Las jerarquías

Las jerarquías

Uno de los asuntos medulares discutidos en el último congreso de la UNEAC versó sobre la necesaria observancia de las jerarquías culturales, sobre todo en los medios de comunicación.

Ya se sabe la enorme incidencia que la radio, la televisión y la prensa escrita tienen sobre la conformación de una cierta estética de la población, o si se quiere: los públicos. La promoción de una propuesta cultural o supuestamente cultural, impacta en la formación de los gustos y el consiguiente consumo de los productos.

Una delegada nos refería que al preguntar a algunos aspirantes de carreras de arte, sobre los pintores cubanos, solían referirse a un artista cuyos mayores valores estaban, precisamente en ser alta y frecuentemente referenciado por los medios: spots, invitaciones a programas de alta audiencia, siendo precisamente el más mencionado por los optantes en dichas pruebas de ingreso. Suele ocurrir que otros programas reverencian mayormente a quienes entregan obras (algunos merecidamente) para premios en los espacios de participación. Y de tal forma, los instituyen en referencias de su manifestación ante los públicos (o si se quiere: la población).

Igual dislate ocurre en algunas revistas audiovisuales que, quien sabe por qué designios del destino, promocionan algunos productos (solistas, grupos musicales, escritores, actores, pintores e incluso, llamadas academias) cuyas obras no merecen aún —y a veces nunca — ser colocados en tales pedestales de la comunicación masiva.

De manera que hace falta una mayor exigencia al respecto, pues “a Dios lo que es de Dios y al César”… o como diría un sabio: “cada chipojo pa su tablao…”

Por supuesto, no se trata tan solo de los medios sino también de los espacios, tertulias, peñas o como quiera que se les llame que a veces abusan de la benevolencia al repartir homenajes y otras sustancias por el estilo a quienes aun no merecen tales jerarquías.

Pero el asunto no es tan fácil de atajar. No bastan las alertas ni las críticas, casi siempre recibidas con cierta suspicacia y bajo el manto sagrado de las justificaciones, ni siquiera las múltiples reuniones donde los responsables se autocritican blandamente como si eso fuera la clave para las soluciones.

Lo he dicho: hace falta una mayor exigencia y corresponde a la llamada vanguardia artística ejercerla con fiereza y denuedo, con cordura y tino. Nada nos salvará de la banalidad si no nuestra propia voluntad de preservar y hacer crecer la verdadera cultura para bien del pueblo.