Alfonsina: vestida de salitre y penas

Alfonsina: vestida de salitre y penas

  • Alfonsina Storni. Foto Internet
    Alfonsina Storni. Foto Internet

   ¿Acaso puede caber alguna duda? Pues no, indisputablemente ella siempre fue una maltratada en su paso por este mundo tridimensional.

   Alfonsina Storni es la muchachita, hija de inmigrantes a la Argentina, quien en el negocio en precario de su padre alcohólico está fregando platos, con diez años.

   Mordida inmisericordemente por un cáncer de mama. Madre soltera, con un hijo cuyo padre jamás se conoció. Compartidora de un solo gran amor en su vida, Horacio Quiroga —tan genial como demente—, a quien le dedica un conmovedor poema cuando el narrador uruguayo se suicida con cianuro:

Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
Y así como en tus cuentos, no está mal.
Un rayo a tiempo y se acabó la feria...
Allá dirán.

Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte
Que a las espaldas va.

Bebiste bien, que luego sonreías...
Allá dirán.

   Sí, atenazada crudelísimamente por el dolor. Ah, pero ella milita en la tropa irreductible de los espíritus fuertes. Alguna vez le confesará a un amigo: “Me nombraron Alfonsina, que significa dispuesta a todo”.

   A los cuatro años se impone, como un deber, el aprendizaje del español, pues ha nacido hablando italiano.

   Ansiosa de independencia, muy pronto es una obrera en una fábrica de gorras.

   Pero, con sólo trece años, sucede el milagro: ingresa en el universo del arte. Se suma a una compañía teatral itinerante, con la cual representa lo mismo a Ibsen que a Pérez Galdós.

   Regresa al hogar, en Rosario. Escribe una obra teatral —con el revelador título de Un corazón valiente—, de la que no han quedado rastros.

   Decide formarse como maestra rural y, en el ejercicio de la profesión, estará en el sitio más sufrido: la Escuela de los Niños Débiles, cuyo alumnado lo forman pequeños a los cuales la desnutrición les ha traído el raquitismo como condena.

   Para aquel ser, destinado al reto, la proyección social tiene que haber sido un imperativo. Ya, cuando era una obrerita en la fábrica de gorras, se le había visto repartiendo volantes que convocaban a un acto por el Día de los Trabajadores. Durante la Primera Guerra condena, públicamente, la invasión alemana a Bélgica. Y es figura relevante en el Comité Argentino Pro Hogar de los Huérfanos Belgas.

   Se inmiscuyó en el sindicalismo literario y estuvo entre los fundadores de la Sociedad Argentina de Escritores.

   Claro está que fue feminista, en el más incontaminado sentido que puede tomar el vocablo. Y defendió a la mitad de la especie humana con su mejor armamento: la poesía. ¿Quién no recuerda los versos retadores de “Tú me quieres blanca”? Pero quizás los de esta joyita, “Romance de la venganza”, han sido menos divulgados:

Cazador alto y tan bello,
como en la tierra no hay dos,
se fue de caza una tarde
por los campos del Señor.

Seguro llevaba el paso,
listo el plomo, el corazón
repicando, la cabeza 
erguida y dulce la voz. 

Bajo el oro de la tarde, 
tanto el cazador cazó, 
que finas lágrimas rojas 
se puso a llorar el sol... 

Cuando volvía cantando, 
suavemente, a media voz, 
desde un árbol enroscada, 
una serpiente lo vio. 
Iba a vengar a las aves; 
más, tremendo, el cazador
con hoja de firme acero 
la cabeza le cortó. 

Pero aguardándolo estaba 
a muy pocos pasos yo... 
Lo até con mi cabellera 
y dominé su furor. 

Ya maniatado le dije: 

Pájaros matasteis vos, 
yo voy a tomar venganza 
ahora que mío sois... 
Más no lo maté con armas, 
le di una muerte peor: 
¡lo besé tan dulcemente 
que le partí el corazón! 

Cazador, si vas de caza 
por los montes del Señor, 
teme que a pájaros venguen 
hondas heridas de amor.

 

   Está de más decir que fue una triunfadora en el mundo de las letras, una de las poetazas que pusieron de cabeza la literatura latinoamericana del siglo XX, a las que no se necesita enumerar. La muchacha que había llegado a Buenos Aires con una maleta que contenía “pobre y escasa ropa, un libro de Rubén Darío y sus versos” —según testimonio de su hijo Alejandro—, le iban a llegar días de gloria, según recordaba Juana de Ibarbourou: “…vino Alfonsina por primera vez a Montevideo. Era joven y parecía alegre; por lo menos su conversación era chispeante, a veces muy aguda, a veces también sarcástica. Levantó una ola de admiración y simpatía… Un núcleo de lo más granado de la sociedad y de la gente intelectual la rodeó siguiéndola por todos lados. Alfonsina, en ese momento, pudo sentirse un poco reina”. A lo largo de su vida fue altamente estimada lo mismo por Amado Nervo que por José Ingenieros o Gabriela Mistral.

  El 25 de octubre de 1938, en Mar del Plata, hacia la una de la madrugada, Alfonsina abandonó su habitación y se dirigió al mar. Esa mañana, dos obreros descubrieron el cadáver en la playa. La poetisa se había precipitado hacia la profundidad marina, desde una escollera.

El diario La Nación recibió un poema de despedida donde a La Muerte —a quien trata de “nodriza fina”— la poetisa le ruega que la abrigue en un “edredón de musgos escardados” y que, si él llama, le diga que no insista, que ella no vuelve.

Quizás, en el instante trágico, recordaría algunos versos de su poema “Frente al mar”:

Mar, dame, dame el inefable empeño
De tornarme soberbia, inalcanzable.
Dame tu sal, tu yodo, tu fiereza.

¡Aire de mar!... ¡Oh, tempestad! ¡Oh enojo!
Desdichada de mí, soy un abrojo,
Y muero, mar, sucumbo en mi pobreza.

   Desde entonces, seguramente anda por caminos de algas y de coral, guiada por cinco sirenitas y vestida de mar, como la vieron en la estremecedora elegía sus compatriotas Ariel Ramírez y Félix Luna.