El año cero en Karla Suárez

El año cero en Karla Suárez

Habana Año Cero es una de las novedades del presente año. Luego de conocerse en Europa (publicada en Portugal en 2011 y al año siguiente en Francia, donde obtuvo el Premio Carbet del Caribe y el Gran Premio del Libro Insular) se publica por vez primera en Cuba, país donde se desarrolla su trama principal.

En medio de los convulsos años 90, cuando vivir en la Habana era “una sucesión de minutos que no iban a ninguna parte”, cinco personajes: dos matemáticos frustrados, un escritor decadente, una periodista italiana aparentemente fascinada con el caribe insular y un galán en declive cifran sus esperanzas en un documento histórico que puede cambiarles la vida.

El documento, prueba que el italiano Antonio Meucci confeccionó un prototipo de teléfono mientras trabajaba en el Gran Teatro Tacón, años antes que Graham Bell patentizara la invención, hace que los protagonistas se aferren a situaciones absurdas, manipulen y conformen o destruyan alianzas en dependencia de sus intereses.

La incertidumbre sobre quién realmente posee el manuscrito levita sobre toda la novela, al tiempo que sus personajes articulan una red de subterfugios y pistas falsas que les permitan ganar ventaja sobre los otros. El interés científico, llevado a un segundo plano ante la falta de opciones y la necesidad de sobrevivir, desencadenan un caos donde se reproduce el malestar de la sociedad, al tiempo que se destaca la sensación de estancamiento que experimentan individualmente.

La narradora-protagonista, quien se escuda tras el nombre de Julia, logra definir en uno de sus parlamentos los motivos ocultos: “Nosotros estábamos buscando un papel que alguien había visto. Y ya sé que no tiene tanta importancia saber quién inventó el teléfono, ni tener un papel que lo demuestre, pero dame una situación de crisis y te diré de que ilusión vas a agarrarte. Eso era el documento de Meucci: pura ilusión. Nuestra vida giraba en torno a él, porque no había nada más, era el año cero”.

El desosiego que Julia, al igual que los protagónicos de su generación, se niega a definir, es sepultado finalmente por la historia: el 11 de junio del 2002 el Congreso de los Estados Unidos aprobó la resolución 269 donde se reconocía a Meucci como el inventor del teléfono. Rotas las expectativas, los personajes retornan a sus rutinas habituales suspendidas durante la aventura detectivesca; en un medio destruido, pero aún en calma. Mientras, los escritos originales aparecen como en la más satírica burla a los ingenuos.

Karla Suárez ha descrito en esta novela una realidad que recuerda bien. Al igual que en Silencios, vuelve sobre los años noventa cubanos para entregarnos un relato que el lector contemporáneo agradece mucho, sin grandes axiomas o sentencias morales. Apoyada en las investigaciones y los apuntes de Basilio Catania, logra una novela bien documentada donde emerge —incluso en forma de probabilidades matemáticas— la vulnerabilidad de los seres humanos ante las situaciones límite.