Caótico, contradictorio, demorado, difícil

Caótico, contradictorio, demorado, difícil

Estábamos trabajando para un cetro: un jabón de lavar Batey seco, opaco, con la apariencia de una mínima caja de muerto. Valía 50 pesos. Con mi salario compraba uno cada mes, mi madre con sus ingresos —la jubilación de mi padre y algunos escarceos— otro, la abuela de mi compañero alguno más. Era 1991 y tras quedar embarazada había decidido que ahora sí. Que ahora sí iba  a nacer ese ser que había soñado y perdido con cordura, a pesar de que él advertía que él tiempo nos sobraba. Me daba miedo que los jabones se echaran a perder, crearan moho, fueran como pedazos de madera luego inútiles. Pero los fui guardando envueltos en periódicos para el gran día. Así fueron aquellos años, de muchas penurias y también muchas ilusiones, algo que no hemos perdido y nunca perderemos. Tengo un colega algo serio y de tono docto  al hablar que dice que vivimos el año veintiuno del Período Especial. Para él ese concepto eufemístico no ha terminado. Recuerdo las terribles complicaciones del transporte, tanto, que muchas veces estábamos en la parada como leones esperando una presa. No importa hacia dónde fuera la guagua, ni su tipo. La abordábamos, y luego si acaso preguntábamos hasta qué sitio llegaba. Este método, por supuesto, siempre tuvo detractores, por ejemplo, en la persona de mi compañero, iluso y lógico poeta. Decía: “Cómo si voy para el Vedado tengo que ir primero a Guanabacoa”. Lo que se emparienta con otra frase famosa suya sobre el esparcimiento en tiempos tan duros, y por supuesto anteriores: “Voy al Malecón y al Coppelia contigo, qué romántico, pero si luego tengo que venir enganchado en la 22, ya se me olvidó todo”. Todo era así caótico, contradictorio, demorado, difícil. El día que se me presentó el parto por ruptura prematura de la fuente – no por dolores intensos – pasó algo parecido. Fuimos a la parada. Eran las siete de la mañana. De pronto vino una guagua Girón y la abordé rápidamente, incluso me senté,  a causa de mi gran barriga. Rito se montó  después. Cuando la guagua echó a andar sentimos un alivio, y luego  preguntamos: “¿Para dónde va? Iba para la CUJAE, y Maternidad Obrera queda en sentido contrario. Nada, que tuvimos que bajarnos unas paradas más adelante entre la mucha gente, soportando la mala cara del iluso – lógico futuro padre, y volver al Guaguabol de turno.

Años después regresar a mi casa del trabajo también se volvía una odisea. Había que esperar a las seis y treinta una guagua que venía e iba para la Lisa, y en ese ínterin entre cinco y seis y treinta nos hacíamos las historias más grandiosas un grupo de desconocidos: compartí con actores, trabajadoras de la FMC nacional, cuentapropistas que limpiaban señoriales casas del Vedado, secretarias aburridas de sus vidas, jóvenes que, entre otras cosas, escribían poesía, tarrudos románticos, el copón divino.

Lo del alimento también tiene sus sucesos, aunque recuerdo siempre haber comido algo. Somos una familia muy unida, como me dijo una vez otro escritor, a pesar de que por las peleas e incidentes yo pensaba que no lo éramos tanto. Una colega me decía: lo que importa son los valores que tenga esa familia, los principios, no importa si estudiaron o no, si son obreros o universitarios, lo que importa es su dignidad. A la verdad que éramos uno en eso de procurar el alimento. En los peores momentos siempre hubo arroz y frijoles colorados, unos frijoles grandes que por el barrio de  Ismael González Castañer llamaban “rompeculos” y boniato, o congrí de frijoles colorados con el respectivo boniato hervido. Me veo aún con la niña de meses en el coche y con Rito, luego de la comida, en el paseo diario de ir a “rellenarnos” con el famoso helado de agua que vendían: algo entre el granizado y la contextura del helado, siempre de toronja, o de naranja en raras ocasiones. Había que apurarse pues se acababa antes de las ocho de la noche. Una  de esas veces cuando íbamos por el Anfiteatro de Marianao, todavía con el sol afuera,  me encontré cien pesos, eran cinco billetes de a veinte: la fortuna mayor que me he encontrado en mi vida, regados en el pavimento entre cuatro esquinas, por las que no se veía ni un alma. Estas precariedades hicieron también sus estragos en la moda. Por ejemplo, las mujeres no usaban zapatos, sino tenis de cuatro ojetes, poliéster y variados colores que costaban ciento cincuenta pesos. Y con ellos uno iba lo mismo a trabajar que a una fiesta. Fue el tiempo ignominioso y aplicado de la cría de puercos. Llegamos a tener una señora puerca paridora que era la idea fija más recurrente de Rito: donde quiera que fuera, en la bicicleta, por supuesto, a casa de un amigo, a alguna actividad, tenía que exclamar a las tres de la tarde:” ¡Ay, la puerca!” Y salir volado a pensar que darle o buscarle la comida y limpiar el corral. Los puerquitos valían mil quinientos pesos y se vendían como pan caliente, pero a qué precio material y emocional. Se llegó incluso a criar conejos y gallinas, y se creó algo que nuestro amigo poeta Ismael González Castañer denominó”Patio Inglés”. Delirantes poetas y seres que fuimos y somos todos, los que escriben y los que no. Con nuestras soluciones debajo de la manga y los enigmas, como entonces, con nuestros sueños, en una realidad que sigue siendo surrealista.