Titanic: veinte años de un fenómeno fílmico y sociológico

Titanic: veinte años de un fenómeno fílmico y sociológico

  • Una de las escenas más representativas del filme. Foto tomada de Internet
    Una de las escenas más representativas del filme. Foto tomada de Internet

Generalmente, en las películas de catástrofes, ya sean de aviones, trenes, barcos u otros, los guiones son hilvanados sobre la base de pequeñas historias. Segmentos que -sin embargo- no tienen vida independiente y convergen indefectible y necesariamente en la arteria principal del desarrollo argumental. Subtramas donde, por lo común, los autores del libreto cinematográfico sitúan a personajes disímiles, casi siempre diferenciables por alguna peculiaridad. Tales cintas, corales, si bien cuentan con determinadas figuras centrales, no tienen protagonistas absolutos, convirtiéndose los desastres narrados y el colectivo en las verdaderas estrellas.

Todo lo contrario de Titanic (1997), cuyo aniversario veinte es celebrado a lo largo del planeta este año. El guion ejecutado por el propio realizador James Cameron acentúa de una manera determinante —aplastante diríase—, la preeminencia de un par de jóvenes enamorados como núcleo de uno de los grandes conflictos interactuantes: el del romance. El otro: el hundimiento del famoso barco, en sí. Aunque si estableciéramos un parangón, observaríamos que a este último lo proyectan en un nivel de subrayado de menor (aun presumiblemente constituyendo el centro), y deviene a la larga más bien en contexto del discurrir y la resolución dramática de la historia romántica del que ha sido hasta el momento el más grande y singular melodrama catastrofista de todos los tiempos.

A partir de un dilatadísimo flash-back y el punto de vista de uno de los dos seres, esa añosa señora único testigo de la relación que en carne propia experimentara ocho décadas atrás —la, para el filme, resucitada Gloria Stuart—, nos sumergimos como el inmenso trasatlántico en las aguas oceánicas de esta superproducción paradigma del megacinema, del filme espectáculo, anticipadora de los grandes blockbusters, continuadora a su modo de las excelsas locuras megalómanas nacidas con Griffith y De Mille y toda esa filmografía mastodóntica que en distintas épocas barrió marcas, deslumbró sentidos y petrificó en sus asientos a los espectadores, apabullados casi por el peso de su gigantismo: Lo que el viento se llevó, Cleopatra, Ben Hur, La guerra de las galaxias, Parque Jurásico, Mundo acuático

Pero en verdad, Titanic, más allá de su dimensión abrumadora, es ante todo un bello melodrama romántico y una de las historias de amor más cálidas e intensas en su fugacidad que Hollywood nos trajera en varios años. Historia poco común por su escenario, desarrollo y vertiginosidad temporal, que no espiritual; si bien orlada de tics insulsos y de visos semifolletinescos y elementos argumentales architratados, de forma mejor, en el cine y la literatura. Por ejemplo, la antinomia en la extracción social de sus dos ejes nudales: él (Leonardo DiCaprio reventando el cascarón), un pobre pintor; y ella (Kate Winslet, tan en ciernes como su pareja), una jovencita de clase alta y comprometida, aunque más dueña de un nombre que de pecunio, pues el padre solo deja a la familia su abolengo y muchas deudas.

Contada integralmente con una sensibilidad solo verificable por rachas en la obra anterior de Cameron, posee momentos esplendentes en el tratamiento del juvenil pero sólido romance. Hay secuencias contentivas del sedimento de la mejor tradición romántica en la pantalla, las cuales brotan lozanas, tiernas.

La química de los amantes y de los intérpretes que le dan vida, Leo y Kate, propende al surgimiento de una empatía entre el filme y un espectador mayoritariamente prendado de la alquimia: uno de los secretos de este fenómeno sociológico y de taquillas llamado Titanic: la gran contradicción cinematográfica de los años ´90: ¿para configurar una clásica love story era necesario insertarla dentro de la vertiente catastrofista, que por tradición, lógica narrativa y características generales, solo da margen, a lo sumo, para affaires de mucho menos peso en pantalla? ¿Por qué titularla Titanic, si el barco es solo el pretexto, y no Un amor sobre el Titanic o algo semejante? ¿Si la prioridad es el romance, por qué tanto interés de Cameron por las pesquisas  documentales y las audacias técnicas submarinas previas al filme —la hipercámara especial que fotografió el exterior del navío hundido— y esa obsesión por la genuinidad hasta en los detalles técnicos más irrelevantes: fueron contratados las empresas de las alfombras y poleas constructoras del trasatlántico original, el cual, por otro lado, se reprodujo al calco del modelo real y para que la posición del sol resultase semejante que la de la travesía original en 1912 Cameron ordenó darle vueltas al negativo y retocar con ordenador aquellos detalles que pudieran intuir su carácter apócrifo?

Cameron se preocupó sobremanera, marca de la casa, por la pulcritud técnica de la película. Las escenas de la colisión con el iceberg, la inundación de los pisos y compartimientos, el descenso de los botes del salvamento, la partidura en dos del barco y el hundimiento son fílmicamente fenomenales, al mejor estilo del creador de Terminator y El abismo.

No obstante, nada de lo anterior impidió omisiones de suma importancia histórica, como la relación del barco en fase de hundimiento con las naves Californian y Carpathian, semisoslayada aquí, al contrario de los antecedentes fílmicos sobre el tema: La última noche del Titanic (A Night to Remember, Roy Ward Baker, 1958), S.O.S Titanic (William Hale, 1979) u otras realizaciones televisivas menores.

Titanic, a la manera de los precedentes fílmicos en torno al hundimiento consignados, propicia una reflexión sobre los daños de la arrogancia y el orgullo desmedidos y el espíritu de sálvese quien pueda de los momentos de pánico; así como de la negligente confianza ciega en la máquina en desmedro del ser humano, y el fatal irrespeto a la Naturaleza.

Y refleja de forma tangencial el miserable modelo de pensamiento de las clases dominantes durante la época, con cuya vanidad y soberbia fue comparado el navío. El retrato de clases dentro del universo social del barco es esbozado solamente para agregar una nota de seriedad a los impugnadores del guion del realizador para esta pieza fílmica complementada estupendamente por la música no absolutamente novedosa pero sí muy eficaz a los efectos del largometraje de James Horner (My Heart Will Go On, el tema de Celine Dion incluido en la banda sonora, se convertiría en un clásico); la composición fotográfica de Russel Carpenter y el montaje de un trío de especialistas integrado también por el todoterreno director de Alien 2.

Cine multimillonario este (por años la película más taquillera de la historia, hasta la irrupción de Avatar, del propio Cameron), muy innovador para el año 1997 (dos décadas en técnica cinematográfica son una eternidad y a este filme se le ven pocas costuras incluso al día de hoy), imposible de acometer sin un moderno dispositivo y recursos de todo género al alcance de la mano: es cierto. Ajeno a los patrones ideoestéticos de parte de los mismos cineastas norteamericanos de la década y posteriores, preocupados por otras cuestiones e inclinados hacia estilos y motivaciones humanas opuestas: es así. Afincado a una manera de narrar y una expresión visual inocultablemente estadounidense: sí. Pero también buen cine. No impugnemos por inercia que si debió ser menos pretencioso o narcisista, que si pudo coger más o menos Oscar del montón que le dieron, que si aquello o lo otro. En todo lo anterior hay mucha verdad, pero eso no quita que Titanic sea una buena película en su corte, pese a todo.

A los veinte años de estrenada, la relanzarán, realizan charlas y seminarios en torno a su argumento, se reúnen clubes de millones de fans…, como el hito que fue y seguirá siendo en la conciencia fílmica universal.