Crítica e investigación: confluencias insoslayables

Crítica e investigación: confluencias insoslayables

  • Jóvenes investigando en la Universidad de Cienfuegos. Foto: Granma
    Jóvenes investigando en la Universidad de Cienfuegos. Foto: Granma

Desde sus orígenes, la profesionalidad, en todas las esferas, incluye estar actualizado al menos en su campo concreto, y su rigor profesional depende del rigor científico con que constantemente, profundiza o rectifica puntos de vista mediante las investigaciones, arma de la ciencia, la única que nos acerca a la verdad nunca absoluta, al aplicarse consecuentemente a todos y cada uno de los objetos y sujetos del mundo en que vivimos; por eso es imprescindible en todo profesional, que por ello se define, y sobre todo en las más complejas ciencias sociales, que no son solo la historia y la recepción de público.

Ciertamente: el desarrollo ha llevado a las especializaciones y con estas, a las instituciones (universidades, academias, etcétera) con (supuestamente), investigadores especializados como tales, que incluso (en Cuba, al menos) cuentan con su sistema de categorías científicas; fuentes a las que en teoría se puede recurrir (raramente se hace: tantas investigaciones degeneran otra meta a cumplir y casi siempre, se engavetan y traicionan a sí mismas: cuando más, algunas se publican, al menos parcialmente), pues a menudo impera la seudo-cultura de cada sector (la academia degenera academicismo al orientar metodologías como camisas de fuerza y absolutizar verdades, lo cual responde más a la triste lucha por el protagonismo y es anti-científico por definición) y lo que debiera ser el sistema social degenera anti-funcional al divorciarse unas instituciones de otras (institucionalismo); se imponen la burocracia, el reunionismo y la desidia, que además de frustrar la obra de sus investigadores; y casi que para detectar las fuentes adecuadas, hay que hacer una investigación de más en sí misma. Esto, si ya damos por sentado que existan tales fuentes especializadas en lo que cada cual trabaje, y que el dogmatismo no haya lacerado su confiabilidad, lo cual ya es mucho pedir.

Recuerdo una jefa de departamento de una universidad que decía que para investigar teníamos el tiempo libre (por supuesto: funcionarios que no investigan, y como otros, lo que publican carece de aportes al ser “copia y pega”) y en un instituto del Citma hacían ir dos veces a la semana (casi la mitad de la jornada laboral) para socializar, lo cual es además, inorgánico.

Es verdad también que el propio academicismo y los dogmas, hacen que cuando se hable de investigación, ya mecánicamente la imagen sea de hipótesis, problemas a resolver, objetivos específicos, tareas científicas, preguntas científicas y muchas más imposiciones que a menudo traicionan la esencia científica del proceso en cuestión; y por supuesto, se le rechaza como elitismo que es, que no deja abierto el camino a otras verdades y obvia que la investigación que no es crítica (con sus fuentes y antecedentes, con su objeto de estudio, consigo misma… esencialmente crítica) no es científica ni aporta. De hecho, solo de las investigaciones emanan los reales bancos de problemas.

Pero nada de eso puede ser el motivo por el cual los que no ocupan plaza de investigador, excluyan de sus quehaceres la investigación que requieren porque “para eso, están los investigadores”, lo cual además incluye un intermediario necesario pero no absoluto, pues lo enajena del proceso de su propia creación, ya que esa investigación es tan orgánica como todo el resto de la obra. Es como el dentista que extraiga una pieza sin explorar el resto de la dentadura para determinar si es esa o no la problemática, o el médico (incluida la veterinaria) que pretenda curar sin un diagnóstico previo; o el constructor que no haya estudiado antes el terreno y los materiales, o tantos ejemplos más.

Se dirá que existen (siempre han existido) los artistas empíricos, autodidactas, que ni siquiera han estudiado, y entre ellos abundan artistas mayúsculos; pero lo aquí planteado no veta esa realidad tradicional, que no suele ser el caso de los medios. Todo está en no limitar al letrado lo que una investigación es, que se relativiza en grados y contextos: es el letrado quien al tratar de entender ese arte, debe investigar esa otra cultura que, a su vez, se reconoce e investiga en su propia tradición popular y con sus propios recursos culturales: los iletrados, incluso los animales, cuentan con sus propios recursos de descubrir el mundo donde sobrevivir, y esos artistas para crear, descubren las propiedades de sus materiales, símbolos, herencias, etcétera. También hay artistas de escaso intelecto (siempre relativo), el cual sin dudas ayudaría mucho más a su talento natural si se asume críticamente y según su propia personalidad artística; en tanto todo intelectual (si lo es de verdad, esto es: sabe comunicarse) es artista, pues sea por la oratoria o por la literatura escrita, son artes.

Por eso, en todas las artes y en los medios de difusión, abundan quienes creen haber inventado el agua tibia; en las artes colectivas, el “trabajo de mesa” (que a menudo degenera en una reunión más, tantas cosas que se pueden resolver sin reunirse y que las reuniones obstruyen, como si hubiera pocas dificultades) no es tal si no valora los resultados de las investigaciones que les acercan a un producto más convincente por acercarse más a la verdad, y luego continuarlas en su indispensable retroalimentación crítica con su público; cada miembro del equipo debe investigar según su objetivo concreto en la obra en cuestión, sea una obra cinematográfica, radial, televisual… aun cuando se trate de ciencia-ficción o abstracción, debe convencer en tanto arte, la realidad sobre la que pretende versar, u otra realidad que se propone, aun en mero entretenimiento.

Y la crítica profesional (la que implica la alta responsabilidad social de someterse a la opinión pública, a la que muchas veces por el contrario, intenta someter) debe estar un paso más adelante que la obra, para poder legitimar o discrepar, para develar lo que tal vez, sus propios creadores (guionistas, dirección, intérpretes, edición, musicalización, diseños visuales, etcétera) no habían previsto, y para enrumbar la futura creación artística. Es muy triste entonces, que haya quienes se vanaglorian de haber hecho mucha crítica sin haber investigado nunca, como también he conocido quien se jacta de haber asesorado y orientado en televisión durante décadas, sin haberla visto.

No se trata del gusto personal y subjetivista del crítico, que con arrogancia se pretende absolutizar excluyente y a veces, explícitamente despreciativo del público y de toda persona que no coincida, con pose de “genio incomprendido”. La historia del arte (y no solo del arte) rebosa de “críticos profesionales” en jurados, prensa y demás, que han enaltecido obras que nunca trascendieron, y condenado otras que la historia luego, ha condecorado.

El resultado es el rechazo no solo de los artistas que no todos, pero no faltan los que sí agradecen las críticas realmente profesionales; sino también del público, y de la historia ante la que tan mal parados quedan, y entre ellos mismos, pues en verdad no se trata sino de otra lucha por el protagonismo y por sus facilismos y conveniencias personales, sin faltar la corrupción; suelen criticar el “arte por encargo” que en realidad, es lo que practican, por supuesto cuando se pueda considerar arte, que una buena crítica lo es, y es el caso de la crítica martiana, que debiera ser nuestro paradigma, aunque claro, tampoco todos los críticos son Martí, y la gran mayoría ni se le acerca siquiera.

Y tendrían razón en esa crítica a los encargos (lógicamente, allí donde sea cierta sin prejuicio alguno, que la investigación ayudaría a disminuir) si no fuera porque para ellos mismos no es sino una posición social y medio de vida casi industrial a cumplir la meta que le piden en su respectivo órgano y cobrar más, cuyas conveniencias nunca osan dañar; basta con improvisar unas cuartillas con su parecer sin más reflexiones “incómodas” ni desgastarse en investigar la razón, lógica y fundamentos que asisten o no a su deificada palabra, ni mucho menos otras opciones de interpretación y sugerencia ni puntos de vista, sin importar la ética principal del crítico para con el arte, con el público y con la evolución (no involución) social, y del mundo en que vivimos.