Día de suerte

Día de suerte

No sé cómo he llegado al paseo de los flamboyanes, pero aun así camino entre los bancos destruidos. El parque está solitario, o casi solitario, siempre hay alguien que perturba la soledad. El hombre me mira desde lo lejos, lleva espejuelos oscuros y en su cabeza calva el sol del mediodía forma pequeños puntos de luz. Me acerco, pregunto si puedo sentarme a su lado. Y Hace un gesto de indiferencia. Parece estar escribiendo algo muy importante, porque presiona las teclas de la laptop como si quisiera arrancarlas.

- ¿Escritor? –le pregunto y asiente con la cabeza. No le creo, si ya no hay escritores en Franco Condado, hace años que emigraron todos…

- ¿Ya ve? Por personas como usted es que se debe emigrar, ha hecho que se escape mi tigre de la India, con lo difícil que fue encontrarlo, el hombre casi lanza la laptop y me mira como deben mirar a su presa los tigres de la India.

- Disculpe señor, y ¿dónde puedo encontrar algún texto suyo?- el hombre, con torpeza busca en su bolso de cuero y me extiende un libro azul.

- Aquí tiene, pero váyase lejos a leerlo y no vuelva a molestarme, ya veré como termino la novela con esta pérdida irreparable.

Tomo el libro y luego de disculparme nuevamente, me voy al lugar más apartado del parque donde —en otros tiempos— los bancos solían estar pintados de verde y ostentaban con orgullo el escudo de la ciudad. Encuentro uno que todavía conserva intacto el espaldar.

Azul pálido, así se llama la novela que me ha entregado el señor. Publicada por Ediciones La Luz. Admiro con agrado la factura y el diseño que presenta esta editorial de una provincia del interior del país. En la contracubierta una foto del autor: Yonnier Torres. Y me sorprendo al reconocer ese nombre, muy mencionado en los medios... Me doy cuenta que he leído varios de sus libros: Esto funciona como una caja cerrada, Puntos de luz, Cerrar los puños…Es un escritor importante, pienso y estoy tentado a ir y decirle que soy su admirador, que me he leído varios de sus libros, que me firme la novela. Pero luego recuerdo el tigre y decido dejarlo en paz, no vaya a ser que emigre como los otros escritores de Franco Condado.

Al adentrarme en Azul pálido, y a pesar de reconocer lugares, referencias literarias, incluso guiños a su propia obra, logro convencerme de que a Yonnier no le interesa escribir sobre lo que conoce. Prefiere inventar universos cercanos a lo fantástico, juega con lo absurdo y lo hace con naturalidad, sus textos están impregnados de poesía y simbolismo.

“Marcos carraspeó. Le dijo a Carmen que necesitaba un trago de ron para desenredarse el nudo que tenía en la garganta. Que tenía tierra apisonada dentro. Las tijeras de la duda cayeron al suelo. El ruido del metal contra las baldosas hizo que todos se detuvieran un segundo…”

Quizás Marcos sea su alter ego, aunque el alter ego de un escritor puede ser cualquiera de sus personajes o todos a la vez. Pero intuyo que tanto Yonnier como Marcos creen —cada uno a su manera— en el poder salvador de la literatura. Ambos sustentan su actividad creativa sobre tres palabras: Constancia. Persistencia y Sudoración. Y están seguros de que la clave del éxito de un escritor es “leer y escribir”.

Ante mis ojos aparece un Franco Condado de un tiempo inexistente, en el cual los escritores se reunían en el Café de artistas a tomar jugo de tamarindo y comer frituras de maíz.

Descubro a algunos personajes de Dostoievski: disfrazados, interpretando escenas desconcertantes, sumergidos en una realidad donde la inquietud y la incertidumbre se diluyen en situaciones humorísticas…En Azul pálido, no existen límites para esta realidad, sus seres cohabitan en franca verosimilitud.

Los rinocerontes pasan por mi lado velozmente y las mujeres de azucarera entonan una melodía en mi oído. Mientras tanto Marcos intenta construir una historia, al final no debe ser tan difícil escribir, solo debe poner una palabra detrás de otra. Yonnier lo sabe, y lo ha hecho, ha acomodado las palabras hasta formar un camino o un enorme tapiz con retazos de angustia, fantasía, desamparo y ambiciones. No me sorprendo de no encontrar el amor en una historia de supervivencia, donde los protagonistas luchan por franquear lo adverso.

Siento curiosidad por saber si funcionó la teoría neoconductista, porque los personajes siempre terminan viviendo más allá de las páginas del libro. Debo preguntarle a Yonnier cómo terminó todo, tal vez haya reservado algún final feliz después de la página 128. Aunque creo que los finales felices no tienen mucho que ver con él.

Atravieso el parque nuevamente, casi corriendo, cuando ya comienzan a aparecer las primeras luces del atardecer. Pero Yonnier ha desaparecido. En el banco donde antes estuvo solo queda un signo de interrogación. Quizás por todas las preguntas que quiero hacerle, ahora que he decidido seguirle los pasos en eso de ser escritor. Al final eso no debe ser tan difícil, sino algo así como poner una palabra detrás de otra. Me siento en el banco a pensar en el argumento de la historia cuando veo en el centro del parque un hermoso tigre de la india. Por un segundo pienso en devolvérselo a su dueño, pero intuyo que hoy es mi día de suerte.

Por: Elizabet Reinosa

Notas:

[1] Yonnier Torres Rodríguez (1981). Sociólogo, Poeta y Narrador. Ha recibido numerosos premios, entre ellos el Premio Calendario de Poesía 2017.