¿Quién les pone el cascabel?

¿Quién les pone el cascabel?

  • El mercado no puede distorsionar la política cultural en la promoción de la música.
    El mercado no puede distorsionar la política cultural en la promoción de la música.

Me sentiría solo si no hubiera escuchado las palabras de Raúl afirmando que la UNEAC del presente continuará encarando con valentía, compromiso revolucionario e inteligencia, estos complejos desafíos. Me sentiría solo si no hubiera escuchado a Miguel Barnet, nuestro presidente afirmando, en el Gran Teatro Alicia Alonso, que la UNEAC es un instrumento de diálogo, taller permanente de ideas, de planteamientos: plataforma y apoyo de la política cultural de nuestro país. Por eso y más no lo estoy, aunque vea a cada minuto depredadores, desde lugares de decisión, saltando al cuello de la nación. Ya caerán abatidos.

Por razones profesionales pertenezco al Consejo Nacional de la UNEAC desde el 2014. Una y otra vez afloran los reclamos —de intelectuales, artistas y políticos— sobre cómo estamos perdiendo la Nación a través de la destrucción sistemática de nuestra memoria cultural e histórica. El día 12 de septiembre pasado, en la sala Villena, los creadores se pronunciaron por una revisión a fondo de los vínculos de las instituciones con el mercado y el papel de las empresas. Se abogó porque el mercado no pueda distorsionar, como lo hace hipotecando La Patria, la política cultural en la promoción de la música ni dejar margen a concesiones en contenidos y calidades. Este último Consejo, en particular, centró su atención en el tema de la música. Voces de la altura de Roberto Valera, Giraldo Piloto, Digna Guerra, Guido Gómez Gavilán, Abel Prieto, Miguel Barnet entre muchos, definieron las maneras en que se sistematiza, a través de la saturación en nuestros espacios públicos, de textos banales, pornoculturales, sexistas, incitadores a la violencia, en fin: la puesta en práctica de aquella invitación de olvidar el pasado y mirar solo al fututo a través de la muerte de nuestra memoria cultural. Allí, en el Consejo, se evidenció la enorme preocupación e impotencia por el vacío todavía existente en la regulación de la música que se utiliza en los centros recreativos estatales y no estatales, y en los espacios públicos donde urge una pronta definición y adopción de normas imprescindibles, porque la política cultural es una sola, y no debe ser sesgada ni sometida a interpretaciones arbitrarias.

¡Qué competencia desleal sufre nuestra educación! En las escuelas los alentamos a ser hombres y mujeres de ciencia, para ello deben sacrificar más de 20 años de sus vidas estudiando para ser ciudadanos dignos proveedores de universos simbólicos, mientras los mercaderes, casi todos colonizados, autosometidos al pensamiento hegemónico que se nos intenta imponer, les muestran este sendero del éxito: una persona de vocación por la ignorancia, con un precario inventario léxico, es elevado rápidamente, desde los espacios públicos, a la categoría de paradigma juvenil. Solo escuchemos las entrevistas en nuestros medios nacionales a reguetoneros y Dj, por solo citar dos especímenes. Entre obscenidades y dislates transcurre su pensamiento hecho palabra. Esos son el modelo que están elevando los dueños de los espacios públicos: por cada obscenidad en escena, por la explicitación pública de la pornografía reciben fortunas.

Bríndele esa alternativa de vida a un adolescente, con una familia disfuncional o no. El balance del sí y el no de la preferencia aterra.

¿Es malo el reguetón? No. No lo es. Tiene raíces rítmicas en el tango congo y la tumba francesa. Pero el reguetón, tal como se difunde en Cuba, si lo es. Fue, es, un proyecto CIA. Raúl Antonio Capote Fernández, El agente Daniel, lo explica en sus conferencias. Lo he escuchado de él. El reguetón derivó a esta plaga después de un estudio CIA para naturalizar la estulticia y la esperanza vacua de que solo allende fronteras está la realización individual ¿O hemos olvidado que acá todos escuchábamos a Vico C, El General o Tego Calderón? En ellos encontramos letras más sustantivas y edificantes que las letras misóginas y materialistas que han llegado a definir el reguetón, así como la mayoría de la música hip hop que hoy prolifera en nuestro país.

Ahora llega un documento, emitido por el Ministerio de Cultura que propone normas en cuánto al respeto de política cultural de La Revolución, aquella que mostró su altura en agosto de 1961 en Palabras a los intelectuales. Es sólido e inteligente, pero tiene una debilidad que se ha hecho crónica, en el se deja en manos de las instituciones de la cultura el peso de llevar a lo que promulga el Mincult. Ahora bien, ¿Cómo exigir a todos los implicados del sector de la cultura no artística, el cumplimiento de lo que es hoy emergencia nacional? ¿Tiene la cultura poder administrativo o legal para implementar esas normas al mercado? No. ¿Quién ha de exigirlo?

Pregunta sin respuesta, es una entelequia ¿Vivimos en dos países llamados Cuba, el que defiende la nación y a la vez devora a sus hijos? Quizás.

Conocemos que cuando se norma deben existir, básicamente, dos fundamentos:

El que hace aplicar las normas (entelequia) y sanciones para quien las violente. En fin, sarcasmo fuera, o no existe, o no se implementa. Y el asunto no transcurre solo por la música, la devastación sistemática de nuestro patrimonio arquitectónico es alarmante. Cualquier alarife modifica una fachada, echa abajo un artesonado, elimina un arco o plaga la visualidad de flamencos y balaustradas de pésima factura o columnas dóricas con capiteles de lamentables simulaciones corintias o lo que esté de moda en la última oleada de gustos importados. Todos importados. Del coleccionismo institucional ya se ha hablado lo suficiente. Sigue en el punto inicial.

Miguel Díaz-Canel ha sido meridiano en este punto. Ha definido el sendero al alertar a los desprevenidos que la Revolución hoy se salva en el campo de la ideología, de la cultura artística y la economía, tres partes esenciales de un todo.

Pero, ¿qué ha cambiado? Me permito hablar de mi aldea un momento, porque para este escribidor el país entero es Sancti Spíritus. Acá existe una Dirección Provincial de Cultura vigorosa, honesta, valiente, que ha subvertido en sus espacios ese flagelo. La Empresa de la Música acá, y su Consejo Técnico son veladores de ello. Los medios —Radio, TV y prensa escrita— son fieles centinelas de la política cultural; la UNEAC y la AHS juegan su desempeño hasta donde las fuerzas le permiten; el partido y el gobierno —a nivel de provincia— están sensibilizados, pero eso no cambia un ápice que en centros recreativos (por cierto, anda un discurso por ahí donde tal parece que la recreación no forma parte de la cultura, haciendo tabla rasa con el concepto de cultura como valor universal, como la vía más legítima para depurar y enaltecer las aspiraciones creativas del ser humano.), redes extrahoteleras, vecindad, fiestas populares, cuentapropismo, audios, etc. se difunda y sature lo que les venga en gana a los que imponen sus gustos, que por cierto jamás comulga con el reclamo del país. Se justifica con que hay que colmar gustos y preferencias, cuando hoy existen carencias y necesidades espirituales. Los que deciden el entorno sonoro y visual primero devaluaron la capacidad de apreciación estética de nuestra población, ahora justifican la invasión colonizara “complaciendo preferencias”. Primero nos acostumbraron al mal olor, ahora lo nacionalizan.

Hay millones de dólares puestos en función de la desestabilización de la Revolución, pero de ese dinero, el poco que llega a Cuba, se queda en nuestras tiendas de recaudación de divisa gastado por mercenarios que no le tiran un “hollejo a un chino”. Lo doloroso es que acá se le hace el trabajo voluntario a la USAID, Carril Dos, o lo que sea que se invente en el exterior para lucrar y saciar apetitos. Ese trabajo en la isla lo realizan hijos de vecino que, por ignorantes, autosometidos, colonizados o por corruptos, deciden ultimar nuestra cultura.

¿Han asistido a uno de esos conciertos de la nueva ola de exitosa mediocracia musical? Yo sí. Para opinar debe conocerse. El último que presencié, y no fue en Sancti Spíritus, fue en La capital de todos los cubanos, creí estar en los festejos del 4 de julio en Nueva York, ¡había tanto icono norteamericano y tanta ausencia de los nuestros! Fue en La Habana, desde donde se legitima, promueve, aprueba, estimula y exporta esa seudocultura que ahora nos corroe. ¿Quién los incorpora a los catálogos de ciertas empresas? Conozco graduados de la ENA, brillantes músicos que pasan largos meses y años para poder tener la evaluación.

Me arriesgo a sugerir tres medidas de las muchas que los conocedores pudieran tomar en consideración. Primero: que el MINCULT atesore la responsabilidad universal de tamizar toda acción formadora de capitales simbólicos. Segundo, que se provea a todos los cuadros de la nación, sea cual fuere la procedencia, en sus diplomados, cursos, adiestramientos, etc. de módulos sobre política cultural. Tercero: Elevar el rigor en el cumplimiento de este punto, y exigir responsabilidades administrativas a los transgresores, lo que evitaría se escuden en la penumbra de las generalizaciones.

Hace 55 años brotaron dos frases que definieron el porvenir: “…dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada (…) ¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas, revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la revolución: todo; contra la revolución, ningún derecho”. Hoy se hace necesario que no solo los artistas y escritores continuemos haciendo todo dentro de la Revolución con el derecho universal que nos fue dado, también le corresponde a todos los que definen la política cultural, y en especial esos que hoy han perdido el sentido del momento histórico.

 

 

Presidente del Comité Provincial

Uneac Sancti Spíritus.