Estampas y elegías de El Indio Naborí

Estampas y elegías de El Indio Naborí

  • Nació el 30 de septiembre de 1922 en el habanero San Miguel del Padrón. Foto tomada de Radio Rebelde
    Nació el 30 de septiembre de 1922 en el habanero San Miguel del Padrón. Foto tomada de Radio Rebelde

Jesús Orta Ruiz, “El Indio Naborí” (1922–2005) es considerado el decimista cubano más importante del siglo XX y una de las voces ineludibles de la poesía hispanoamericana de todos los tiempos. Este 30 de septiembre se celebró el aniversario 95 de su nacimiento, fecha declarada en su honor Día Iberoamericano de la Décima y el Verso Improvisado.

El Indio Naborí nació el 30 de septiembre de 1922 en el habanero San Miguel del Padrón. El punto de partida de su vocación poética no podía ser otro que la décima y la improvisación pues creció en un hogar campesino donde se conservaban de las tradiciones y el folclore de origen hispano. En su adolescencia, Orta Ruiz comenzó a conquistar popularidad en distintas celebraciones y eventos, a la par que empieza a identificarse con el seudónimo de Indio Naborí, nombre que alude al aborigen que laboraba la tierra en oposición a los cantores populares que, en aquella época, se nombraban a sí mismos caciques. No conforme con el don natural de la improvisación, Jesús Orta Ruiz desarrolló una obsesiva pasión por la lectura de diferentes géneros literarios, cuestión que lo llevó al enriquecimiento de la clásica espinela, convertida ya en un signo de identidad nacional.

Naborí protagonizó en agosto de 1955, en el estadio habanero de Campo Armada, junto al poeta improvisador Ángel Valiente, un duelo de improvisadores conocido como “la controversia del siglo”. Ante miles de espectadores reunidos en aquel sitio, como no había sucedido ni ha vuelto a suceder en la historia del repentismo cubano, asegura el poeta e investigador holguinero Ronel González, Naborí hizo valer su hondura intimista y su magnífica afinación de juglar decimero, convirtiéndose en el más famoso improvisador cubano. Pero lo que realmente lo hizo trascender dentro de la décima cubana fue el haberle insuflado a la estrofa criolla la huella ineludible de su personalidad poética, algo que solo había logrado Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, el Cucalambé, en el siglo XIX.

También desde temprano Naborí se integra en el accionar político y revolucionario: en 1939 ingresa al Partido Unión Revolucionaria, en cuyas filas conoce a intelectuales como Juan Marinello, Mirta Aguirre, Nicolás Guillén, Manuel Navarro Luna y Raúl Ferrer. Comienza, además, sus labores como trovador y escritor radial en la emisora Progreso Cubano, actualmente Radio Progreso. En 1940 pone su canto y su popularidad al servicio de la Asociación Nacional Campesina, junto a los líderes agrarios Cordero y Antero Regalado, fecha en que obtiene también el Primer Premio en el Concurso “Tierra sin hombres y hombres sin tierra”, cuyos jurados fueron Emeterio Santovenia, Pedro L. Dorticós y Jesús Masdeu. Matricula por entonces en la Facultad de Administración y Derecho Público, pero no concluye los estudios para dedicarse al ejercicio del periodismo. Integra el cuerpo de redacción de un periódico clandestino donde coincide con Abel Santamaría, Jesús Montané, Raúl Gómez García y otros miembros de la Generación del Centenario. En 1954 recibe el Premio Único “República de Haití”, con el veredicto de Raimundo Lazo, Rafael Martina y Arturo Doreste.

El sentido intimista característico de la obra de Naborí prueba que su formación lírica no proviene de la décima espinela sino de la gran poesía española, debido a su amplio conocimiento de la mejor tradición poética hispanoamericana, asegura Ronel González a propósito de la celebración del aniversario 95 del bardo cubano. El elevado tono melancólico presente en sus “Elegías a Noel”, publicadas en Estampas y Elegías, de 1955, constituye mucho más que un desgarrador himno a su pequeño hijo fallecido, pues mostró a Naborí como la voz más auténtica de la décima nacional, capaz de apresar en sus testimonios de dolor una fibra lírica inusual. Con motivo de esta publicación, la revista Orto y el grupo literario de Manzanillo le rinden entonces un merecido homenaje.

El triunfo del proceso revolucionario en 1959 viene a ser una especie de catalizador de sus inquietudes sociales y políticas: su obra es ejemplo de esta compenetración que llegaría hasta los últimos días del poeta, fallecido a los 83 años, el 30 de diciembre de 2005.

Orta Ruiz escribe en el propio 1959 su primer canto a la victoria de la Revolución Cubana: “Marcha Triunfal del Ejército Rebelde”, mientras en 1960 aparecen sus libros De Hatuey a Fidel y Cuatro cuerdas. Además, la dirección de cultura del Ministerio de Educación le otorga el Premio al “Mejor Poema a la Victoria de la Revolución”, con un jurado compuesto por Andrés Núñez Olano, Enrique Labrador Ruiz y Enrique de la Osa. A partir de 1961 escribe artículos, crónicas, poemas y programas radiales y televisivos, mientras organiza y anima actividades culturales en apoyo a la naciente Campaña Nacional de Alfabetización. Es corresponsal de guerra en la batalla de Playa Girón y participa en la mítica reunión de escritores y artistas con Fidel Castro en la Biblioteca Nacional.

También Naborí es delegado al Primer Congreso de Escritores y Artistas de Cuba, fundador de la UNEAC y miembro de su Consejo Nacional. Participa en el Primer Congreso Nacional de Cultura y es asesor literario y artístico de la Escuela Makarenko. En estos años concibe, redacta y presenta a la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños el proyecto de crear la Jornada Cucalambeana, en Las Tunas, encaminada a exaltar la figura del poeta Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, así como a reanimar y preservar la cultura campesina. En las décadas posteriores el quehacer de Naborí es cada vez más comprometido con el proceso revolucionario y a la vez reconocido de diferentes formas: publica nuevos libros, recorre varios países llevando su obra y participa en eventos y simposios en varias ciudades del campo socialista y el resto del mundo. Incluso recorre Angola en los años de la guerra y es condecorado con diferentes distinciones, entre ellos la Medalla “Alejo Carpentier” y la Orden “Félix Varela” de Primer grado, conferidas por el Consejo de Estado, la distinción “Félix Elmuza” de la Unión de Periodistas de Cuba y la réplica del Machete de Máximo Gómez, otorgada por las Fuerzas Armadas Revolucionaras.

La crítica literaria enfatiza en el mérito de la fusión de lo popular y lo culto en la obra lírica de Orta Ruiz, pues el poeta no demoró en ensanchar el horizonte de su poesía con el ejercicio de las más variadas formas clásicas e incluso el versolibrismo. Por estos medios, su poética –aseguran varios investigadores– aparece en tres vertientes principales: campesina, social y autobiográfica. Su prosa, también reconocida y laureada, abarca diversos temas como prólogos, ensayos, estudios de tradiciones, folclore, literatura y, además, una extensa obra periodística publicada en diferentes medios.

En 1995 Orta Ruiz recibe el Premio Nacional de Literatura en reconocimiento a sus considerables aportes a las letras nacionales. En la entrega del Premio, el reconocido ensayista e investigador Virgilio López Lemus, aseguró: “Él le imprimió a su estrofa de preferencia nuevos aires estilísticos, superó el gastado canto del paisaje al modo cucalambeano, incorporó a la décima una libre y peculiar tropologización, una abierta elevación cualitativa de la estrofa cantada y una mejor vinculación entre las para entonces ya demasiado distanciadas décimas escritas por poetas de notoriedades nacionales o internacionales o repentizada (de la oralidad) por poetas populares muchas veces anónimos. Con Orta Ruiz apareció el poeta que propició la conjunción entre lo «culto» y lo «popular», el necesario «puente» que viniera a dejar muy claro que la tradición de la décima cubana es una sola manifestada por diversas vías, calidades e incluso soportes expresivos tan variados, que aún hoy día sigue evolucionando”.

A inicios del presente siglo es nominado por la Facultad de Filología de la Universidad de Oviedo, junto al Instituto de Literatura y Lingüista de Cuba y la Universidad Camilo Cienfuegos, de Matanzas, al Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2000, resultando uno de los principales finalistas. Entre su copiosa obra vale destacar, además, libros importantes en la historia de la décima cubana: Guardarraya sonora (1939), Bandurria y violín (1948), Estampas y Elegía (1955), Boda Profunda (1957), Sueño reconstruido (1961), El pulso del tiempo (1966), Cantos breves (1978), Dos estilos y un cantar: El Indio Naborí y Chanito Isidrón (1982), Al Son de la Historia. Poemas patrióticos y políticos (1986), Entre el reloj y los espejos (1989), Viajera Peninsular (1990), Con tus ojos míos (1994), Desde un mirador profundo (1997), La medida de un suspiro (1999), Esto tiene un nombre (1999), Décimas para la historia. Poesía oral y escrita (2000), Eros en tres tiempos (2000), Cristal de aumento (2001) y Epigramas de Juan Claro (2004).

En su “Canto a la décima criolla”, uno de sus poemas más conocidos y antologados de su extensa producción poética, Naborí concibió líricamente una de las mejores definiciones de la décima criolla como síntesis de cubanía y nacionalidad. Del poema es el siguiente fragmento inicial, a manera de homenaje al género poético y al bardo Jesús Orta Ruiz, El Indio Naborí, en sus 95 años: “Viajera peninsular/ ¡Cómo te has aplatanado!/ ¿Qué sinsonte enamorado/ te dio cita en el palmar?/ Dejaste viña y pomar/ soñando caña y café/ y tu alma española fue/ canción de arado y guataca/ cuando al vaivén de una hamaca/ te diste a El Cucalambé”.