Giovanni Ozzola. Las rutas de la vida son las de la sangre

Giovanni Ozzola. Las rutas de la vida son las de la sangre

  • La idea de viaje lo lleva a considerar al hombre posado sobre el planeta Tierra, realizando el viaje infinito por el universo. Fotos tomadas de internet
    La idea de viaje lo lleva a considerar al hombre posado sobre el planeta Tierra, realizando el viaje infinito por el universo. Fotos tomadas de internet
  • La idea de viaje lo lleva a considerar al hombre posado sobre el planeta Tierra, realizando el viaje infinito por el universo. Fotos tomadas de internet
    La idea de viaje lo lleva a considerar al hombre posado sobre el planeta Tierra, realizando el viaje infinito por el universo. Fotos tomadas de internet
  • La idea de viaje lo lleva a considerar al hombre posado sobre el planeta Tierra, realizando el viaje infinito por el universo. Fotos tomadas de internet
    La idea de viaje lo lleva a considerar al hombre posado sobre el planeta Tierra, realizando el viaje infinito por el universo. Fotos tomadas de internet

Giovanni Ozzola es un artista joven nacido en 1982 en la ciudad italiana de Florencia. Su afán de mundo lo ha llevado a residir en Tenerife, la isla más extensa del Archipiélago Canario, frente al océano Atlántico. Isla de una orografía difícil, que por su estructura volcánica tan antigua resulta un paraje singular con un perfil topográfico tan irregular y escabroso que retrotrae a la visión del pasado en la formación del planeta.

Ozzola da indicio de situarse de ese lado del mundo donde el tiempo se retrotrae a lo más lejano, apartado de los lugares de las grandes urbes, en intricados parajes naturales, donde puede hacer declaración abierta de su ansia de infinito, según me parece intuir en su obra. Y tal vez no me equivoque en esa intuición. Él, como muchos antes, ha sido tentado de cruzar los mares, de sondear territorios desconocidos, impulsado por esa extraña inquietud que ha movido al hombre desde tiempos remotos de situarse en los límites, de traspasar los confines, detrás de los cuales todo es desconocido y acicate a la aventura del conocimiento.

Así se poblaron remotamente islas y nuevos continentes porque el mar no ha sido jamás barrera definitiva, sino aliciente para saltar a lo desconocido. Impulso vertiginoso del corazón a la imaginación enfebrecida.

Las emigraciones que hoy estallan socialmente en varios lugares no son nada extraño en la historia humana del mundo. Aparecen por todas partes. Remontan a decenas de milenios. Y lo seguirán siendo en el futuro. La movilidad es un signo humano. Ese, que a diferencia de los animales, no es de retornos cíclicos, pues donde el hombre arriba, allí se asienta, si el medio le es más o menos favorable. De lo contrario, continúa el viaje. Siempre hacia adelante.  La aventura es por encontrar mayor bonanza en un nuevo sitio, sin importar riesgos. Nuestra especie no ha temido en hacerlo y se instala en los orígenes desde mucho tiempo antes del surgimiento de los mitos recordados más ancestrales y primordiales.

No hay memoria que pueda dar fe de ello salvo los avances en los descubrimientos en el poblamiento del mundo hasta los confines más recónditos, en escalas relativamente breves de tiempo, que sorprenden por los miles de miles de kilómetros recorridos y la ganancia de asentamientos en nuevos territorios, cubriendo los paisajes más extremos y no solo los más favorables. Dondequiera se ha asentado el hombre ha construido mundos diferentes a la naturaleza en simbiosis con ella, por ser esta su gran campo de acción.

Hoy, las migraciones no se detienen, y luchan denodadamente por dar nuevos saltos hacia adelante. Los retrocesos son renuncias inaceptables. Y repito, inaceptables. La historia de los pueblos y la de los individuos lo atestigua a cada instante en el decursar de los milenios de historia conocida.

De nuevo la idea del viaje está presente en el imaginario de este artista italiano por nacimiento, universal por vocación. Esta vez, en su primera exposición personal entre nosotros, bajo el título Rutas de Sangre, expuesta en la sede actual del Museo de Arte Sacro, situado en la antigua Basílica Menor y Convento de San Francisco de Asís. En la ciudad portuaria habanera que jugara un papel de primer orden en el enlace de flotas entre el mar Caribe y la península ibérica desde mediados del siglo XVI.

Por eso no ha de extrañar la apetencia de viajes y la presencia de hélices entre sus obras. Signo universalizador de movilidad, de empuje, de fuerza indómita, capaz de mover cuerpos enormes. La primera vez que fueron presentadas sus obras entre nosotros ocurrió en una exposición colectiva junto a otros artistas internacionales, en la sede de Galleria Continua en el barrio chino de La Habana. La manera en esa ocasión de situarse en la pared hasta una gran altura, impedía leer los textos grabados a mano por el artista, sobre las hélices más alejadas. A mi modo de ver, el plano de la amplia pared representaba artísticamente el mar inmenso, sin límites, sobre el cual se situaban las hélices más adelantadas, las primeras en emprender el viaje, a las cuales sucedieron las más próximas al espectador. El muro era una distribución de los planos de las rutas en muchas direcciones si se trazaran las líneas imaginarias de enlaces entre ellas. Índice de los caminos del hombre hacia todas partes.

Ahora, renovada en su disposición y elementos integrantes, esa instalación toma el nombre de Constelaciones, deseos y miedo. Dispuestas las hélices en menor número, formando un encadenado en círculo, posiblemente indicador de un eterno retorno a la manera nitscheana, no por regreso sino por eterna permanencia de ese gesto humano, y lo angustioso de las nuevas y viejas travesías.

La hélice, en su cosmovisión, no es usada en representación de un momento histórico en los viajes. Es el signo atemporal de la energía de arrastre. La idea de razón y emoción están unidas en su metáfora del viaje infinito de cruzar mares y océanos, sin detenerse ante el peligro de lo ignoto. Porque lo imaginado y ansiado detrás del otro lado de las extensas aguas es más poderoso que el temor al peligro de las zozobras.

Asociado a los viajes está en él la sensación de soledad e incertidumbre, la fuerza del viento sobre las aguas y el rostro de los viajeros, frente a la inmensidad de una naturaleza indómita, siempre renuente a ser cabalgada sobre sus aguas. Las huellas de textos grabados con medios rústicos sobre la superficie dura del hierro o el acero son testimonios dejados por el artista para la memoria, registros de vidas pasadas y actuales, de sus anhelos y esperanzas, desplegados bajo los cielos soleados y estrellados, con ese sol y la luna permanentes sobre los viajeros como faros espirituales en sus caminos.

Las campanas, secundándolas en los pasillos del antiguo convento, claman la esperanza y la calma de la angustia en medio de la soledad y sordidez de sus pesados muros. Claman el salto indómito del espíritu por liberarse del encierro y animar el porvenir, presente desde el más remoto pasado humano. Sea el tañido de llamado a la liturgia religiosa, sea anunciando peligros en los mares o la llegada avizorada a nuevas tierras en el horizonte, en su serie Dust Printemps France.

El sonido está presente en esta exposición. Como evidencia el poema en el video Sin tiempo (Timeless), 2017, realizado por Jorge Díaz de Lozada y el propio Giovanni Ozzola. Es un poema sonoro sin palabras. Es el sonido a través de silbidos de un lenguaje conservado desde tiempos antiguos por los habitantes de la isla canaria de Tenerife donde ahora ha instalado el artista su residencia. Lenguaje sonoro de alto vuelo espiritual, reconocido patrimonio intangible de la humanidad por la Unesco en 2009.

Poema enunciado por un hombre solo frente al mar océano, de su profundo amor a lo desconocido por aun ver, a la infinitud inatrapable del horizonte y del tiempo. En una acción performática que escapa a la representación, para ser el signo de la vida humana confesando su admiración, sorpresa y temores, en una religiosidad consagrada a la naturaleza que la desborda. De ahí la exactitud del emplazamiento de esta exposición en uno de las edificaciones religiosas cumbres de la portuaria ciudad habanera, también proclive a no poder renunciar jamás a su vocación por el mar.

La idea de viaje lo lleva a considerar al hombre posado sobre el planeta Tierra, realizando el viaje infinito por el universo. De ahí tal vez provenga ese impulso y anhelo irrefrenable que hace seguir a las personas el rumbo de las estrellas, del sol y la luna sobre el cielo, en la búsqueda incesante de nuevas tierras a explorar, a donde llegar en su avance. Ese impulso de la energía cósmica puede que lo sienta Ozzola y no pueda eludirlo, como la humanidad en su conjunto no puede dejar de hacerlo hasta en su desconocimiento, en su viaje cósmico junto a las restantes estrellas, que tampoco se detienen desde el tiempo muy lejano, eterno, cuando en una explosión naciera el impulso indetenible del universo en expansión en el cual habitamos.