Mis dos vergüenzas como "cubiche"

Mis dos vergüenzas como "cubiche"

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Alguna vez Don Fernando Ortiz dijo que la primera condición para ser cubano consistía en estar orgulloso de serlo.

   Ése es el caso de este humilde emborronacuartillas, quien se felicita de pertenecer a este conglomerado nacional.

  Ah, pero todo el mundo tiene sus pecadillos, y este gacetillero carga con los suyos en materia de cubanía.

  La primera de mis fallas tiene que ver con el béisbol, justamente llamado el deporte nacional.

    No, no he dicho que me disguste el deporte grandioso. Sólo señalo que fui un jugador tan super-archi-ultra-recontra-malo que me fui acostumbrando a oír la voz del capitán del equipo contrario cuando le decía al bateador en turno: “Dale por donde está el muchachito ése”. Y señalaba para mí.

  Porque, comadres y compadres, dígase en familia y sin sonrojos que, a la hora de atrapar una bola, siempre fui lo que suelen llamar “un hueco portátil”.

   Ah, pero bateando… bateando… yo era un out vestido de pelotero.

   En pocas palabras: parece inventado para mí aquel comentario irónico: “No batea, no corre, no fildea, pero… ¡qué estampa de pelotero!”.

  He ahí, en materia de identidad cubiche, mi primera desgracia.

La segunda es quizás más inconfesable que la incapacidad para batear un hit o para recibir una bola de cordón de zapato.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            

      MI SEGUNDO PATINAZO

   Acabo de describir mi desgracia beisbolera, que tanto me ha hecho sufrir ante los socitos. Pero mucho más grave es mi segunda vergüenza en materia de cubichería.

    Mis sospechas al respecto se remontan a la época de la primera noviecita. Se armaba un guateque estudiantil y, tras retirar los muebles que estorbaban e instalar el tocadiscos, allá iba la bailadera.

   Yo notaba que aquella muchachita —cuyo nombre hoy se me escapa por alguna filtración de la sesera—, tan pronto salíamos a bailar me tarareaba al oído la pieza, haciendo énfasis en el ritmo. Y yo —oh, bendita inocencia— no caía en cuenta de nada.

  A partir de ahí comenzó a generalizarse la convicción de que yo “no sabía bailar”. Y, a lo largo de mis aperreados y ya numerosos años, unas cuantas damas se tomaron a pecho, como si fuese un reto, lo de “enséñarme”. En tal nómina entraron novias, mujeres, semi-mujeres, amigas, vecinas y desconocidas.

   Todas ellas terminaron admitiendo su fracaso pedagógico-danzario.

   Hubo hasta quien comentó que había visto moverse planchas de ferrocarril con más gracilidad y soltura que la alcanzada por mis pies. Hasta escuché la opinión desconsiderada de que yo tenía el oído más cuadra’o que un cubo de Rubick.

   He ahí el segundo pecado del cual les hablaba: soy —y lo admito— lo que técnicamente denominan como un patón. Porque, a la hora de moverme en un ring de baile, a mí me da lo mismo que estén tocando un chachachá que una danza guerrera de los apaches.

      Supongo que en los países nórdicos no exista ninguna ley que castigue a los patones. Digo más: estoy seguro de que, entre los esquimales, un pata ‘e plancha no es mal mirado por sus congéneres.

     Pero confieso que, entre lo de la pelota y lo de la bailadera, a veces me siento tentado a esconderme en una cueva recóndita, como un ermitaño de la Tebaida, pues no sé con qué cara voy a mirar a mis cubichísimos compatriotas.