El Jazz Plaza 2018 elevó la varilla

El Jazz Plaza 2018 elevó la varilla

  • Por primera vez estuvo en Cuba lo más que vale y brilla del género jazzístico ahora mismo. Foto del autor
    Por primera vez estuvo en Cuba lo más que vale y brilla del género jazzístico ahora mismo. Foto del autor

Quedó demostrado, en la intensa semana que vivieron La Habana y Santiago de Cuba —sedes fundamentales del Jazz Plaza, la última de estas provincias por primera vez— que la cita aspira colocarse a nivel mundial como referente de la buena producción y quehacer jazzístico.

Los máximos responsables del encuentro, el Instituto Cubano de la Música y el Centro Nacional de Música Popular, de conjunto al Ministerio de Cultura, concentraron todo el esfuerzo en ese objetivo. 

El gran jazzman de Cuba, Bobby Carcassés, abrió el concierto inaugural en La Habana. Roberto Fonseca, joven y talentoso músico de escala universal, lo hizo en Santiago de Cuba junto a su grupo Temperamento.

Por primera vez estuvo en Cuba lo más que vale y brilla del género jazzístico ahora mismo. Gracias a la colaboración de las compañías disqueras Blue Note Records, Montuno Producciones e International Music Network, unidas a las entidades mencionadas, se concentraron los mejores intérpretes y agrupaciones norteamericanas del jazz.

Artistas de la talla de los reconocidos saxofonistas Joe Lovano y Ted Nash; la espectacular Dee Dee Bridgewater, el legendario pianista Randy Weston; David Amram, una leyenda viva del jazz; entre otros, causaron admiración en el público cubano, conocedor de la buena música y el espectáculo.

Igualmente del patio hicieron eco en esta magnifica velada musical una amplia y significativa gama de ejecutantes y orquestas jazzísticas y de música popular. Presentes el maestro Chucho Valdés y la Valdés Brothers; el propio Bobby Carcassés compartió escena con invitados de lujo, Alejandro Falcón; Yosvany Terry, Michel Herrera, César López y Habana Ensemble, Habana D´ Primera, Rumbatá; en fin… la lista es interminable.

Gracias a esto se alcanzó un significativo número de resultados, uno de ellos, el impacto positivo en el público, tanto el nacional como el foráneo. Todas las salas puestas a disposición de la cita, se abarrotaron. Era habitual ver desde horas tempranas en el lobby de cada una de estos espacios interesados en búsqueda de entradas.

Otro de los logros de especial relevancia es la unión de músicos cubanos y estadounidenses en un mismo escenario. Genial, estratégica y bien recibida la propuesta de ubicarlos en fraterno intercambio. 

Se abogó, y es de destacar, por la proximidad e integración del jazz y los músicos de ambas naciones. El acercamiento, desde la elevación en magnitud e impacto de la presencia y quehacer de los músicos del patio en los EU, y los de este país en Cuba, es otro de los caminos planteados.

El festival este año permitió eso, permitió la retroalimentación, actualización e intercambio entre los músicos de allá y de aquí, uno y otro mostraron interés por este contacto.

Es de esperar que de aquí deriven futuras colaboraciones. La voluntad es expresa: hay intensiones y deseos concretos  de ambas partes por fraguar proyectos. Pasar de la fe a la comunión expresa, a la homilía musical. Eso permitirá la inserción de los músicos cubanos en los más exigentes circuitos, visibilizarlos por derecho propio.   

De hecho la participación de las diversas luminarias jazzísticas en la cita es reflejo del fruto que, a pesar de los inconvenientes políticos dado el histórico diferendo entre las dos naciones, se viene recogiendo.

Ted Nash lo decía en conferencia de prensa: “el jazz es para unir a las personas y al estar en Cuba veo que la música y el jazz puede acercarnos”.  

Aspecto importante forjado también en el evento y que este año experimentó clara evidencia: la visibilización de las escuelas cubanas de enseñanza artística y el potencial desarrollado por estas en el relevo necesario que hará perdurar nuestro legado musical.

Se recordará por siempre a Joe Lovano tocando con la Orquesta Sinfónica del Conservatorio Amadeo Roldán y la Joven Jazz Band, dirigidas por el maestro Joaquín Betancourt en la Avellaneda: no daba crédito a lo que sus ojos veían, observaba anonadado a los jóvenes concertistas a su espalda, virtuosos, académicos, capaces de leer en el pentagrama la más exigente pieza; a la vez tempestuosos y pródigos en la improvisación.

No puede dejarse de mencionar el evento teórico, cada año más abarcador y profundo. De lujo las clases magistrales, el abordaje de temas claves en la concepción y práctica de jazz, el homenaje oportuno a figuras e instituciones  referentes en el estudio de esta corriente musical.

Destacar los espacios habituales y los que se sumaron —Teatro Nacional  y sus dos salas resultó sitio propicio para este evento, los Jardines del Mella y otros— en esta edición, lograron acercar a miles de espectadores. 

Importante este puente cultural entre Cuba y EU, solidificada su estructura con la realización de este festival, más allá de estúpidas políticas. Es muestra también del interés cada vez más intenso del atractivo de Cuba como cultura y nación. 

Placer, nostalgia, alegría, asombro, son apenas algunas de las múltiples sensaciones vividas por los cubanos en la semana del 16 al 21 de enero 2018.

Los organizadores han ganado, para regocijo de nuestra cultura, un importante lugar en la promoción y divulgación del jazz cubano y la música popular en general.

Este Jazz Plaza, ya de por sí histórico, cultivó un fomento y línea ejecutiva que intensifica la aproximación y correspondencia entre las dos culturas, más allá de la resignación por la distancias. Ojalá que fluya por las mentes nubladas, como agua trasparente, la necesidad de regar el fruto que en sí constituyen nuestras culturas.