El drama en la televisión cubana

El drama en la televisión cubana

  • El más reciente Caracol de la UNEAC, el evento de análisis del cine, la radio y la televisión de mayor antigüedad del país dedicó espacio al tema. Foto: Rubén Ricardo Infante
    El más reciente Caracol de la UNEAC, el evento de análisis del cine, la radio y la televisión de mayor antigüedad del país dedicó espacio al tema. Foto: Rubén Ricardo Infante

Parecería que el mayor drama de la televisión cubana en los últimos tiempos  es la ausencia de productos de hechura nacional para lo que se conoce como programación  dramática. No pocos recuerdan con nostalgia los días donde se podían ver habitualmente una aventura, una novela, un cuento, un teatro.

El más reciente Caracol de la UNEAC, el evento de análisis del cine, la radio y la televisión de mayor antigüedad del país dedicó espacio al tema. Surgieron diversas causales, desde la conocida falta de recursos técnicos y financieros hasta el uso poco eficiente de los que se dispone, pero en el plano de la realización artística, el guion emergió como la mayor debilidad que se viene arrastrando desde hace años.

Como se sabe, el guion es la base concreta en la que se estructura la historia que se construye, la objetivación de las intenciones, las ideas, los presupuestos  que se proponen expresar mediante tramas, subtramas, diálogos, personajes…; factores que deciden en buena medida las calidades, los atractivos y el interés que despierta la puesta en escena. Y se complementa con otros elementos de importancia como son la escenografía, el vestuario, la musicalización, el uso de las luces, la fotografía…, la cual forma parte del discurso estético al que se apela; y como parte de la visualidad particularmente distintiva de cualquier producto audiovisual, todo ello relacionado con el hecho de que corren tiempos signados por esas realizaciones que las nuevas tecnologías han convertido en medios cotidianos para el conocimiento, el entretenimiento, la información.

En sus orígenes tanto el cine, la radio como la televisión reprodujeron los recursos expresivos del teatro que es la base, sin dudas, de la representación del drama, de la acción, pero fueron creando sus propios lenguajes a partir de las posibilidades que cada soporte técnico ofrecía. En el caso de la televisión, las obras de intenciones dramáticas no alcanzaron su propio sentido de visualidad hasta que el desarrollo tecnológico propició una dinámica mayor, cuyas esencias deben aparecer desde el guion; aunque todavía se pueden escuchar programas de televisión como si fueran de radio: porque la imagen, lo visual no tiene el significado que se necesita o no alcanza a ser el aspecto prioritario del lenguaje televisivo.

A escala internacional se recurre a más de un guionista, incluso, a colectivos de guionistas, que se encargan de los distintos aspectos, tanto en las telenovelas como en las series, porque en realidad elaborar un guion requiere de muchos elementos técnicos y, por supuesto, de intenciones artísticas donde la dramaturgia, la organización interna de la historia, es decisiva en la efectividad.

Si se revisa la producción televisiva más recientes —novelas y teleplay—, pero también las películas, cortos y otros productos audiovisuales, sean realizaciones “oficiales” o “independientes” aparece la sensación de estar viendo excesivas reiteraciones de temas y problemas que muchos espectadores sintetizan con la expresión “más de lo mismo”.

El legítimo interés de exponer los conflictos, contradicciones, agudas problemáticas de la sociedad cubana se ve minimizado artísticamente por el epidérmico tratamiento a los temas, la reproducción mimética, no creativa, de los lenguajes marginales exaltados al extremo, —sobre todo en el cine—, por diálogos insulsos, por personajes trazados como estereotipos y tramas que calcan fragmentos de la realidad sin ninguna elaboración que propicie una mayor hondura en la mirada de los asuntos que se muestran. Deficiencias que parten del guion y por muy  profesional que sea la puesta en escena, por mucho que “adorne” el producto este resultará poco eficiente aunque atraiga a cierto tipo de público que se conforma con ver reafirmado sus elementales presupuestos vitales.

Es obvio que hay excepciones. En el cine, como muestra están las películas de Ernesto Daranas Los dioses rotos y Conducta. En la televisión la serie LCB: La otra guerra, dedicada a la lucha contra bandidos de los años 60 demostró que no hay temas agotados, ni viejos cuando se buscan y estructuran adecuadamente los factores que pueden conmover, atraer, revelar aristas no tenidas en cuenta o no visibilizadas en otros enfoques.

Acertar en la realización de un producto equivale a que se conocen las fórmulas para el buen hacer. Se alegará que ciertas producciones tienen mayores recursos y es cierto, pero habría que preguntarse cuánto cuesta hacer una telenovela y las más recientes no han destacado por su eficacia comunicacional y algo de tanta demanda como las obras de este género requiere de particular cuidado a la hora de aceptar el guion, no para que se parezca a las telenovelas brasileñas sino para que enriquezca la lista de memorables hechas en Cuba.

Las versiones de obras literarias pueden servir de base para poner en pantalla títulos que se han ganado la universalidad y merecen una presencia para bien de los destinatarios. En el mundo hay notables experiencias de cómo llevar obras clásicas a la contemporaneidad usando sus esencias, porque a la larga, desde los tiempos del teatro griego, los dramas y pasiones humanas, los conflictos y contradicciones no han cambiado, lamentablemente.

También se puede recurrir a convocatorias y concursos para guionistas sobre los temas que interesen a nuestra televisión pública, fomentar formas de estímulo que alienten la revitalización de esta aspecto fundamental para conseguir enriquecer la disminuida programación dramática televisiva que, como es de suponer, deberá incluir las nuevas posibilidades técnicas que pueden abaratar los costos y mejorar la visualidad.