Aión de marca

Aión de marca

  • Un libro para olvidarse de todo y que revierte la idea de una narración.
    Un libro para olvidarse de todo y que revierte la idea de una narración.

Cada estación tiene su propio carácter
H. Masuda Goga

Según H. Bloom no existe una sola manera de leer bien, aunque hay una razón primordial por la cual leer. «A la información tenemos acceso limitado»1. Esta limitación nos impulsa a tomar caminos dispares, tangentes y bifurcados hacia la lectura. La lectura siempre será (así) un camino. J. L. Borges decía que los libros mantienen al hombre en una ruta, y si se revisaban sus pasos, podíamos acceder al destino de ese hombre. La limitación borgiana puede residir en el hecho que enuncia Bloom, cuando diversifica la interpretación de la lectura. Los libros para Borges, al parecer, eran objetos de un solo ángulo (objetos totales); la lectura para Bloom, quizás, se asemejaba a un terreno brumoso. Tanto Bloom como Borges hablan de textos fijos, inmóviles, donde la letra no pretende otra cosa cuando conforma el significado. El significado desde estos océanos reside en la sustancia atómica que resguarda el lenguaje.

Entre estas dos visiones acerca de libros y lecturas, también se puede alcanzar un punto medio. Un punto donde las cosas tienden a mostrarse dobles; no distorsionadas, sino dobles. El lenguaje aquí se rarifica, no dice solo un mensaje aunque esté bajo el dominio de un único vector. La dirección —el rumbo— ocurre mientras la vida pasa, sin sentido. Y en esta especie de caos “de segundo orden”, podemos encontrar a un autor que indaga en los nodos, no para reventar el nudo (gordiano) sino para mostrarlo. El nudo es visible una vez que es observado, y esto sugiere una condición plural, sistemática, paciente, imaginativa. Este escritor nos advierte en uno de sus libros de ficción: «Mire las fotos, son dos. Hay un asunto ahí con el texto, con la piel»2.

Existe otra bipolaridad: ¿cómo llamarlo, autor o escritor? Ciertamente participa de ambas zonas cuando ha entretejido tanto, luces sobre el canon de la narrativa cubana como espacios ficcionales coherentes en los más abstractos espacios de la imagen, a partir de un asunto imperdonablemente humano como es el erotismo y el cuerpo. Alberto Garrandés es su nombre y sus libros atraviesan los bosques cifrados de la respuesta instintiva e irrevocable de los demonios.

Aquí intentaré rizar sobre —lo que especulo— una serie sobre el cuerpo y el cine que marcan los años 2011, 2012 y 2014; y, además, sobre lo que me parece su génesis. Estoy completamente de acuerdo con la idea de lo erróneo, con la certidumbre de que es imposible capacitar al texto de todas las opciones; es decir, me llama la atención que un autor-escritor como Garrandés fuera diseccionando tanto imaginería (ficción) a partir de la imagen como el audiovisual (narración) a partir de los textos, con su personal perspectiva, y que estas “producciones” aún no terminan de cuajar en los distintos espacios que se proponen.

Entonces, un flashfoward, los títulos de la serie a los cuáles me refiero son: La lengua impregnada (Letras Cubanas, 2011), Sexo de cine (ICAIC, 2012) y El ojo absorto (ICAIC, 2014). Entre y junto con estos títulos existen otros, más o menos violentos e incisivos, más o menos ciertos y capaces; pero en este mínimo principio las fronteras son evidentes.

Es muy difícil desapegarse de una narración cuando está intercalada en la realidad cotidiana con las uñas y los dientes (y más si son del dragón). Para Emilia González y el narrador de La lengua…, la dualidad está presente desde la primera página. Mientras ocurre el texto o interna en la selva, dos erotizan imágenes de una ciudad que poco a poco se iba aseptizando. Dos los recorridos que la lengua enciende al subir, bajar o adoptar forma de cuenco donde depositar. El libro va contorneando una narración que alude, también, a dos inicios contantes o dos espacios que solo se completan en la intimidad: las notas (pensamientos “desestructurados”) sobre el cuerpo “desnudo” y las diversas variantes que llevan a la fascinación en los ámbitos pictóricos, literarios, audiovisuales; y el encuentro rizomático de dos personajes, uno E. G., «una joven que recién se adentraba en el barullo de las tesis de grado» y A. G., «autor de tal y tal y tal», presentado ante ella por un joven escritor de coleta que había ganado recientemente un concurso con un libro de cuentos sobre La Habana futurista. Así, ambos y el libro, puesto que la historia (ficción) “funciona” fuera del territorio donde el ensayo gradualmente toma forma, indagan los territorios del cuerpo.

Hay que decir que en este libro híbrido, que quiere convertirse en octópodo tal como el sueño de la mujer del pescador, todos sus lugares llevarán a su desenlace, todos los textos contribuyen a lograr un efecto “real” sobre las últimas páginas, la entrevista conducida por E. G. que realiza a A. G., que no tiene sentido sin haber pasado antes, sin haberse inmiscuido en la manera de concebir el sexo visto en acción de Alberto Garrandés. La última pregunta (implícita, velada) de esta “entrevista” dice:

«[E. G.:] Bueno, ya casi terminamos. No tengo ni que preguntarle si seguirá escribiendo sobre estos problemas del sexo, el cuerpo, el erotismo…
[A. G.:] Seguiré, claro. Yo sigo escribiendo sobre el sexo, entre otras razones para saber por qué no puedo pone en el papel lo que veo (…)»3

Una promesa cumplida a cabalidad el año siguiente con Sexo en cine (ICAIC, 2012), tomemos en cuenta que solo hay una diferencia de un año de uno con respecto al otro, pues la respuesta a Emilia González no se hizo esperar. Aunque el libro intenta la tridimensionalidad de forma bastante casual —la impresión “corrida” de la imagen de portada, de una barra de mantequilla a medio desenvolver, culpa no del diseñador sino del poligráfico—, Garrandés diluye “literalmente” la voz de su alteragonista en una voz andrógina que indaga, también, sobre el grado de percepción y huella que deja el sexo cinematográfico en él. Logra, como anuncia en el Vestíbulo —prólogo de título algo dantesco—, una analogía —«interpretación particular y desacostumbrada»4— acerca de las producciones del séptimo arte en lo referente no al sexo en tanto espacio íntimo o tabú, sino al sexo como acto desnudo donde el hombre y la mujer encuentran un lenguaje que va más allá de cualquier interpretación. El sexo cinematográfico (acto, representación, drama) que exhibe Garrandés toca, lame, multiplica. Sus interpretaciones aproximan un disloque: donde habla de sexo “explícito” en realidad se procede a desmontar ángulos, luces, cuerpo donde el erotismo nace (filmes en los cuales la entrega desnuda o vestida se enrumba hacia el sexual intercourse) propone un discurso revelador; donde “aparentemente” el sexo no existe, demuestra la idea siempre enigmática del hombre como animal sediento de placer. Es la mascarada infinita de los cuerpos lo que permite que este libro haya visto la luz. El cuerpo sexuado y literario siempre es un “lugar” marginal dentro de la producción editorial de la Isla.

Ya para El ojo absorto (ICAIC, 2014) no es la mirada del lente, el ojo azul e irisado lo que sobresale, no es la atención sin pestañear, aquello que incomoda al espectador, no es el fondo impoluto (blanco) eso que en cierta medida ocupa el centro; definitivamente tampoco es la mirada “eficiente” de la portada, sino sus presunciones, lo que se observa sin observar completamente, y resulta la percepción inequívoca y dinámica.

Los textos de este libro, así como del anterior, no solo están conectados visiblemente; también rebasan a los fusionados lectores-cinéfilos (una especie de lector muy común, de hecho, el propio Garrandés lo es). Los estudiantes de artes visuales, de letras, de teatro, para propagarse en un estadio receptivo más amplio. Es cierto que la mayoría de los filmes propuestos en el libro son muy difíciles de encontrar, y que se tiene que echar mano de los traviesos amigos que poseen una magnífica cinemateca digital; puesto que a “nosotros los normales” la búsqueda y captura de estos es casi imposible5. Pero en realidad no importa. Estas nubes por el agua, revierten esa imposibilidad. Cada uno de los textos “contiene el cuerpo” de las narraciones de los filmes, y además, perfila las poéticas de los autores (directores, guionistas, actores y actrices).

El ojo absorto no es un libro cinematográfico sino corporal, lo que antes estaba junto al sexo (medio fronterizo) ahora muestra al cuerpo como órgano principal de las narraciones; este libro es más amplio y reticente que el anterior. Independiente del diálogo como epílogo, una fórmula que Garrandés trae desde La lengua impregnada, aquí “expone” al cine nacional (aunque no creo que pueda ser significativo para el arte su origen geográfico). En la sección Interzona: cine cubano de los últimos años, no solo se apropia de las narraciones límites, abriendo el camino hacia un espacio bien delimitado —un corpus se podría decir—, también lleva a la palestra pública su juicio sobre qué es lo que está sucediendo con el cortometraje y el largometraje en lo tocante al cuerpo en esta Isla. Los nombres, más o menos desconocidos, y sus producciones quiebran desde el cuerpo la idea de que solo se están planteando obras audiovisuales que rozan la crítica (mordaz, sin ambivalencias) a la realidad “comprometida”; existen también narraciones más abstractas, dirigidas hacia lo profundo del ser, el cuerpo, el eros.

Flashback (2002). Aún no escribo “impresiones” sobre escritores, aun no tengo potestades incorpóreas. No trabajo durante 6 o 7 años entre más de 15 000 títulos desorganizados/organizados/vueltos-a-desorganizar, ni siquiera sueño con acercarme a eso que llaman “libro”. Solo creo querer de la vida lo mismo que se quiere: todo. ¿Dónde estaba? La imagen es difusa, contraria, despedazada. Creo que es amplio el lugar, me “formo”, dos avenidas: Vento y Boyeros, la “escuela” (como casi todas las escuelas) tiene nombre de presidente, de héroe: Salvador Allende —ciertamente allende de mucho más. En la imagen llueve, y tengo la certeza de que nunca va a completarse.

No sabría decir el lugar exacto donde me encontraba hace 14 años cuando Cibersade (Letras Cubanas, 2002) llegó como un capricho habanero. Pero sí recuerdo la sensación que me dejó terminar de leer un libro rayuela, aquelarre, rajatabla. Un libro para olvidarse de todo, y que revierte hacia lo primitivo la idea que se tiene de una narración. Aun cuando su subtítulo dice: “seis piezas narrativas”, se desconfía qué se encontrará. Su universo narrativo es autónomo, complejo. Casi se podría comparar con la escena final de Presiones y Diamantes (Virgilio Piñera, Unión, 2002), con la reconstrucción de la última sesión del Canasta 86. ¿Sería ese año, 2002, diferente? Lo cierto es que Cibersade llama, no solo contiene narraciones que rozan y se sumergen en espacios punks, también tiene un alto grado de lirismo, parece la combinación de estas dos palabras: “sinfonía gótica”. Tanto dice y desdice, que poco se habla de él y raro es encontrarlo en las librerías de la Isla. Es uno de esos libros que no dejan indiferentes a quien lo leen. Y eso en este mundo, amén de que les guste o no desandar los caminos de la literatura “explosiva”, se convierte en un espacio original que ha encontrado Alberto Garrandés en la literatura cubana.


1¿Cómo leer y por qué?, de Harold Bloom, Grupo Editorial Norma, Bogotá 2000. Prefacio, pág. 4

2 Texto de inicio, primer y único pie de página de Cibersade.

3 La lengua impregnada, pág. 268 (el énfasis es mío).

4 Sexo de cine, pág. 9.

5 Hubo un intento en la Librería Alma Máter, pero la tecnología despareció al igual que el violinista broncíneo que estuvo en Línea, casi llegando a G.