Lennon, Daniel, Campanella

Lennon, Daniel, Campanella

  • Daniel Díaz Mantilla resucita la vieja ciudad de Amauroto y la elige como complemento para estas doscientas veinte páginas. Cubierta cortesía de Ediciones UNIÓN
    Daniel Díaz Mantilla resucita la vieja ciudad de Amauroto y la elige como complemento para estas doscientas veinte páginas. Cubierta cortesía de Ediciones UNIÓN

Tomás Moro escribió un pequeño libro llamado Utopía en 1516.

Campanella y Bacon escribieron, a su vez, otros libros sobre otras utopías. A saber: La ciudad del sol y La nueva Atlántida.

John Lennon, en su LP Mind Games de 1973 le dedica ocho segundos de silencio a una pista titulada Internacional Nutopian Anthem, Himno Internacional de Nutopia, jugando con las palabras “nut”, derivada de locura, y “utopía”, derivada del término griego No existe tal lugar.

(Igualmente, no existe tal canción. Ocho segundos de silencio no dan mucho espacio para tararear melodía alguna.)

Tomás Moro murió decapitado en 1536.

John Lennon murió baleado en 1980.

No recuerdo qué habrá pasado con Bacon y Campanella.

Por su parte, Daniel Díaz Mantilla resucita la vieja ciudad de Amauroto y la elige como complemento para estas doscientas veinte páginas, que demoran en leerse mucho más que aquellos ocho segundos que Lennon le dedicara a su Himno Internacional de Nutopia, y mucho menos que esos cuatro siglos de literatura cubana que traemos ya a cuestas.

¿De qué manera recomendar una lectura de Regreso a Utopía (Ediciones UNIÓN, 2017)?

Primero, deberíamos establecer la condición de posible segunda lectura que nos otorga la editorial junto a Daniel. Ya este libro había sido publicado diez años atrás por Letras Cubanas y muchos lo pudimos leer en el 2007. No obstante, en estos tiempos de películas ampliadas por cortes de director, de discos agrandados por tomas extras y canciones en vivo, con Regreso a Utopía no nos quedamos atrás: más de treinta páginas de contenido nuevo añadidas a la estructura general. Es lo mismo, pero no lo es. Ya lo decía Heráclito: no te puedes bañar dos veces en el mismo río. Con Daniel Díaz Mantilla, tampoco te puedes leer dos veces el mismo libro.

Segundo, deberíamos saber que las lecturas son ser personales e intransferibles. Lo que yo veo no es lo mismo que tú podrías ver. Lo que yo veo se corresponde con la imagen de Daniel Díaz Mantilla, mochila al hombro, por nuestros campos y montañas, o por otros campos y otras montañas, buscando la libertad que la ciudad suele negar la mayor parte de las veces. “Sus pies, habituados a los caminos de la ciudad, pisaban trabajosamente sobre el terraplén”.

Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda luminosa del río Cristales y los recuerdos de una chica que se dejó y los recuerdos de otra chica que se quedó y, a todas estas, un paisaje sobrecogedor que va más allá de cualquier frontera geográfica o intelectual.

Es interesante el uso de conceptos tales como pertenencia, nación, patria y libertad que se hace aquí. El protagonista puede sentirse “como un outsider crónico, como un visitante incómodo, incluso en su tierra natal, despatriado ya definitivamente (con la)… sensación de haber perdido para siempre sus raíces.”

“El problema propiamente dicho radica, más bien, en que una gran mayoría no quiere la libertad, en que tiene miedo de ella. Hay que ser libre para devenir libre, pues la libertad es existencia.” Propone Junger en el Tratado del rebelde, y Daniel en Regreso a Utopía, escribe: “Uno no es de ningún lugar mientras no tenga muertos bajo tierra” y, enseguida llega la contra respuesta, “Uno no es de ningún lugar aunque tenga muertos bajo tierra. (…) Tal vez el dolor más hondo que provoca el desarraigo no proviene de la ausencia de patria, cualquier cosa que esto sea, sino de existir entre dos mundos…”

A todas estas, la novela va más allá de cualquier frontera nacional, o nacionalista, que no es lo mismo pero es igual. Escritura plena de silencios, pero no el falso silencio del que no tiene nada que decir, sino el del que tiene demasiado, y prefiere callar. Espacios contemplativos tan inquietantes como series de explosiones atómicas.

Regreso a Utopía no se ajusta a ningún país de los que ahora conocemos, puede desarrollarse en cualquier parte del mundo, aquí, allá y en todas partes. Ahora, antes, o cuatrocientos años más tarde, cuatro siglos más de literatura cubana. Ya no estaremos entonces pero, al fin y al cabo, “who wants to live forever”?

Daniel Díaz Mantilla comparte su doble condición personal de escritor y editor en el día-a-día, aquí sólo dejando translucir su doble condición de escritor-protagonista encubierto. Ese  que se detiene en las riberas de los manantiales a escribir poesías y notas en su cuaderno. Dicho cuaderno bien pudiera titularse Templos y turbulencias o Los senderos despiertos o como desee llamarse. El diario de viaje de Sebastián mientras abandona Thule, y Daniel Díaz Mantilla no existiendo en la vida real, sino constituyendo una ficción de este personaje que regresa a su ciudad son prolongaciones de esta realidad que coexiste en planos de tiempo superpuestos a ficciones paralelas.

El salvaje placer de explorar (Premio Alejo Carpentier 2014) se convierte en perfecto acompañante a Regreso a Utopía, y viceversa. Uno y otro volumen se leen como precuela y secuela, lecturas alternativas para el que desee profundizar en la obra literaria de este autor que comenzó en el Establo y ya ha pasado a ser parte del Establishment.

Tomás Moro murió decapitado, Lennon baleado, no sabemos que pasará con Díaz Mantilla. Puede tranquilizar el hecho de tener en cuenta que Daniel quizás no sea más que personaje creado por Sebastián para las páginas de una novela, al igual que todos nosotros: extras sin nombre en medio de una gigantesca obra de ficción.

Por: Raúl Flores Iriarte