Escribir un poema humilde donde conservar intactos los recuerdos

Escribir un poema humilde donde conservar intactos los recuerdos

  • La poeta y narradora matancera Yanira Marimón
    La poeta y narradora matancera Yanira Marimón

Escuchaba la poesía de Yanira Marimón, dicha en su propia voz, en eventos que van socializando nuestras vidas, o la leía en grupos pequeños en alguna revista. De esa emoción comprendí que vivíamos experiencias parecidas, volcadas con afinación en algunos poemas donde emergía su rol de madre, que equivale a ser imbatible en la tormenta, y me decía “cuando la publique intentaré escribir sobre ella”. Y aquí me veo, dando testimonio de una manera nítida y profunda, de una manera directa y profunda de asumir el hecho poético,[1] donde se convierten en imágenes acompasadas el dibujo crudo y hermoso de una vida, debido a alguien que cree que el único criterio de una acción es su efecto último en la felicidad o infelicidad de una persona.[2] La suya es una poesía hilvanada a partir de la existencia del hombre cotidiano, y, aunque está hincada en la realidad, parece sobrevolar sobre ella como una nube, efecto que es logrado gracias a la eficacia y la mesura con que la cultiva, y a la presencia de lo alegórico en numerosos textos donde canta a la fugacidad de la vida y del valor de las maneras y objetos con que esta se manifiesta.

Tal condición posibilita que su aproximación se constituya en desafío desde el desengaño, el desengaño que puede llegar a lo sombrío,[3] o, si se quiere, sus poemas transmiten una calma interior, pero transida del fin, o de todos los finales, donde no están ausentes versos electrizantes y de una telúrica belleza:

Por qué justo ahoraque vamos dejando  atrás el tiempode ser jóvenes y bellos

encuentro tan hermosos

los cuerpos de los muchachos en flor,

la mirada irreverente de los otros.

Ahora que empiezan a salir canas en mi pelo

y la carne es menos firme,

menos firme mis piernas

corriendo delante de la muerte.

Cuando se escapan despacio

la lozanía de la piel,

el brillo de los ojos,

la altivez de la frente.

Ahora que empiezan a salir canas en mi pelo

y la carne es menos firme,

menos firme mis piernas

corriendo delante de la muerte.

Cuando se escapan despacio

la lozanía de la piel,

el brillo de los ojos,

la altivez de la frente.

Ahora que mi cuerpo comenzará a decrecer,

a buscar calladamente la tierra,

ahora que aprendo a olvidar,

a perdonar afrentas,

cuando las derrotas son menos tristes

y las victorias, más abrumadoras y sospechosas.

Cuando apenas logro llorar

y los finales parecen más ciertos,

más cercanos.

«Es normal», me dices,

pero he sentido miedo

cuando en el espejo

descubro un rostro extraño

que reconozco como mío,

cuando empiezo a aceptar, definitivamente,

este atroz y divino proyecto que es nacer,

transcurrir en el tiempo

hasta quedarnos tan solos,

tan dispersos y solos,

tan secos como esta pequeñahoja

que ha venido a morir en mi ventana.[4]

Es un poemario que comienza bien, con este un texto, elocuente, exacto para una apertura: no así  son desplegadas las maniobras del cierre, demostrándonos que son dos cosas diferentes ser autor de un grupo de excelentes poemas, y otra muy distinta ser el autor de un libro bien pensado, equilibrado, técnicamente discernido. Lo más difícil es aprender a organizar un libro, que sea justo y eficaz su cierre, que quede como racimo dibujado el libro, y no los poemas como frutos que, goteantes, a duras penas encuentran su lugar en el plano. Aun así la escritora alcanza lo que afirma en uno de sus versos: “escribir un poema humilde donde conservar intactos los recuerdos”.[5]

Poema que se multiplica de un texto a otro, donde se asume la filosofía de la fatalidad del mar como herida en el alma de los cubanos,[6] o el ascenso del filón sociológico hermosamente enlazado en la incertidumbre mutua de los grupos generacionales que pasan por lo exangüe de una economía:

Los amigos de mi hijo han empezado a marcharse, a habitar otros sitios bajo otro sol, otros lugares donde nunca será igual la intensidad de la luz.

Se marchan los amigos de mi niño como lo hicieron los míos cuando tenía tu edad. Y no sé cómo enseñarlo a entender las lejanías, el paso breve de los otros.

Los amigos de mi madre han empezado a morir, calladamente, a destiempo, como casi todos los eventos memorables, que suceden antes o después de lo previsto.

Se  mueren los amigos de mi madre como morirán los míos de aquí a algunos años. Y será igual, a destiempo, porque nunca son propicias las despedidas.

Mi madre y mi hijo se van quedando más solos. Hay algo que los junta a pesar del tiempo, la eternidad que se vuelve distante, menos creíble.

Los amigos de mi hijo han empezado a marcharse. Los amigos de mi madre han empezado a morir.

Y no sé cómo explicarles a ambos, y que lo entiendan, que los dos actos son una misma cosa.[7]

O asciende una memoria atrapada en un ansia sin fin, o lo que es lo mismo, un ansia deshecha, a veces provocada por la rebeldía adolescente de los hijos, la fragilidad del mundo puesta a prueba ante la fuerza poderosa, y de otra fragilidad, de la juventud. Poema expandido donde se enarbola a la madre como guardián, como guerrero de la familia, como algo que a ella pertenece, aun cuando no lo busque, cuando no desee desvivirse por ella.[8]

En este poemario, de signo confesional, la enunciación  directa y el lenguaje, llano y emotivo, van acompañados de una mirada sombría que recuerda la de los poetas románticos, y no pecaríamos de exagerados si dijéramos que hay una exaltación de lo sombrío, de lo sombrío que subyace en lo cotidiano. Nos entregan baladas para testimoniar el miedo[9] y la incertidumbre, dispuestas algunas de ellas a manera de acantilados, como la metáfora que la poeta suele proferir más de una vez: la afinación del miedo, probando que la poesía, como confesó alguna vez la Dickinson, es una concesión de Dios a una perdedora, algo exprimido a la verdad.

 

[1] Yanira Marimón. La fragmentada memoria. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2016.

[2]  Susan Sontag. Renacida. Diarios Tempranos, 1947 – 1964, Mondadori, Barcelona, 2011, p. 1.

[3]

 Cuando los hijos crecen y empiezan a perder la fe

es entonces que todo lo que construimos

a fuerza de cansancio,

el navegar de nuestra sangre agolpada,

la lluvia ascendente y súbita dentro del pecho

y la mentira que erigimos como verdad

para espantar el miedo y la desesperanza,

comienzan a perder sentido.

 

Ob. Cit., p. 41.

[4] Yanira Marimón. Ob. Cit, pp. 19 – 20.

[5] Ibíd., p. 42.

[6] Véanse los poemas “Desde una ciudad inerte”, pp. 44- 45, “Historia”, p. 52   “Cuando tenía tu edad ya era triste”, p. 55, “Agosto”, p. 68.

[7] Ibíd., p. 49. Véase también el poema “Día de celebración”, p. 56.

[8]Véase el poema “Mi madre y yo”, p. 79.

[9] La palabra “miedo” en el libro se repite 19 veces.