“Los zapaticos de rosa” ante la crítica

“Los zapaticos de rosa” ante la crítica

  • Ilustración de “Los zapaticos de rosa”, La edad de oro.
    Ilustración de “Los zapaticos de rosa”, La edad de oro.

El estudio de la contigüidad, de las especificidades de las inserciones de los versos entre otros artículos de La Edad de Oro prueba que los poemas participan esencialmente del discurso central de la revista. Aquí la poesía es complemento del todo y síntesis del mundo. No otra cosa puede decirse de “Los zapaticos de rosa”, iluminado por esas dos verdaderas joyas que lo escoltan: “El padre Las Casas” y “La última página”. En las tres obras no hay énfasis mayor que el de la trascendencia de las buenas acciones. Si el Padre español “parece que está vivo todavía, porque fue bueno, Pilar ha hecho el bien “sin llamar al universo” para que lo vea, porque como dice Martí en “La última página” se “es bueno porque sí, y porque allá dentro se siente como un gusto cuando se ha hecho un bien...Eso es mejor que ser príncipe: ser útil” (1).
“Los zapaticos de rosa”, compuesto por redondillas, es quizá el poema más profusamente divulgado de José Martí, y uno de los más estudiados entre los que integran la revista, seguido por el comúnmente conocido como “La rosa blanca”, poema XXXIX de los Versos sencillos. Esa asombrosa oralidad (2) del poema de La Edad de Oro debía convencer a los incrédulos del poder real de la poesía. Algunos versos de “Los zapaticos...” se han convertido en verdaderos giros coloquiales, llenos de gracia y sello intertextual. Sirvan de ejemplos tres de los más difundidos: “Oh, toma, toma los míos: / Yo tengo más en mi casa”; “Todo lo quiere saber de la enferma la señora”; “Va... de aro, balde y paleta,” “Y pasó el tiempo y pasó un águila por el mar”. Si al leerlo hurgamos en la memoria que cifró la infancia emerge aquella imagen tan plástica, tan gráfica del poema, y tan oscura y misteriosa a la vez: los zapaticos guardados en un cristal.
Estos granos de saber en que se constituyen los poemas de La edad de oro, diseminados con precisión y sutileza en los diversos números de la revista (3), desde su salida, llamaron rápidamente la atención de los lectores y, sobre todo, de los escritores, que en sugerentes afirmaciones dejaban entrever el tuétano de dichas piezas poéticas. Manuel Gutiérrez Nájera el mismo año que vio la luz La Edad de Oro afirmaba acerca de su composición: “Y junto a la verdad que parece cuento, el cuento que es historia, el verso que es filosofía” (4) Qué poderosa síntesis la del poeta, que en dos palabras, prefigura los ensayos de muchos estudiosos: “el verso que es filosofía”.