El Dorado: la nueva conquista

El Dorado: la nueva conquista

  • Constituye un ejemplo fehaciente de teatro de pancarta. Foto: Rubén Ricardo Infante
    Constituye un ejemplo fehaciente de teatro de pancarta. Foto: Rubén Ricardo Infante

El Dorado, de Reynaldo Montero, es el título de la obra que  la Compañía El Cuartel, jerarquizada por Sahily Moreda, llevara a la sala El Sótano, una de las sedes donde se presentaron propuestas del XVII Festival Internacional de Teatro de La Habana, recientemente concluido.

Dicha puesta en escena constituye un ejemplo fehaciente de teatro de pancarta, que ilustra cómo los conquistadores contemporáneos, al igual que sus congéneres de los siglos XV y XVI, arriban de nuevo a las playas de nuestro archipiélago, y cómo los naturales, una vez más, perciben —con una mezcla de ingenuidad, esperanza y pavor— las nuevas ilusiones que se les vienen encima, y que no son capaces de prever o predecir.

Deviene una ingeniosa parábola acerca de antiguos (y renovados) “vecinos” que llegan de nuevo a nosotros ¿en plan de conquista o en “igualdad de condiciones”?: la añorada “tierra promisoria” que —sin duda alguna— somos, y que tanta ambición y codicia ha generado en colonizadores de todas partes del orbe, vuelve al centro dramático del novelista y dramaturgo cienfueguero desde la perspectiva lúdica y absurda diseñada por el ilustre escritor, actor y director teatral polaco Tadeusz Kantor (1915-1990), aunque muy bien condimentado con un gracejo e ironía muy criollos; rasgos que configuran la personalidad básica de ese mestizo único e irrepetible que vive, ama, crea y sueña en la mayor isla de las Antillas, el anhelado paraíso de los colonizadores de nuevo cuño.

El elenco actoral es de primera línea, y lo integran artistas escénicos que —desde las tablas— le muestran al auditorio que dominan los esenciales mínimos indispensables en que se estructura el arte teatral: el buen uso de la técnica dramatúrgica y del lenguaje verbal y gestual (muy a tono, por cierto, con la época que vivimos); conocimientos teórico-prácticos adquiridos en la academia y que se han ido consolidando gradual y progresivamente en la praxis teatral.

Por otra parte, los actores se encuentran en constante desdoblamiento escénico; contexto dramatúrgico en el que utilizan diversidad de voces e interpretan disímiles personajes, lo cual habla a favor de las capacidades histriónicas que poseen e identifican en el proscenio, y los obliga —necesariamente— a realizar un ejercicio intenso, difícil y agotador, pero que, al final, produce apetitosos frutos.

En El Dorado se funden en cálido abrazo ficciones y realidades. Ahora bien,   tanto el autor como la directora de esa agrupación, no utilizan ningún recurso nuevo…, pero con el talento que los caracteriza en el medio saben cómo extraerle el “aceite a la aceituna” mediante una atractiva puesta, que se apoya —fundamentalmente— en juegos lexicales, intertextos y citas, que les permite remontarse a los vuelos poéticos, los entresijos teatrales, los conflictos que enfrentan los actores, el director-tirano u otros “dolores de cabeza” que provoca tan sublime, y a la vez, ingrata profesión.