Hombres de la calle: “Ganzúa el Cojo”

Todos somos iguales

Hombres de la calle: “Ganzúa el Cojo”

  • “Deambulan por las calles/ sin casa, sin comida/ van retando la muerte/ desafiando la vida”. Foto tomada de Internet
    “Deambulan por las calles/ sin casa, sin comida/ van retando la muerte/ desafiando la vida”. Foto tomada de Internet

Era muy tarde y había llovido tanto que jamás pensé encontrar persona alguna en la calle, ni siquiera en esa zona colindante con el lugar en que vivía, a la cual llamaban, “el tajo”, o, “el matadero”, calificativo que había alcanzado  connotación legendaria y novelesca  en el “género de terror” por  las historias que se contaban de esa zona, entre todas, la más preocupante estaba relacionada con los asaltos, sobre todo, si coincidías con el famoso bandido al que llamaban, “Ganzúa el Cojo”, o al revés, es decir el “Cojo Ganzúa”.

Al parecer el malhechor se había ganado la fama y el seudónimo “Ganzúa” gracias al uso de su navaja, con la que te abría la piel de un solo corte, con la misma facilidad con que  los ladones  abren cerraduras empleando un especial alambre que así le llaman. 

Pero tanto, se reducía el camino usando esa vía, y estaba tan cansado, que decidí arriesgarme tomando el temerario atajo, y quizás también porque tenía cierta curiosidad por conocer al bandido.

Decían que la cojera estaba relacionada con su malvado padrastro, un abusador de su madre y también de él. Luis, que así se llamaba su postizo progenitor, lo golpeaba en las piernas a modo de castigo, para impedirle jugar futbol que era su pasión, cuando se interponía en defensa de su mamá, y tantos  fueron los golpes que recibió, que terminó cojo.

Ya más crecido, según se decía, Diego Orozco o “Ganzúa el Cojo”, ajustició  a su padrastro.

También se usaba como argumento más creíble, que la cojera se debía a la poliomielitis no atendida. Este  fragmento cargado de tristeza en la vida de “Ganzúa”,  marcaba  la imposibilidad de atención médica debida a  la miseria en que vivió durante su niñez, y que todavía viven y vivirán muchos niños en el mundo, no obstante el desarrollo alcanzado en materia de salud infantil en relación con esa enfermedad. Pero en sí, ambas eran historias. La más comentada era la versión del ajusticiamiento por la fuerte dosis emotiva que tristemente encierra para muchos, la muerte y la venganza.

Desde dónde estaba, para llegar al “tajo”,  primero debía pasar por un sendero de tierra que separaba dos  hileras de casas de madera y cartón. Los que conocían el lugar le llamaban “El platanito”, debido a que antes los vecinos sembraban matas de plátanos para disimular los sembrados de marihuana, hasta que la policía descubrió ese ardid.

Este sendero, mezcla de aguas albañales, papeles sucios, y restos de comida, aunque alumbrado, daba la impresión de ser la antesala del “tajo”, quizás menos peligroso. Las sombras que se dibujaban de las ramas de las plantas, los tendidos de ropas, y las antenas de TV que colgaban atadas con alambres de las rejas,  y los múltiples sonidos que se escuchaban, eran más que un entrenamiento para ingresar al temido camino.

A pocos pasos de la entrada creí escuchar una voz femenina que dijo: “No entres Rigo”, la cual hizo que me detuviera, no por miedo, pero sentí ese algo que sale desde adentro y te eriza sin poder evitarlo, debido a lo rápido que ocurre. Miré para todas partes, incluso busqué entre las ramas del roble que desde siempre custodiaba la entrada. Nada. Entonces seguí porque pensé  que si retrocedía en busca del camino por el puente, la bordeada del cementerio nuevo,  más la subida a la calle 25, sumaban alrededor de un kilómetro, y había que añadir el tramo desde dónde estaba hasta la calle  que empalmaba con el dichoso puente, que de por sí  era también peligroso.

Por eso continúe. Al salir, casi al instante de quedar frente al trecho recto que me situaba en la calle, detrás de un camión aparcado salieron dos hombres, uno claramente se balanceaba al caminar, era “Ganzúa el cojo”, de piel trigueña,  mediana estatura, más bien delgado.  Su apariencia más bien agradable, con una chaqueta de cuero negro, le daban un toque que impresionaba. Una de sus piernas era más corta. 

El otro individuo, más alto, pelo rubio, se notaba elegante. Vestía camisa de rayas blancas y negras,  y pantalón blanco. Era mucho más callado. Los dos avanzaron hacia mí.                

Al  enfrentarnos Ganzúa dijo: oiga, ¿me da unas monedas? Sin decir palabras saque dos del bolsillo, las tomó, se la pasó a su secuaz, y después se acercó para decirme al oído: no tenga miedo, no vamos a asaltarlo.

Le respondí: “No tengo miedo, si lo tuviera ¿crees que habría elegido este camino?” Nos miramos de frente, con esa insinuación al valor oculto. Añadí luego: “Además, soy cubano, conozco la pobreza  porque los cubanos todos somos pobres, pero nuestra pobreza es diferente. Nada más”.

Estás palabras lo dejaron pensativo, y al rato me dijo exclamativamente pero con respeto: “¡Vaya, un cubano en el tajo!”, y agregó: “He sabido de Cuba por otros paisanos suyos”,  y entonces comenzó a preguntar sobre mi país, luego, más relajado el ambiente, me habló de un alcalde que intentaba las mejoras sociales para la mayoría empobrecida en su país. Yo aprobaba sus planteamientos, aunque daba mis puntos de vista. Realmente Diego Orozco para nada mostraba la imagen del bandido “Ganzúa”, y  lo más sorprendente en la actitud de este ex convicto, que había cumplido dieciséis condenas en sus treinta y seis años de vida, fueron sus lágrimas, que cual si fuera un niño, cuando le declamé un poema que trataba de los hombres insertos en su forma de vida, sobre todo cuando escuchó la estrofa que decía:

“Deambulan por las calles

sin casa, sin comida

van retando la muerte

desafiando la vida.

“Su cobija es el cielo

y su lecho la tierra

basta con mirarlos para saber

el dolor que ellos encierran.

“No los mires con desprecio,

ni los veas con desdén,

porque aunque no lo creas,         

son también el fruto

del mismísimo edén.”

Diego Orozco, o el “Cojo Ganzúa”, resultó ser un dolido y triste hombre de las calles, a la cual tuvo que acudir por las necesidades de buscar el sustento para él y su familia, dada la imposibilidad de lograr un puesto de trabajo, por haber sido ex recluso desde los doce años, razón para que fuera rechazado en cualquier centro laboral. Tristes fueron sus historias de vicisitudes y miseria sufrida por  todos los suyos, sobre todo en su infancia,  ahora algo más aliviada con sus hijos, pero no se las cuento para evitarles otro sufrimiento.

Cuando creí terminado el encuentro me dijo: “Hombre, no vuelva por este camino que es muy peligroso a estas horas”.

Ya más familiar le respondí: “Si es tan peligroso, entonces acompáñeme”.

Y fuimos juntos hasta la entrada de mi edificio. Entonces llego un policía que me preguntó si había problemas, yo le expliqué que todo estaba bien, pero “Ganzúa”, quizás motivado por el diálogo, le hizo ver al vigilante mi visión poética de los “Hombres de la Calle”, en contradicción a la forma despreciativa como los trataban en su propio país, y me pidió que repitiera los versos. Les confieso que si no lloré fue porque hice un acopio de valor, pues de nuevo Diego Orozco, retomó, aún más dolido a sus lágrimas. El vigilante no sabía qué hacer, quedó pasmado ante tan triste espectáculo.

Entonces aproveché, y con un bolígrafo anoté en las manos de “Ganzúa” y su amigo el número de mi teléfono celular, con el compromiso de enseñarles fotografía, que era la razón de mi temporal estancia en ese país,  para que pudieran emplearse y abandonar esa forma de vida.

Pero nunca me llamaron.

Poco después un amigo, músico cubano, que recién llegaba, me preguntó si tenía dificultades, le dije que no, abrió la puerta de entrada y subió a su cuarto. Entonces el hasta ahora callado compañero de “Ganzúa” me dijo: ¿será que su amigo pudiera darnos algo de comer?, le respondí negativamente a la vez que le di unos dos dólares, que por casualidad me quedaban en los bolsillos. El hombre se persignó con el dinero, miró al cielo, y dijo: “Gracias, Dios mío”. Después me abrazó para decirme muy bajito: “Íbamos a quitarle todo lo que trajera cuando nos encontramos, por favor, le pido perdón, aunque le confieso, que nunca lo hubiésemos maltratado”.

Al marcharse el vigilante, los tres nos despedimos con un abrazo de igual identidad, que nos unía como hermanos latinoamericanos más allá de nuestras nacionalidades, estrato social, nivel educativo, forma de enfrentar la vida,  y hasta de creencias religiosas.

Traigo la experiencia, y aquí la transmito, de que los hombres que viven cobijados por el cielo y dormitan sobre un lecho de tierra o piedra en cualquier parte del mundo,  son tan sensibles como los más entregados devotos a las doctrinas bíblicas, pues fueron creados igual que  el más honorable de los hombres, aunque su medio de vida hoy sea tan penoso. 

“Son los hombres de la calle                      

que nunca pierden su fe                    

y si los maltratas, no olvides

que aunque lejos,

el justiciero te ve.”

Por: Rigoberto García (Rigo)