Cuando la sangre se parece al fuego: su impacto en la crítica

Parte IV

Cuando la sangre se parece al fuego: su impacto en la crítica

  • Diseño interior del libro. Foto: Internet
    Diseño interior del libro. Foto: Internet

El ateísmo imperante en la sociedad cubana de los setenta, del pasado siglo, se manifiesta en la literatura de la época, especialmente durante el período conocido como “Quinquenio o Período gris”. La novela Cuando la sangre se parece al fuego del escritor Manuel Cofiño es uno de los mejores registros de esa corriente ateísta.

Su visión se manifiesta de manera explícita a través del conflicto religioso de sus personajes, esta novela, a mi percepción, de impacto en la crítica, servirá de medidor para abarcar un panorama más amplio acerca de la obra y su autor al responder: ¿Cómo la crítica de la época enfoca y califica la religión?

Una obra literaria amplifica su voz, se completa y profundiza cuando el ojo investigativo reflexiona, estimula (o derrumba) los postulados presentados.

El ensayista, además de mostrar los diversos caminos y temáticas recorridos por los autores, ejerce una función propagandística. Su opinión, además de convocar a la lectura, dirige la mirada hacia una interpretación determinada, ya sea implícita o explícita de la narración. Idéntico al gesto de tomar tu mano para conducirte por, este o aquél sendero. Los estudios de la crítica también llevan el compás de las corrientes ideológicas, y son ambientes propicios para hallar criterios sobre diversas tendencias.

Los contemporáneos del autor, fueron una significativa piedra angular, en la interpretación, y propaganda de la obra de Cofiño. Expresaron su opinión, desde diversos ángulos, sustentados en el análisis, como criterio primordial, del universo religioso expresado en esta novela, el cual, va a coincidir, con la tendencia ateísta del escritor.

El enfoque propagandístico contiene los méritos del autor y su obra, elementos contundentes para fundamentar la propuesta narrativa y su visión: 

“El nombre de Cofiño no es desconocido para los lectores. Su novela inicial, La última mujer y el próximo combate, surgida —como la que me propongo comentar ahora—de las entrañas mismas del pueblo cubano, ha recibido el consenso general corroborador de la opinión del jurado que le otorgó el Premio Casa de las Américas en 1972. Esta segunda novela constituye, a mi modo de ver, un logro de mayores kilates, logro realmente estimable entre los muy meritorios de la actual narrativa latinoamericana que está descubriendo —en sus contextos raciales, económicos, políticos, culturales y hasta cronológicos— el epos que pronosticara Alejo Carpentier”.[i]

La obra crítica de la autora orientada hacia las virtudes de la novela, sin duda, es un incentivo para los lectores, que podrán apreciar la advertencia de Mary Cruz, acerca de la maduración de un escritor premiado, y dirigir sus expectativas hacia los temas sociales mencionados. Su propuesta de lectura concuerda con la ideología del autor. Conforme con su punto de vista convoca al ateísmo y desmerita todo lo concerniente al universo religioso, idéntico a lo expresado por Cofiño. Del mismo modo, coinciden en la época: la crítica de Mary Cruz es publicada en el año 1976. La primera edicion de la novela de Manuel Cofiño es de 1975, de 1977 la segunda y la tercera de 1979. Información que nos sitúa en un momento denominado en la literatura como “Período o quinquenio gris” donde la producción literaria, en su mayoría, se orienta hacia el “realismo socialista”, corriente en la que se ubica esta novela en su estudio, la cual está marcada por características específicas, en la que la Revolución cubana forma parte del contexto, y es, en sentido general, el referente de la narrativa de esta época. El ateísmo, también se mantendrá vinculado a las obras literarias del momento, que además pretenden ejercer una función didáctica en la cultura, y su mensaje antirreligioso llega implícito al anularse todo el contenido religioso, ya sea una breve mención a Dios, o explícito, como sucede en esta obra, para orientar abiertamente el camino de la irreligiosidad.

En este sentido, Mary Cruz, expresa su perspectiva sobre los sujetos religiosos, y dirige la atención hacia el lugar preciso, revelándonos las intenciones del autor:

“Leyendo esta novela se asiste a la transformación ideológica de Cristino Mora, joven mulato que ha crecido en la miseria, entre los dioses africanos de su abuela santera, y que ya adulto —por recónditas razones de adhesión filial— adopta la religión abakuá de su padre”.

Cruz, al igual que Cofiño, orientan hacia la “transformación ideológica del personaje”, conversión que, de acuerdo a ambos autores, significa el “mejoramiento humano” del protagonista. Idea implicita en las descripciones: del color de la piel, la deplorable situación económica, la cual se completa con el cuadro religioso en que se hallaba. Donde se trasluce un esterotipo que relaciona: pobreza, marginalidad y a los afrodescendientes con las religiones de origen africano.

Explicado como un todo, se comprende y se puede compadecer a un personaje, cuya caótica existencia, lo deja sin alternativa y/o le propicia estas prácticas religiosas. En concordancia con Cofiño, Mary Cruz, expone su desacuerdo con los mitos, teoría de Marx, citada como pivote en las primeras páginas de la novela en análisis. Uno de los fundamentos utilizados en contra de la religión: 

“Los mitos de ambas creencias tienen concreciones en piedras, plantas y animales y en los fenómenos de la naturaleza. Para Cristino en pleno siglo XX, los santos y sus poderes son tan reales como los objetos en los que ellos supuestamente habitan”.[1]

En el comentario anterior, la religión yoruba es planteada como propia de la ignorancia, el referente comparativo acerca de la época la reduce y ridiculiza. Es coherente con el discurso del momento en el que, con la intención de demeritar lo religioso, se consideraba que los creyentes eran aquellos que por no tener el conocimiento para explicarse los fenómenos naturales, se lo atribuían a un ser superior y le otorgaban una explicación sobrenatural. Y como consiguiente, se negó entre otras cuestiones, la medicina natural, contraponiéndose así la ciencia con la religión y por tanto, la curación mediante las plantas fue relacionada con la “brujería”. Ya que se trataba de un “ateísmo cientifico” como lo expresa esta denominación.

No se tuvo en cuenta que las religiones de origen africano, como todas las religiones, contienen una gran simbologia, idéntico a la vida misma en la cual, de manera consciente o no, lo utilizamos constantemente, ya sea por gestos, o en el lenguaje. Son muchas las disciplinas interesadas en el estudio de los simbolos: la lingüística, la antropologia cultural, la sicología, la medicina, las técnicas de mercado y ventas, la política, las religiones, incluso la crítica del arte, entre otras.

Todas las ciencias y las artes hallan símbolos en su ruta. Del mismo modo que la cruz, tiene una amplia simbología, tanto para el catolicismo como para otras religiones, es uno de los simbolos que se registra desde la más alta antigüedad: en Egipto, en China, en Cnosos de Creta (donde se ha encontrado una cruz de mármol que data del siglo XV a.C)[ii] La cruz es el más totalizante de los símbolos. Por lo que, estas “concreciones” denominadas por la autora, forman parte de la simbología de esta religión vista desde el punto de vista teológico, y en el contexto actual.

La critica ejercida por esta autora concuerda con el modelo ateísta que imperaba en la sociedad. Su criterio sobre lo religioso anula la posibilidad de la existencia de divinades y todo lo concerniente al mundo espiritual apunta hacia lo imaginario popular y la fabulación.  Del mismo modo en que es planteada, de manera oficial la religión, se excluyen otras significaciones y solo se toma en cuenta lo cultural.

El autor establece comparaciones entre los personajes y los orishas, lo hace a través de una estructuración de viñetas contenidas dentro de la obra que describen las características de cada deidad, para Cruz, esto representa un mundo inexistente, el cual decofica con cotejos entre las semejanzas de los personajes y la representación de la deidad:

“ …las diecinueve viñetas de dioses y orishas, situados en los momentos narrativos en cuya oposición y contacto adquieren la virtud de recrear el mundo fantástico con que ellos poblaron el mundo real de Cristino Mora, y de señalar coincidencias innombradas”.[iii]

Por ejemplo, del protagonista con “Changó, que es “el artillero del relámpago, el que pelea con la muerte”, el que “embruja a las mujeres con zumo de flores de framboyán ardiente …Del padre que conocía el parecido entre la sangre y el fuego, con Argayú, Dios de los cargadores. “…De la madre con Yewa, que tiene la boca triste y unas sienes tristes y unos dedos más tristes todavía… De Tere, la hermana con Oshún, que prefiere el color amarillo y “siente el jadeo de los dioses que la siguen…”.[iv]

Finaliza su análisis comparativo anunciando la semejanza entre uno de los orishas, y la Revolución Cubana, y con ello reafirma su carácter marxista-leninista, expresado de la manera siguiente:

“Y la más recóndita, la sugerencia más sutil se halla, significativamente, en la última viñeta, que es el retrato de Oké, el cual parece apuntar hacia el pensamiento científico que caracteriza a la Revolución marxista-leninista. Oké “tiene la terrible visión de la montaña infinita”, “lo ve todo”, “se encara con la mañana y con la noche”, “no habla por cocos ni caracoles” y “en su oído retumban las preguntas y los ecos responden”.[v]

El autor y la autora, se unen en una misma perspectiva ideológica y revierten el cuadro religioso del panteón yoruba hacia el ateísmo, Mary Cruz, expresa de manera muy clara, lo sugerido por Cofiño:

“…la sugerencia más sutil se halla, significativamente, en la última viñeta, que es el retrato de Oké, el cual parece apuntar hacia el pensamiento científico que caracteriza la Revolución marxista-leninista”.[vi]

Y hace uso de este recurso, ejercido por Cofiño en su obra para replantear la concepción de lo religioso por lo ateísta.

La autora enfoca en el contenido religioso de la obra de Cofiño novela que representa de manera elocuente el tratamiento de lo religioso en esta etapa, donde la obra critica de Mary Cruz, (1976) y la de Cofiño (1975 con reediciones 1977 y 1979) no solo sitúan el momento, sino también indica que esta obra literaria tiene un fuerte impacto en la crítica. Argumentado por los autores que aparecen en el corpus de este estudio: Mary Cruz, Isaías Peña, Pedro Deschamps, Luis Beiro, Rogelio Rodríguez Coronel. Los cuales coinciden en la época y en el criterio crítico, orientan a los lectores hacia la orilla ateísta y proponen una lectura antireligiosa en la que se denuncian las prácticas religiosas y su repercusión en la raza humana.

El personaje de la abuela se hace popular por su significación ideológica. Es ser uno de los lados polémicos de la historia. Contiene todos los rasgos negativos de un ser humano que no concuerda con las características del proceso social revolucionario en marcha, del cual se pretende obtener “el hombre nuevo”, y para alcanzarlo deberá estar despojado de toda creencia “mítico-religiosa”. Y la crítica va a mostrarlo a través de las diversas perspectivas, planteadas por diferentes autores:

“…creyente impertérrita de los distintos dioses que la convirtieron en la más famosa santera de Regla (La Habana), y la forma como esas convicciones fueron desmintiéndose sin que ella cediera un milímetro (su hijo moría sin que nadie descubriera el asesino; su nieto purgaba un año en la cárcel aprendiendo a fabricar muebles de mimbre y más tarde ingresaba al movimiento revolucionario a pesar de ser abakuá; su nuera Aimé moría del primer parto, Roli caía abatido por la policía de la tiranía, todo sin que los dioses se dieran por enterado).[vii]

En el criterio de Isaías Peña, el personaje no tiene fundamentos concretos mostrados en la realidad para creer en sus dioses. Su vida, caótica por los sucesos acontecidos a su nieto, de los cuales ella tiene responsabilidad por participar de manera protagónica, no solo en el malogrado parto, justifican la irreligiosidad propuesta por Isaías. Los collares entregados a Roli, como protección, anulan la credibilidad con su muerte. Esta perspectiva sugiere: “ver para creer”. Idea erigida por uno de los doce apostoles, Judas Tomás Dídimo[viii]. Contenida en un pasaje bíblico del Evangelio de Juan, conocida como la “Incredulidad de Tomás”:

 “Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. Él les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. 28 Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío!, y ¡Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron[ix]”.

El autor argumenta su teoría, basándose en un pasaje bíblico que alimenta la fe cristiana, para demostrar precisamente lo contrario, aunque quizás, de forma inconsciente, pero implícita, en un contexto rotundamente ateísta, el método cristiano es tomado como pivote para oponerse a lo religioso. Se desmitifica con el propio mito.

El personaje antagónico de Ángel, primero y de Cristino Mora, después: “la abuela santera”, creció irremediablemente, en su intento “(des)evangelizador” en la crítica literaria con el fin de proclamar el efecto contrario de una personalidad reverente ante el universo espiritual:

 “Queda a juicio del lector atento, el valorar la personalidad de la abuela, y la durabilidad de sus creencias”. Ella es todo un simbolo, hasta el instante en que por la vía del suicidio, se aparta del mundo en que había vivido. Su acción puede considerarse un desengaño o una rebeldía contra las “viejas” deidades, impotentes para salvarle la vida a Aimé la de la piel “color tinaja”, castigar al asesino de su hijo o alejar de las garras de los esbirros de Batista a Roli”.[x]

El criterio de este autor (Pedro Deschamps) se mantiene en concordancia con la opinión de Isaías, y la abuela, según esta lógica, continúa como blanco de los dardos ateístas. Por tanto, su personaje conserva la función negativa y ejemplarizante que el autor de la novela otorga a la historia. Postulado que la crítica se encarga de mostrar de forma explicita:

“La abuela significa la venganza, el mundo alucinante de dioses y potencias que influyeron en Cristino y lo guiaron durante su juventud”.

“Desde que aparece por primera vez ante nuestros ojos…” “…hasta su muerte, más misteriosa que su vida, será un personaje inderrotable. Sin embargo, con la paulatina toma de conciencia de Cristino y su identificación con sus ideas revolucionarias, irá perdiendo la autoridad e influencia que ejercía en su nieto, hasta quedar rodeada solo de sus dioses y recuerdos”.

En la cita anterior de, Luis Beiro,[xi]otro de los autores que ejerce la crítica acerca del personaje de la abuela, es notable que sus opiniones no disienten con los criterios antes mencionados. Demostrándonos que esta figura, incluso valorada por diferentes ensayistas, sostiene un consenso en los juicios formulados. Sin duda, representa el “camino errado” por donde nunca Cristino Mora, debió andar. Y en su mayor alcance, en el plano social, manifiesta el sendero equivocado, opuesto, a la cosmovisión contenida en la literatura denominada “realismo socialista”, que plantea su incongruencia con los credos religiosos:  

“El respeto que inspira es superior a la obediencia que exige. Es como el símbolo que el autor propone acerca de la utilidad social que pueda tener la mitología afrocubana para sus seguidores, y que se sintetiza en la siguiente frase de Cristino: “Viví en la misera e ignorancia, entre dioses bellos pero inútiles”.[xii]

Otro de los criterios sobre las creencias religiosas, es que forman parte del imaginario popular de un pasado ideológicamente en contradicción con el presente. La religión, desde esta perspectiva, se funde con la idea de nación, patria, y no permite desvincular los límites entre las formas de gobiernos y su religiosidad:

“Esta obra recoge los rezagos del ayer que aún perduran: viejos prejuicios heredados del colonialismo español, unidos a los impuestos por el neocolonealismo yanqui; creencias religiosas en permanente choque con la realidad, gente que se marginan por si mismas; en suma, lastre atado al talón de la Revolución que va deshaciéndose, quedando en la nada por la fuerza incontenible de los acontecimientos”.[xiii]

Vinculación que también fundará un núcleo de autores en paridad de opiniones:

“Su muerte es la muerte del mito. Si todo ello no significa una ruptura con . su religión. ¿qué es entonces?”.

“El autor no lo dice. Él da los ingredientes. El lector deleitado con las descripciones de los orishas, de sus atributos, es a quien le toca juzgar y responder”.[xiv]

Opiniones que aseguran y concuerdan en la instauración de una sociedad desmitificada e irreligiosa, presa en un pasado, de una tiranía que se acoplaba a las ideas religiosas, dañinas, al juicio de estos autores, para la sociedad naciente en la cual se formaban estos escritores:

“Por todo lo anteriormente expuesto, y en particular por la formación de estos novelistas, surge necesariamente la confrontación con el pasado prerrevolucionario, sociedad que nutrió su mundo interior. Desde este punto de vista la novela tiende la contraposición de los dos mundos, de los valores inherentes a las dos sociedades, enfatizando la injusticia reinante en la sociedad anterior y la razón de su exterminio”.  [xv]

En el decir de Rogelio Rodríguez Coronel, quien en su estudio sobre “La novela de la Revolución Cubana” expresa, además, su opinión, acerca de la estructura narrativa de la obra, lo que representa este tipo de literatura, el realismo socialista, en la época y en el universo literario contémporaneo: 

“Podemos concluir que la perspectiva que aporta la obra de Cofiño a la novela de la Revolución cubana inserta directamente dentro de las líneas principales de la novelística latinoamericana de nuestro siglo. Teniendo en cuenta esta tradición, la revaloriza al retomar sus formulaciones esenciales y darle una respuesta, de acuerdo con la experiencia que ofrece la nueva realidad cubana”.[2]

Nos hace reflexionar acerca de una literatura que transciende más allá de la isla, con características coincidentes o armónicas en su estilo y pensamiento. Una narrativa que alcanza técnicas modernas, desde la cual se expresan temas contemporáneos, indicándonos, que esta obra y su contenido ateísta, va a encontrar una ideología análoga fuera de las fronteras cubanas. Sugerencia válida para (de)mostrar la sincronía entre la crítica literaria, latinoamericana y la obra de Cofiño. Indiscutible veleta, mostrándonos hacia dónde giran los vientos ideológicos en la literatura de una época. Para dar respuesta a la interrogante inicial: ¿Cómo la crítica de la época califica la religión? Aseguramos que, en el período aquí estudiado, considera la religión como propia de la ignorancia, opuesta a la ciencia, con una dosis de racismo al relacionar las religiones de origen africano con los personajes negros, y vinculada a la ideología del gobierno precedente, capitalismo, además (excepto Rogelio Rodríguez Coronel) que enfoca su análisis en lo concerniente a estructura y temáticas literarias, concuerdan en la  mirada antirreligiosa como punto esencial de su crítica. Con lo cual se deduce que la crítica literaria es también un panorama propicio donde se refleja la ideología de una época que se sirvió de la literatura para orientar a la sociedad hacia el ateísmo.

Notas:

[1] Ídem

[2]  (Coronel, 1986) p-214

 

[i] (Cruz, 1976)p-386

[ii]  Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, 1996. Diccionario de los símbolos. Editorial Herber. Barcelona. Pag-362

[iii] ídem

[iv] ídem

[v] Ibídem p-390

[vi] Ídem

[vii] Peña, Gutiérez Isaías. “Primera aproximación a la obra de la narrativa de Manuel Cofiño”. Texto recogido en “Ensayo Acerca de Manuel Cofiño”. Editorial Letras Cubanas, 1989. Selección y Prólogo: Ernesto García Arzola, p. 34

[viii] Tomás significa "gemelo" en arameo, y Dídimo tiene el mismo significado en griego. Es venerado como santo tanto por la Iglesia católica y  por la Iglesia ortodoxa.

[ix] Reina-Valera 1960 (RVR1960) Juan 20:24-29

[x] Chapeaux, Pedro Deschamps. Prólogo a la novela “Cuando la sangre se parece al fuego”. Editorial Arte y Literatura. Ediciones Huracán, 1977.

[xi] Alvarez, Luis Beiro. “La segunda novela de Cofiño a través de sus personajes principales”. Texto recogido en “Ensayo  Acerca de Manuel Cofiño”. Editorial Letras Cubanas, 1989. Selección y Prólogo: Ernesto García Arzola. p. 391

[xii] Ibídem- p- 399

[xiii] Chapeaux, Pedro Deschamps. Prólogo a la novela “Cuando la sangre se parece al fuego”. Editorial Arte y Literatura. Ediciones Huracán, 1977. P-123

[xiv] Ibídem

[xv]  (Coronel, 1986) p-213