alba”.

Los estudios superiores en el ISA marcaron definitivamente mi carrera como artista, fue la época de un encuentro conmigo mismo, de un reconocimiento de mi yo, de autognosis profunda y verdadera, lejos de los míos, de mi contexto inmediato y fuera de los límites del mundo conocido por mí hasta entonces; fue un salto hacia la libertad, de independencia y quizás hasta de anarquía. Estimo que esta etapa fue imprescindible en mi formación académica y profesional, porque ahondé en fenómenos del arte que había estudiado en el pasado por mero interés personal, estudié movimientos y tendencias artísticas que desconocía o conocía a medias, investigué a fondo la obra de artistas que me interesaban para la estructuración de mi propuesta artística al servirme de una mayor y mejor bibliografía en la biblioteca del ISA, la Biblioteca Nacional José Martí y otros centros de estudios; me instruí con mayor agudeza en materias como Estética, Filosofía, Semiología, Historia del Arte Universal, Arte Precolombino, Arte Cubano, Inglés, Cultura Cubana, Arquitectura, Pedagogía, Gráfica Aplicada, entre otras; entré con mayor profundidad en procesos de creación, de codificación y decodificación de una obra, el sistema de comunicación de acuerdo con la relación artista-obra-público; entre muchas otros aspectos positivos que redundaban en la intención de graduar a profesionales del arte con un alto nivel y preparados para enfrentar una exitosa carrera en solitario. Todo este cúmulo de conocimientos se generaba gracias a los nuevos planes de estudios implementados en el ISA y a los profesores que los impartían.

¿Fue realmente significativa su inserción en el movimiento cultural capitalino en su período de estudios en el Instituto Superior de Arte?

Debo decir que fue de vital importancia en mi periodo formativo. La oportunidad de estudiar en el ISA me abrió nuevos campos de exploración intelectual, pues propició el  contacto con otros artistas de reconocido prestigio, cubanos como René Francisco y extranjeros como Juan Dávila, tuvo que ver en la interacción con importantes muestras en espacios galéricos de la ciudad (Roxi de Robert Raushemberg), mediante la inserción en eventos artísticos de alto nivel (La Bienal de La Habana) y la vinculación con disímiles eventos culturales y festivales de cualquier índole como el Festival de Nuevo Cine Latinoamericano, el Festival del Humor Aquelarre o el de Jazz, también la posibilidad de presenciar las puestas en escenas de cientos de obras de teatro (recuerdo Contigo pan y cebolla) y de Ballet (Cascanueces), los cientos de conciertos de la nueva trova (Silvio Rodríguez y Pablo Milanés en el propio ISA); en fin: las innumerables opciones culturales que ofrece La Habana para alimentar el espíritu y amplificar nuestro horizonte intelectual.

Fue, además, la oportunidad de ser copartícipe de una gesta única en el mundo de las artes plásticas a raíz de mi estancia en el ISA (1986-1991), la llamada década de oro o del florecimiento de la plástica cubana (los 80 del siglo XX). Recuerdo exposiciones trascendentales y polémicas como El Objeto Esculturado, donde el artista Ángel Delgado subastó una cuerda con el nudo de la horca, abriéndose paso entre el público, y donde, además, por primera vez expusieron como grupo tres jóvenes artistas que luego se convirtieron en el fenómeno Los Carpinteros. Recuerdo proyectos como La Real Fuerza del Castillo y otros que recibieron su buena cuota de censura, también las novedosas representaciones del grupo Puré, Los provocativos performances del grupo Arte Calle, los interesantes cuadros del dúo conformado por René Francisco y Eduardo Ponjuán, las místicas creaciones de Elso Padilla, las controvertidas y morbosas pinturas de Tomás Esson, las hermosas e intensas obras de José Bedia, las profundas y reflexivas instalaciones de Flavio Garciandía, los gigantescos performances de Manuel Mendive… Recuerdo también el oportunismo de artistas mediocres abriéndose paso desde posiciones lamentables y una lista interminable de acontecimientos que sucedieron ante mis propios ojos y que me aportaron una gran experiencia de arte y vida.

En un artista que posee un dominio excepcional de técnicas y soportes, una revolucionaria visión del proceso creativo y de vinculación con el espectador, ¿cómo se produjo el abandono de los caminos tradicionales de la comunicación y su relación con la posibilidad figurativa, para adentrarse en los rumbos de la transgresión permanente?

Me entiendo en el sentido más ortodoxo de la palabra como un artista figurativo pues, a pesar de haber coqueteado en algunos momentos de mi obra con el fenómeno de la abstracción, nunca he dejado de usar la figuración como medio expresivo indispensable en mi propuesta. Es cierto que en mi discurso estético me ha gustado siempre (y es una intensión marcada) transgredir, crear extrañamientos, caos, rupturas, trastocar códigos y provocar al espectador desde cualquier arista posible, pero todos esos propósitos parten siempre de un reconocimiento de los vericuetos de la tradición, de plantar fuerte los pies en esos caminos convencionales de la comunicación y avanzar explorando hacia una dirección ya decidida, hasta encontrar el verdadero entendimiento y la razón en mí mismo, para entonces poder subvertir.

Conocedor de las tendencias expresivas contemporáneas del arte, de cierto modo un teórico por su laboreo pedagógico, ¿qué le aportó su relación conceptual y pragmática con las vanguardias artísticas del siglo XX, en particular el Dadaísmo, el Surrealismo y otros “fenómenos” de la visualidad como el Pop Art y el Arte Minimal?

En verdad, todos estos movimientos o tendencias artísticas han afectado de manera más o menos intensa los presupuestos teóricos y las maneras representacionales de mi propuesta, son fuentes de las que sigo bebiendo en la actualidad.

Del movimiento Dada, surgido en Zúrich el 8 de febrero de 1916 en la tribuna de emigrantes del Cabaret Voltaire, me interesa el sentido de rebeldía total contra todo tipo de convencionalismos y la contradicción entre la praxis de la vida y el mundo idealizado del arte tradicional, lo versátil y abarcador dentro de los géneros artísticos que incluyen la poesía, la música, el ruido, el montaje de objetos y de desechos cotidianos, que establecen una identidad entre el arte y la vida; me atañe además el uso constante de la sátira y la ironía, el carácter de protesta, la exaltación de lo absurdo y carente de valor, y la introducción del caos en la escena artística.

El Surrealismo, cuyo manifiesto lo creó Andre Bretón en 1924, me ha aportado un modo interesante de acercarme a la lectura e interpretación de mis más profundos sueños y pensamientos desde una óptica freudiana a través del subconsciente, rescatando ideas y asumiendo lo irracional e intuitivo como procesos válidos en el acto creativo.

 Al Pop-Art, que nació en los años 50 aproximadamente al mismo tiempo, pero de forma independiente, en los Estados Unidos y en Inglaterra, le debo, además de algunos de sus modos de representación en una faceta de mi obra y un límpido lenguaje plástico, la vocación de integración del arte en el contexto sociológico del espíritu de la época. También, como a sus principales exponentes, me seduce la estética de los objetos triviales del universo cotidiano, el uso vehemente del collage, los colores intensos y la indagación en las subculturas populares.

El Minimal Art o neoabtraccionismo, aunque en el plano visual es totalmente opuesto a la gran totalidad de mi obra, me interesa desde una perspectiva del análisis del pensamiento y mayormente a la hora de resumir las ideas, de deslindar fenómenos, objetivos e intereses, es una tendencia que enarbola la filosofía de la síntesis, que va a lo concreto.