Ariamna Contino se coloca en una encrucijada filosófica

Ariamna Contino se coloca en una encrucijada filosófica

  • Ariamna Contino parece estar clara de que sin riesgo no hay ganancia gnoseológica. No se propone quedarse arrobada, sino incursionar en nuevos caminos de la representación artística. Foto: José Angel Téllez Villalón
    Ariamna Contino parece estar clara de que sin riesgo no hay ganancia gnoseológica. No se propone quedarse arrobada, sino incursionar en nuevos caminos de la representación artística. Foto: José Angel Téllez Villalón

Acostumbrada al manejo técnico del calado, donde ha dado pruebas de su habilidad, paradójicamente lo ha aprovechado para avizorar cierto abismo en los procedimientos artísticos. ¿Cómo alcanzar con ese recurso el propósito de ir más allá de la destreza técnica, y cómo las ideas se vehiculan con los modos de expresión? En esa tarea viene trabajando. La manera de articular sus discursos conceptuales, apropiándose del recurso técnico y visual del papel calado le ha llevado a estos nuevos parajes. Se encuentra a sí misma en actitud de efervescencia y desacato a las normas. Su labor en obras con su esposo y asimismo destacado artista, Alex Hernández, ha hecho de esa penetración un laboratorio conjunto de ideas, reflexionadas y sopesadas con mesura. Se ha creado entre ambos un eficaz binomio de ideas y prácticas. No obstante, mantienen personalidades creativas diferenciadas para beneficio artístico de los dos.

En sus reflexiones propias, Ariamna por su parte se ha situado ante un punto crucial: vislumbra la presencia del retorno persistente de las cosas, por eso para su catálogo ha considerado en la carátula un pequeño punto solitario, situado equidistante en el cruce de las diagonales de los ángulos opuestos. Una geometría que parte de su aridez reflexiva, en llevar a la expresión mínima la formulación de la imagen para crear desde allí la apertura (noción clave en la construcción de su formulario estético) hacia multiplicidad de direcciones, sin que ninguna esté obligada a  replegarse ante las demás. Es un punto de partida y retorno porque el arte está lleno de encadenamientos, de líneas cruzadas, de un ir y volver, plenamente reconocible para quienes estamos acostumbrados a manejar visiones del arte en grandes periodos temporales.

Eso lo ha expresado en su pieza El eterno retorno, 2017, realizada con papel calado. En términos informacionales, el punto deviene enclave simbólico, posicionamiento desde el cual se observa el mundo en derredor, no importa si con incertidumbre o certeza, bien sean las puntas de los dos continentes australes o los dos septentrionales como pauta una de las imágenes que forman esa obra instalativa. Es curioso que  allí donde se termina una isla o un continente siempre ha retado al hombre desde tiempos prehistóricos a saltar al otro punto, a avanzar, a no detenerse en su camino, físico y epistemológico. La avanzada en ese sentido es también en el conocimiento, en aventurarse a explorar otros parajes.

En términos abstractos, el punto significa la posición desde la cual el sujeto singular observa, con la alternativa de ejercer en principio una mirada panóptica que le hace recorrer los 360 grados, abierto a un sinfín de posibilidades direccionales. A ejecutar el salto hacia otro lugar desde donde mirar lo recorrido anteriormente, sobre todo acicateado por la curiosidad, la valentía  y el arrojo, con la finalidad de proseguir hacia adelante: las grandes emigraciones humanas en el pasado más lejano y en el curso de la historia hasta el presente dan prueba fehaciente de ello, de ser un arrastre instintivo, un impulso casi irresistible al que solo los timoratos y las circunstancias específicas pueden condicionar a mostrarle resistencia a esa fuerza de empuje.

Todo parte antropológicamente de ese punto, cuyo diseño ocupa representacionalmente el lugar del sujeto situado en la posición de partida para escoger después una dirección determinada dentro de las numerosas posibles.  Una vez emprendida la marcha no son caminos de titubeos. No es enfrentarse angustiosamente a la renuncia de una dirección para saltar a otra sin haber experimentado consistentemente el tránsito escogido. En consonancia con esto, Ariamna retoma insistentemente la figura del círculo, concebido a escala matemática y geométrica —utilizado en muchas culturas desde la antigüedad hasta el presente— el cual ejerce un persistente efecto modelador, de cuyo centro se crean activamente por emanación, las vueltas de los impulsos en retorno de una energía centrípeta.

El círculo se encuentra en los giros precisos del crecimiento que se va dando en las formas construidas por el hombre y la naturaleza, las cuales se interpenetran y reflejan en espejo mutuamente, sea en la concha de un caracol, la articulación cohesionada de la estructura de una cúpula, la forma de un disco de grabaciones, la fuerza impulsiva de los gases de un volcán, el estallido de una supernova o el del universo en el Big Bang; dos de ellas empleadas por la artista, una en el catálogo, otra en una pieza.

Naturaleza y creación humana participan del eterno retorno, pero no para regresar a lo mismo. Todo confluye en ese punto centro del cual dimana la energía, la cual genera un peculiar cosmos circundante. El punto de comienzo es apenas un estado inicial que se despliega en acto después de haber estado aguardando acumular la fuerza necesaria para revelarse, para decidir hacia qué dirección tomar. Este punto es enclave gnoseológico, formal, artístico, filosófico. Es alborada, signo del potencial despliegue ulterior.

El colocarse el sujeto cognoscente —filosófico, artístico o común— en ese punto de observación inicial, utilizado de emblema de presentación en la carátula del catálogo, y en el cartel anunciador a la entrada de la galería Habana donde se desarrolló la muestra, no implica en modo alguno el acto de detenerse en ese punto, de quedarse en vilo. Es por el contrario el signo de una potencial acumulación de fuerzas para emprender la marcha. Así es como vislumbro la actitud reflexiva de Ariamna, quien con esta exposición personal hace una declaratoria de su postura. Aparece conceptualizado como el punto donde algo o alguien se detuvo antes, un punto de llegada donde comienza el camino de los demás. Es una cadena de comienzos y llegadas entrelazadas. El arte en su historia, y la naturaleza en toda su dimensión dan genuina prueba de ello. El resultado es una constante deriva. Palabra que ahora la obsesiona porque cree ver en ella una verdad superior.

En su movimiento direccional ese centro gravitacional tiende a girar sobre sí mismo, a mantener la energía vital para impulsarse nuevamente y avanzar. En su adelanto, el punto se mueve sin perder la condición de centro. Ocurre asimismo al repensar nuestras vidas y al examinar los modos de manifestarse el arte. Nada escapa al retorno, la mente siente nostalgia de lo ocurrido y vuelve de forma imaginaria a los hechos, trasmutados en el recuerdo. Maniobra también persistentemente el eterno retorno en relación a la historia, a la identidad de un sujeto o de una nación. ¿No es por tanto ese punto energético de comienzo, un potens, un estar en espera, un aguardar el momento hacia un nuevo avance?

Se da igualmente en el comportamiento de los cuerpos celestes en cuya traslación sideral se desplazan, cambian de posición a razón de la escala del universo y vuelven recursivamente sobre el centro atractor del que dependen  de una manera más circunscrita, para remontarse en su marcha hacia otro destino, aparentemente cíclico pero siempre diferente, siempre hacia delante, localizado el punto centro en una nueva posición que abandona y deja atrás el sitio que había tenido, moviéndose en un eterno fluir.

La sequedad formal de sus piezas parece cercana a la austeridad seguida en las ciencias, al despojarse gradualmente de lo accesorio para en un proceso de decantación, entresacar de las perturbaciones los atisbos de algo de interés situado debajo del umbral perceptible. Por eso sus obras se mueven en un deseo minimalista de pureza. La sencillez expositiva es necesaria para ella. Es un acto de purificación abstraccionista como hiciera Mondrian en su metódica actitud científica, despojando progresivamente de elementos a la representación del paisaje para dejarlo asentado en el virtuosismo de la sencillez conceptual y formal, contraponiéndose con osadía a las imágenes acostumbradas por su época.

Ese procedimiento de desnudamiento de las formas, realizado por Ariamna para sacar a relucir relaciones ocultas, insospechadas, casi invisibles, es algo que personalmente la mueve. Es el enclave en el cual se encuentra situada en este momento creativo, escuchando el crecimiento de un ruido sordo, casi silencioso, procedente de un abismo al cual ella no teme acercarse, atraída por la curiosidad. Palabra que ella gustara de utilizar al entrevistarla previo a escribir este artículo crítico, para con esa palabra marcar claramente la diferencia entre los que se arriesgan llevados por el afán de sondear en lo brumoso y los que se acomodan ante las ideas asentadas.

No deja ser riesgoso emprender esta marcha como atestigua su pieza Confesionario, 2016, hecha a la manera de una pared de las utilizadas en los recintos de grabación sonora, para que los ruidos y voces emitidas en su interior no puedan ser escuchados exteriormente, ni viceversa, en un aislamiento de lo pronunciado detrás de esas paredes de silencio, porque el sistema de ideas dogmáticas se encarga de silenciar las voces cuestionadoras, promotoras de nuevos modelos científicos, artísticos, filosóficos. Espacio circunscrito, vedado a salir al exterior las confesiones interiores. El orden instituido, sea religioso o no,  se encarga de impedir su propagación. El signo de los lápices quebrados es alusivo de los efectos a que se exponen quienes se atrevan osadamente a pronunciarse contra los dogmas instituidos.

Le atrae poderosamente en las circunstancias de su creación  actual lanzarse movida por la inquietud de probar otras ideas y otros argumentos, Eso a mi juicio la ha de poner ante una encrucijada, pues escarbar buscando la existencia de otros órdenes bajo las relaciones aparenciales, puede conducirle por momentos a caminos personales de incertidumbre. Se da conceptualmente en el plano conceptual de la visualidad en la presencia de ese único punto, pequeño y central en la portada del catálogo, como un acto émulo de Malevich, sin definir un rumbo posible, salvo la idea esencial de avanzar. Todo movimiento será hacia adelante, a pesar de  que en la espacialidad del formato del catálogo no se define un arriba o un debajo. El punto, pequeño y aislado, se me antoja la representación más abstracta de ella misma, que se ha trazado esa  tarea de penetración epistemológica.

Ariamna Contino parece estar clara de que sin riesgo no hay ganancia gnoseológica. No se propone quedarse arrobada, sino incursionar en nuevos caminos de la representación artística. Esto entraña despojarse de aprehensiones y enfrentarse, moviéndose en una dirección que al parecer en el orden de las ideas está aun comenzando en su pensamiento. Como su punto simboliza, está en potencia, es un potem estallante, dispuesto a desplegarse progresivamente, a avizorar un nuevo horizonte al cual incursionar en pensamiento y obra. En el horizonte no perfila límites, solo puntos de llegada para un salto continuado. Nuevamente el punto sirve a un nuevo impulso. Ella parece sentirlo en lo más profundo de sí. Eso la alienta aunque también la inquieta. No la hace titubear. Sabe en el fondo que nada está trazado de antemano. Respira profundo y da el paso sin el cual nada cambia. Su vista no se detiene en lo inmediato. Eso basta para caracterizarla.  Esperemos a ver sus próximas obras, a confrontarlas con las hasta aquí realizadas. Hacer un balance. Ver qué nos trae de novedoso o de confirmación. Por lo pronto no descansa. Eso es bueno y sumamente aleccionador.