Los hermanos Dardenne, paradigmas del cine social europeo

Los hermanos Dardenne, paradigmas del cine social europeo

  • Los hermanos Jean-Pierre (a la izquierda) y Luc Dardenne. Foto tomada de Internet
    Los hermanos Jean-Pierre (a la izquierda) y Luc Dardenne. Foto tomada de Internet
  • El niño de la bicicleta. Foto tomada de Internet
    El niño de la bicicleta. Foto tomada de Internet

La Semana de Cine de Bélgica: Homenaje a los hermanos Dardenne, prevista del miércoles 8 al domingo 12 de noviembre, constituye una de las proposiciones más sugerentes de la Cinemateca de Cuba para el mes. La función inaugural, el 8, será a través del largometraje El niño de la bicicleta y contará con la presencia de la productora Maryline Watelet.

Este encuentro en la Isla con la obra de par de autores esenciales de la pantalla contemporánea —gestado merced a la colaboración de la Cinemateca de Cuba con la Embajada de Bélgica en nuestro país—, invita a trazar las siguientes líneas en torno a la ejecutoria fílmica del binomio filial creativo de Jean-Pierre y Luc.

Emblemas del cine de autor europeo, los hermanos Dardenne —acreedores en par de oportunidades de la Palma de Oro del Festival de Cannes por Rosetta (1999) y El niño (2005); y además de un Premio Especial del Jurado en la principal cita cinematográfica del mundo por El niño de la bicicleta (2011)— se distinguen por el naturalismo ascético marca de fábrica de películas signadas por la elisión de la música, su limpieza narrativa, economía factual, destierro tanto de los subrayados formales como emocionales y empleo de una cámara en mano convertida en rastreadora activa de personajes seguidos a escasos centímetros, a través de historias argumentalmente enfocadas en las capas menos favorecidas de la sociedad belga.

Jean-Pierre y Luc Dardenne se han autoexplicado así: "Se habla mucho de nuestro método, de cómo hemos influido en otros directores más jóvenes en el uso de la cámara en mano y la cercanía con los actores, pero no nos detenemos a pensarlo demasiado. Nosotros hemos bebido de la Nouvelle Vague francesa, del neorrealismo italiano, de Krzystof Kieslowski, de Maurice Pialat, de Roberto Rossellini. Los directores nos nutrimos de quienes nos precedieron y luego buscamos nuevas formas de expresión. Nadie quiere hacer el cine de los Dardenne o filmar como los Dardenne, pero si en algún momento podemos servir de inspiración a algún colega, bienvenido sea”.

Sin embargo, lo fundamental de los Dardenne no es tanto lo anterior, sino cómo desarrollan —a su muy personal manera—, cuanto signó en algún momento al trabajo del francés Robert Guediguian y cuanto continúa distinguiendo a la filmografía del maestro británico Ken Loach, modelos ambos del cine social europeo. O sea, el reflejo fílmico —sin moralismos y solo armados de verdad en el caso de los belgas— del universo de la clase trabajadora, las angustias del día a día de su juventud insumisa y los conflictos migratorios (El silencio de Lorna), los sueños quebrados de obreros despedidos (Dos días, una noche), las decisiones resueltas de muchos de ellos de mantener los valores humanos en entornos hostiles marcados por la pobreza y la exclusión (La chica desconocida)…

Una  de las películas europeas más relevantes del último cuarto de siglo les pertenece a ellos. Es la antes referida Rosetta. Fieles a un estilo de cine anclado a la realidad, documento vital de desgarradoras peripecias humanas, los hermanos belgas lograron con este (su cuarto filme tras Falsch, Je pense á vou y La promesa), un lacerante, auténtico abordaje de la pobreza en el presuntamente boyante capitalismo europeo-occidental, a través de la experiencia de una joven desempleada en busca de rehacer su vida.

Fueran  islas o bolsones, pero el fenómeno de la miseria existía ya allí en 1999, año de estreno del filme (muchísimo más hoy día), y los Dardenne se encargaron de exponerlo en imágenes, a puro cine y completamente despojados de trazas panfletarias o descargas de izquierda envueltas en nitrato de plata.

Nada más lejos de eso que el “opus” cuasi perfecto de estos tan incisivos como sensibles señores, quienes con su filme configuran una poética de la desolación que sobrecoge por la sorprendente intensidad desprendida de su faz minimalista y su formato documental.

Filme realizado con escasos recursos, rodado sin estrellas y con la absoluta espontaneidad que da trabajar sobre la marcha, sin ensayos, artificios técnicos ni manipulaciones emocionales, Rosetta escarba profundo en sentimientos encontrados o no de culpa y perdón, venganza y dolor, asfixia y desilusión con vocación escalpélica.

Y ello, cosas del cine, a partir del extraordinario alcance que le confiere su silencio. Apenas palabras van a desprenderse de la boca de la joven Rosetta, ninguna pronunciará su alcohólica y desequilibrada madre. Sin embargo, los sentimientos antes aludidos no requieren de la verbalización para bañar la pantalla; son descubiertos a través de actitudes, posturas y además el trabajo facio-gestual de la protagonista Emilie Dequenne.

La intérprete es capaz de transmitir el dolor, la frustración intensa del personaje. También sus ansias de afirmarse y encontrar sentido al orden de un mundo sin orden, casi por completo a partir de los códigos de su rostro y las señales de sus ojos.

No en balde Dequenne recibió el premio a la mejor actriz en Cannes´99, donde Rosetta conquistó la Palma de Oro ese año. Justa recompensa a tan preciada obra del panorama europeo de la antepenúltima década. Consolidación de los Dardenne, los cuales con su anterior La promesa y la posterior El hijo u otras comenzarían a figurar en la primera división del cine continental, pese a las lógicas impugnaciones de varios críticos de derecha.

Este par de prestigiosos documentalistas sociales está honrando hace bastante rato ya a la pantalla europea en el terreno de la ficción, a través de una tanda de jarros de agua fría sobre la testa de la conciencia occidental, que difícilmente puedan pasar inadvertidos. Y otra gran muestra de lo anterior la constituye su El niño de la bicicleta, con la cual quedará abierta la Semana de Cine de Bélgica: Homenaje a los hermanos Dardenne en Cuba.

El niño de la bicicleta retoma muchas de las constantes del dueto autoral: de centro espacial la venida a menos ciudad siderúrgica de Seraing, infantes, conflictos paterno-filiales, fuertes personalidades en busca permanente tanto de sí mismas como de un algo que puede superarlas para a la postre desvelar su verdadera debilidad, dramas humanos enhebrados a circunstancias sociales capaces de condicionarlos. En este caso la desprotección infantil, el abandono paterno, la falta de oportunidades, el desempleo y la delincuencia juvenil impulsan las acciones de Cyril, el rebelde chiquillo de once años personaje central del filme.

Cyril es un chico de quien su económicamente atormentado y joven padre abjura. La peluquera Samantha, uno de esos ángeles que aun pueblan la Tierra, quien lo conoce por obra de la casualidad, se encarga de devolverle la bicicleta vendida por su progenitor y adoptarlo del centro de acogida. El muchacho es tozudo, de temperamento muy fuerte y sufre el dolor del rechazo paterno. No obstante la bondad de su protectora, él es captado por un traficante juvenil, quien lo incita a cometer violento asalto contra dos personas.

Lo que pasará a partir de aquí, incluido el magnífico e incomprendido final del filme -que si no lo resignifica, al menos le infunde esa energía o esa fe en el devenir quizá echado en falta por determinado receptor a lo largo del metraje- será una historia de redención, donde a la larga habrá mucho menos pesimismo que en el resto de la filmografía dardenniana precedente e incluso ganará inusitado espesor dramático el candor de cuento de hadas que, a diferencia de Eric Toledano y Olivier Nachake en Intocables y cual Aki Kaurismäki en Le Havre, Luc y Jean-Pierre no emplean cual suerte de mecanismo evaporador de la verdad sino en tanto resorte propositivo hacia la certeza del cambio a partir del crecimiento humano. Incluso en las peores circunstancias.

El niño de la bicicleta —esta resulta su mayor virtud—, supone lección de concisión narrativa, capacidad de síntesis, credibilidad dramática, ausencia de sentimentalismo, fluencia cinematográfica y sobre todo esa —harto complicada de conseguir— sencillez en estado virginal solo granjeada por los verdaderos maestros de la pantalla. El celuloide en tanto espejo de la vida, invisibilidad de la puesta en escena, desnudez de un planteamiento puro despoblado de artificios: logros mayúsculos del imprescindible dúo del séptimo arte contemporáneo.

Abiertos, propensos al diálogo, optimistas, polícromos y musicales como escasísimas ocasiones en su carrera, los cineastas consiguen con esta extraordinaria fábula social un filme mágico en su simplicidad; emotivo en su claridad; cristiano en su apuesta hacia el Bien, la responsabilidad y el valor del amor familiar; luminoso en su retrato del dolor con cámara incapaz de escamotearle la esperanza al ominoso foco tomado por su lente.

Es la Semana de Cine de Bélgica: Homenaje a los Dardenne oportunidad inestimable para valorar el arte de los creadores de este u otros filmes a exhibir en el ciclo, a la manera de El niño; Dos días, una noche y El silencio de Lorna.