Bien por Sonando en Cuba… y ahora ¿qué?

Bien por Sonando en Cuba… y ahora ¿qué?

  • Nuestra televisión ha de sacudirse de los baches en su programación.
    Nuestra televisión ha de sacudirse de los baches en su programación.

No voy a reiterar los aciertos del sonado programa musical. Sería llover sobre lo mojado. Creo que, amén de lo bueno, lo regular y lo malo (pues de todo hubo, que no quepa dudas) la balanza se inclina hacia las expectativas de lo que queremos en nuestra televisión.

Sobre todo hay que agradecer la inclusión de rostros y voces nuevas de notable calidad en la pantalla cubana, muchas veces colmada por los mismos artistas en los mismos espacios. No importa tanto el costo que supone una producción de este tipo cuando realmente se constituyó en un verdadero espacio estelar en los hogares de todo el país.

Entonces, tras la culminación del concurso, una retrasmisión y luego un compendio de los mejores momentos y después… a saber que más vamos a ver de lo mismo. Todo, porque no hay nada que pueda sustituir, o mejor, relevar al programa de marras.

Pudieran tal vez dedicarse espacios unitarios a los participantes aprovechando aún recursos remanentes —quiero decir: en materia de escenografía e imagen— donde afloren sus historias de vida y les sirva de promoción para seguir encauzando su destino profesional desde el mismo sitio donde viven.

Pero lo cierto es que nuestra televisión ha de sacudirse de los baches que en su programación —o producción— padece desde hace tiempo. De una novela, aventura o teleserie cubana a otra, suelen haber espacios vacíos rellenados con retrasmisiones como si “Contra el olvido” fuese un constante quehacer y no un programa de televisión, por demás necesario.

No hay, en estos momentos nuevas aventuras infanto-juveniles, no hay un estelar musical o de participación estable para el fin de semana, no hay teleteatros ni telecuentos y solo esporádicos “teleplays”. Y eso desdice la larga tradición productiva de la industria televisiva de este país desde los años cincuenta del siglo pasado.

Sé que hay limitantes económicas para una empresa costosa como es todo este complejo productivo. También me consta el afán que forma parte de la preocupación y bitácora de trabajo de los directivos actuales del Instituto Cubano de Radio y Televisión. Pero intuyo, desde lejos, que ha habido problemas de previsión, de organización, de fiscalización de procesos y de definición de prioridades que no pueden seguir resolviéndose con la puesta hemorrágica de series extranjeras.

Nuestra pantalla es un ejercicio de bien público, formador de gustos, actitudes, conciencias y bienestares. Pero tales propósitos solo pueden llevarse a efecto con constancia, calidad e intención. Eso suele faltarnos.

Y, amigos míos, “Vivir del cuento” no puede ser la única opción.