Gabo: Cuatro años de soledad. Su vida en Zipaquirá*

Gabo: Cuatro años de soledad. Su vida en Zipaquirá*

  • Gabo: cuatro años de soledad, su vida en Zipaquirá es el nombre del texto que recoge las vivencias del Premio Nobel en esa ciudad. Foto: Alejandro Cardona
    Gabo: cuatro años de soledad, su vida en Zipaquirá es el nombre del texto que recoge las vivencias del Premio Nobel en esa ciudad. Foto: Alejandro Cardona

Hasta hoy, la trayectoria intelectual y espiritual del laureado escritor y periodista Gabriel García Márquez (1927-2014), Premio Nobel de Literatura, se ha concentrado, fundamentalmente, en Bogotá, Barranquilla y Cartagena, incluidos los pasajes parisinos, barceloneses y mexicanos.

Visto desde una óptica subjetiva por excelencia, pareciera que fue en alguna de esas ciudades donde “el señor de Aracataca” se hizo y creció como escritor. No obstante, los biógrafos del eminente intelectual colombiano han sido injustos con Zipaquirá, ciudad famosa —a escala universal— por su fabulosa Catedral de Sal. Hasta el escritor inglés Gerald Martin, el más exhaustivo biógrafo de Gabo, transita con ligereza e imperdonables equivocaciones por sobre esa etapa, no solo vital, sino también esencial, para la gloria que acompañan a García Márquez, y por extensión, a Colombia, donde nació y creció desde los puntos de vista profesional, humano y espiritual.

Pero, en verdad, Zipaquirá, que es el último en el abecedario de más de mil  municipios de Colombia, es el primero en “materia del Nóbel”, porque fue allá donde descubrieron, le dieron forma a su talento y lo consolidaron como escritor.

A García Márquez le tendieron la mano y lo impulsaron para que dejara el dibujo y las coplas mamagallistas y ascendiera a la prosa literaria. Lo dirigieron y moldearon sus grandes dones, que encaminaron sus pasos hacia la gloria.

Luego de su nacimiento y crecimiento literario en la Ciudad de la Sal, esta quedó anónima, a no ser para que cuando la relacionan con el Nobel, es solo para decir que él sintió allá mucho frío y soledad, pero nada más. Sin embargo, en Zipaquirá, la calidez de quienes lo acogieron de 1943 a 1946 en el Liceo Nacional de Varones (por entonces el mejor de Colombia), compensaron el frío que tanto lo hizo sufrir, y de autor de coplas, hicieron de él uno de los grandes escritores del orbe. Es bueno recordar que desde el Siglo XVIII, en Zipaquirá reinaba la literatura, al punto de ser una ciudad con alma de centro poético-literario.

La tarjeta de identidad de Gabriel José de la Concordia García Márquez no era de Aracataca, ni de Barranquilla, ni de Sucre, ni de Bogotá, ni de ninguna otra ciudad, era de Zipaquirá. El nació físicamente en Aracataca, pero literariamente en Zipaquirá, ciudad donde su profesora de Literatura, Cecilia González, “la manca” (intelectual de esa ciudad), el ilustre poeta Carlos Martín y otros profesores y compañeros, lo convirtieron de coplista y dibujante, en escritor.

García Márquez, escribió: “A mi profesor Carlos Julio Calderón Hermida fue a quien se le ocurrió esa vaina de que yo escribiera”. Y también, “todo lo que sé, se lo debo al bachillerato”.

Un relato exclusivo para la revista Anda registra la llegada de Gabo a Zipaquirá, y que forma parte de la historia que el escritor y periodista Gustavo Castro Caycedo rescató del archivo mnémico de 83 testigos, (30 ya fallecieron), para escribir el libro Gabo: cuatro años de soledad, su vida en Zipaquirá, publicado por Ediciones B, Grupo Zeta.

Después de un largo viaje en barco y en tren desde donde pudo admirar el paisaje que caracteriza al hermano país suramericano, apareció la primera imagen de ese trozo de Colombia sobre el que no sabía nada, y donde habría de permanecer cuatro años de su vida, descritos hoy en Gabo: Cuatro años de soledad.

Había llegado a Zipaquirá luego de su salida desde Barranquilla por el río Magdalena y luego en tren hasta el centro del país, donde estableció amistad con otros jóvenes costeños, como él, alegres, fiesteros, que traían una guitarra que sabía sonar a vallenatos y a boleros, y la persona que hacía vibrar sus cuerdas interpretaba a la perfección.

El gigante de hierro estaba en Zipaquirá, donde —paradójicamente— lo primero que vieron en la Ciudad de la Sal, fue a las carameleras, vendedoras de dulces, que se abalanzaban contra las ventanas de los coches y sobre los pasajeros que continuaban  viaje hacia Nemocón.

Las vendederas de dulces blandían sus canastos repletos de atractivas golosinas no aptas para personas que padecen de diabetes, y gritaban: “caramelos, obleas; están fresquitas, sumercé”.

Lo otro que captaron las pupilas de Gabo, fue a una campesina que estaba frente a la plaza de ferias, junto a un burro amarrado sobre el que había fijado un canasto, pero no con dulces, sino repleto de yerbas aromáticas.

García Márquez no olvidó el sonido de la campana de la estación de Zipaquirá que anunciaba la salida a Nemocón, y el prolongado pitazo que emitió antes de partir.

Tal vez era un pasaje similar a lo que él había captado en Aracataca, cuando llegaba y partía el famoso tren amarillo. Y es posible que, ese día esto lo haya llevado a evocar la memoria de su abuelo, el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, con quien iba a esa estación; y a sentir que lo embargaba desde ese momento la nostalgia en esta ciudad plana, bordeada al occidente por una extensa cadena de cerros; que Gabo vio durante 1375 días (cuatro años), desde ese 8 de marzo de 1943, hasta el 6 de diciembre de 1946.

Y es entonces cuando empieza a desgranarse la galería de sucesos, tragedias, éxitos, amores, novias y amigos del Nóbel, en su propia novela en Zipaquirá, durante los cuatro años que vivió en esa ciudad, donde lo hicieron escritor.

*Versión libre del volumen Gabo: cuatro años de soledad; su vida en Zipaquirá, de Gustavo Castro Caycedo.