De comisiones y otros demonios

Decir lo mismo

De comisiones y otros demonios

  • Muchas veces se crean las comisiones y algunas funcionan como grupos interdisciplinarios y otras como apéndices que pululan como pecios entre dos aguas.
    Muchas veces se crean las comisiones y algunas funcionan como grupos interdisciplinarios y otras como apéndices que pululan como pecios entre dos aguas.

En ciertos cónclaves culturales suelen repetirse una y otra vez las mismas insatisfacciones, reclamos y propuestas. También se cometen a veces los mismos errores de evaluación y semejantes injusticias son frecuentemente causadas por falta de información clara de los procesos más allá de las apreciaciones.

Ocurre que tales eventos culturales de cualquier nivel o instancia —encuentros, sesiones teóricas, balances, plenos, convenciones…— han cerrado alguna vez las carpetas hasta la próxima edición y las vísperas se intenta reconformar los temas tratando de que no sean los mismos, como pasando la página y el clásico borrón y cuenta nueva.

Pero de todas formas siempre aflorarán los fantasmas del pasado sobre todo cuando los males de origen siguen en el mismo sitio. Abulia, desidia, inmovilismo, pecados todos de la burocracia son a veces causas que contribuyen sordamente a oír las mismas cosas.

Muchas veces —remedio recurrente— se crean las comisiones y algunas funcionan como grupos interdisciplinarios debidamente mandatados pero otras son como apéndices que pululan como pecios entre dos aguas sin poder de decisiones y frecuentemente desoídas.

Las comisiones, esa especie de deporte nacional, son muchas veces como curitas, aspirinas y en otros casos sucedáneos de las instituciones a las que corresponde realmente desde su órganos legalmente conformados, con los recursos asignados y el encargo estatal conferido, resolver los entuertos.

Puede pensarse que esta es una mirada apocalíptica, pero lo cierto es que salvando múltiples excepciones, se trata de un mal difuminado y por tanto inasible e invisible a primera vista.

Sea cual fuere el asunto que mandata a las susodichas comisiones, corresponde siempre en toda instancia, oído el parecer del consenso colegiado de tales grupos de trabajo, única y soberanamente a las instituciones, resolver la mayor parte de los problemas o al menos, instituir las plataformas y los soportes para las soluciones.

De cualquier forma, de lo que se trata es de repensar el papel que nos toca, mediante la participación real, en cada asunto en particular. No dejemos que la comisión que nos toque sea un grupo creado para hacer un caballo y que al final, joroba de por medio, invente el camello.

Lo cierto es que repetir las mismas cosas una y otra vez en las reuniones, porque no se hayan resuelto nunca proporciona en el mejor de los casos desconfianza, descrédito, apatía y aburrimiento.

Creo que, inobjetablemente, corresponde a las instituciones rendir cuenta del trabajo realizado en el tratamiento de tales insatisfacciones, reclamos y propuestas, explicar los avances, las dificultades, las limitaciones, fijar plazos y mancomunar los esfuerzos para avanzar.

Cuando participé en las sesiones teóricas del Caracol, bien fructíferas por cierto, y oí nuevamente decir las mismas cosas en un grupo importante de aspectos al debate, eché de menos a un primer punto que evaluara, por parte de las contrapartes, lo que se había hecho con los mismos problemas replanteados hasta ahora.

Debo confiar —debemos— en que cuadros del sector de la cultura —incluidos los de los medios de comunicación— más capaces cada día en el entendimiento de los procesos culturales, puedan asistir al debate que propone la Uneac pertrechados de acciones realizadas y de conjunto, empecemos a dejar de decir lo mismo.