La diversidad sexual en los medios audiovisuales. Un criterio personal

La diversidad sexual en los medios audiovisuales. Un criterio personal

  • Bien lo afirmó Frank Padrón: “La homofobia es de naturaleza neoplásica”.
    Bien lo afirmó Frank Padrón: “La homofobia es de naturaleza neoplásica”.

Los resultados de un análisis crítico acerca del tratamiento que se le da, en los medios audiovisuales cubanos, a la diversidad sexual, me han llevado a plantearme dos grandes interrogantes, las cuales trataré de ofrecerles respuestas coherentes, devenidas expresión genuina de los criterios que defiendo sobre esta controversial línea temática, generadora de encendidas polémicas, no solo en nuestra plataforma insular, sino también en otras latitudes geográfico-culturales. 

La primera inquietud gira alrededor de quienes consideran que, en el tratamiento «esmerado» de la diversidad sexual en los medios en general, así como en la pantalla chica y en el séptimo arte en particular, hay una posible trampa.

De acuerdo con la vigente programación socio-cultural, concepto emanado de la psicología humanista —definido como la aceptación de verdades absolutas, reveladas a través de hechos, situaciones o  comportamientos que no responden a realidades objetivas contemporáneas, sino a meros intereses institucionales o personales, y que se le imponen al individuo— algunos realizadores destacan lo que debería ser «natural» (la heterosexualidad), y en consecuencia, se pierde —en mi criterio— el carácter de supuesta normalidad que pretende dársele al sentido del mensaje que consciente o inconscientemente desean transmitirle al auditorio.

Es decir, las sexualidades diferentes no se tratan como parte de una trama más, sino como una trama en sí misma; razón por la cual, a diferencia de las otras (las «heteronormativas») resultan ser «más diferenciadas». Tras la diferenciación está la segmentación, y de algún modo, la exclusión, de otro «aceptada», pero —al fin y al cabo— exclusión.

La plena aprobación de las personas con orientación sexual diferente no deja de ser un hermoso sueño acariciado —desde hace décadas— por la doctora Mariela Castro Espín, directora del Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX) y su equipo de colaboradores, pero lastramos prejuicios que, desde tiempos inmemoriales, están mediatizados por factores sociales, culturales, educacionales, religiosos u otros que harían interminable este artículo. Hasta que esos rígidos cánones conductuales no sean abolidos y sustituidas las anquilosadas estructuras mentales, por prácticas sociales mucho más flexibles y humanas, todo lo que se ha hecho y se haga al respecto no pasará de ser una utopía.

La segunda inquietud se sustenta en el hecho de que en los temas de sexualidad, menos cuestionados o más aceptados, que aparecen en la pequeña pantalla o en las salas oscuras, las acciones encaminadas a la orientación o información especializada desempeñan una función relevante.

El público escucha las reflexiones, consejos, respuestas a inquietudes, con afán de aprendizaje, incluso cuando las respuestas puedan parecer complejas o subidas de tono, pero cuando se trata de spots, teleseries, telenovelas, filmes, etc. no es así. ¿Será que en estos últimos —al faltar la autoridad del profesional de manera visibilizada— los receptores entran en una discusión de opiniones y no en un aprendizaje?

Los mensajes relacionados con la orientación sexual diferente de los seres humanos que viven, aman, crean y sueñan en la mayor Isla de las Antillas, más que desbrozar el camino para aceptar y comprender al prójimo tal como es —y no como quisiéramos que fuera— lo único que logran es confundir al televidente o cinéfilo  ¿Por qué?

Porque son mensajes ambivalentes, en los cuales la posición adoptada por quienes diseñan esas informaciones o esos personajes diferentes (en el caso de una telenovela, teleserie, documental o largometraje, por ejemplo) no convence, porque no hay compromiso alguno.

O sea, existe un divorcio entre lo que cognitiva y afectivamente —como unidad indisoluble— han elaborado, y lo que, al final, muestran en la televisión o en la sala cinematográfica, como obra concluida, caracterizada —en lo fundamental— por el irrespeto al otro con orientación homoerótica y a la falta de profesionalidad al tratar ese delicado tema. Ejemplos sobran, pero no es mi objetivo —nada más lejos de la realidad ni de mi verdadera intención— aburrir al lector con la reiteración de las críticas que les he formulado, tanto en esta crónica como en otros medios de prensa.

Me parece que el oyente, televidente o cinéfilo cubano usa pantalones largos desde hace mucho tiempo para que necesite —como requisito sine qua non— la guía de un profesional de la sexología, la psicología o la psiquiatría para que lo asesore en materia de sexualidad.

Si el mensaje está bien dirigido al intelecto y el espíritu humanos, la flecha da —sin duda alguna— en la diana, y por ende, no genera conflictos subjetivos entre los públicos más disímiles y sí un diálogo civilizado y respetuoso, percibido como una confrontación de hechos objetivos, matizados por los disímiles puntos de vista de quienes en él participan.