La consagración de Baracoa en la prosa de Carpentier

La consagración de Baracoa en la prosa de Carpentier

  • El natalicio de Alejo Carpentier se rememora cada 26 de diciembre.
    El natalicio de Alejo Carpentier se rememora cada 26 de diciembre.
  • Portada del libro.
    Portada del libro.

El 111 aniversario de Carpentier es una ocasión propicia para resaltar el reflejo de la realidad geográfica y humana en una época de ese terruño llamado Baracoa. Además, Vera, la protagonista principal de la novela, está inspirada en un personaje real, Magdalena Menasses, una emigrada rusa, que se asentó en aquel remoto lugar.

El 111 aniversario del nacimiento de Alejo Carpentier (26 de diciembre de 1904 24 de abril de 2015), ensayista, narrador y novelista, y Premio Miguel de Cervantes en 1977, puede ser ocasión propicia para resaltar algunos aspectos relacionados con este terruño que nuestro novelista mayor supo captar y reflejar en sus esencias.

Cuando uno ha nacido o vivido en la ciudad de Baracoa puede apreciar las veraces descripciones de rasgos esenciales que caracterizan a esta ciudad del oriente cubano y puede constatar en qué medida Alejo Carpentier atrapó fielmente la época concreta que aparece relatada en su novela La Consagración de la Primavera. La misma abarca un largo periodo histórico que se inicia en 1937, en uno de los hospitales de rehabilitación de heridos de las Brigadas Internacionales, y concluye con episodios de la Batalla de Girón en 1961.

Esta obra magna de Carpentier consta de 42 capítulos y, en cuatro (del 35 al 38), parte del escenario de la historia narrada transcurre en Baracoa. El capítulo 35 se inicia precisamente con una frase lapidaria de los momentos en que se narra: “Lo último”. Ya me lo dijeron. Esto es “lo último”, aunque haya sido, históricamente, la primera población fundada por los españoles en la Isla Primada, pero hoy postrera –dijo alguien.

A continuación se refiere a las características constructivas o arquitectónicas propias de la ciudad. “No hay mansiones de armorial en puerta, ni monumento venido de otro siglo. Ni las casas ni la iglesia parroquial siquiera tienen estilo. Nacieron así, a ambos lados de calles totalmente desprovistas de rasgos memorables, a la buena de Dios —valga decir— del carpintero o del albañil hasta que, derribadas por una tormenta o vencidas por los años, sean substituidas por otras nuevas que probablemente se parecerán a las anteriores, y a las que, mucho antes, desconocieron el lujo de un adorno, el realce de una amable cornisa, la gracia de un mascarón o la nobleza de un vaso romano alzado en la proa de una azotea esquinera”.

En mi novela Y miro desfilar mi vida abordo de esta manera el nacimiento de la ciudad: “El mar está frente a la ciudad. Gracias al mar nació la ciudad en aquel recodo del litoral. Hace varios siglos era una casa, después varias. Con el transcurso de los siglos le nacieron casas y más casas a la antigua ciudad”. La gente habita la ciudad. Si la ciudad respira, vive y crece es por su gente. No se concibe la una sin la otra, ambas se procrean y amamantan, forman una unión indisoluble más allá de la muerte. En realidad cada ser es como si fuera una parte vital de la ciudad. Historia y memoria de la ciudad y la gente, que se suceden desde los momentos mismos en que las primeras manos alzaron la pared o el muro de la primera casa, fortaleza o templo, para dar vida a la ciudad. La gente talla con su obra la imagen definitiva de la ciudad y ésta imprime su sello distintivo para configurar la imagen de su gente. El tiempo, con su magia telúrica, siembra de pasado, presente y futuro tanto a la ciudad como a su gente”.

En su novela Carpentier se refiere a dos monumentos históricos que se localizan en los dos extremos de la ciudad: “Dos fuertes, de construcción militar —el de la Punta y el de Matachín— dejaron, desde hace tiempo, de hablar de abolengo por la boca de sus piedras desencajadas y enfermas de salitre. Una larga playa triste…”.

Coincidentemente, en mi novela describo el fuerte de Matachín. Por cierto, cabe señalar que ahí radica actualmente el Museo Municipal de Baracoa, que se prestigia bajo la dirección del historiador Alejandro Hartman. “El castillo colonial parece un centinela en uno de los extremos de la ciudad. Se alza en un promontorio que destaca su imagen altiva y solitaria sobre el nivel del mar y los arrecifes. Sus vetustas paredes muestran las cicatrices dejadas por las guerras y las tormentas de los siglos. Sus murallas, almenas y cañones vigilaron el mar y contuvieron las arremetidas de los corsarios y piratas contra la ciudad. En sus fosos, celdas y pasadizos se derramó a ríos la sangre de criminales e inocentes, de gente mala y buena, que se precipitó a la muerte en un tiempo detenido entre sus muros. Constituye un enigma que hoy crezca un árbol frondoso entre las piedras de uno de los torreones de la fortaleza”.

Sobre la “larga playa triste” hube de referirme en el cuento Una noche de dos mundos, perteneciente al libro del mismo título: “Aquel era, hacía unos años, parte de la vía para ir al Club. Pero ahora se iba a través del playazo, entre el río por donde navegaban y el mar, del otro lado. Hasta el Club, todo era una larga lengüeta de playa que prolongaba un extremo de la ciudad. Primero estaba el caserío grisáceo y sórdido de la barriada de indigentes, luego un tramo de arena desierto de árboles de unos quinientos metros, cuya extensión era cubierta en las temporadas de verano, con esteras de tablones para que pudieran transitar los carros; después venía un terreno arenoso, pero firme, por el que se extendía la carretera en medio de hileras de altos árboles y almendros, uvas playeras, cañas bravas e hicacos. Al final, cerca de la desembocadura del río en el mar, se encontraba el Club”.

Carpentier continúa su relato sobre la ciudad: “…una larga calle mayor, cortada por otras menores que van a parar al mar, y es el mar en todas partes, el mar siempre próximo y metido en el olfato, de esta franja costera que en nada se diferenciaría de cualquier otra, si no fuese por la imponente y tutelar presencia del Yunque, mole rocosa, singular por su forma, hermosa en sus proporciones, cuya cima casi recta, obra de estereotomía telúrica, se alza en fondo de panorama sobre un vasto pedestal de verdores profundos que se alargan y difuminan en los otros verdores, más alzados y cambiantes, de las montañas circundantes”.

Sobre estos detalles topográficos, el mar y las montañas, de Baracoa, vale apuntar lo siguiente: Las cordilleras rodean a la ciudad. Le atrapan la existencia callada y humilde que transcurre entre paredes y techos que ascienden desde las costas hacia las terrazas. La ciudad se queda chica, un bultito apenas, entre la vegetación agreste que se desparrama bajo los contornos de las montañas altivas y descollantes. Las montañas desafían al cielo, sus picos imponentes se levantan con pretensiones de soles. La ciudad mira hacia arriba. Y las alturas unas veces se perciben lejos y otras parecen alcanzarse con las manos. La ciudad siempre mira hacia arriba. La cordillera siempre inclina su cabeza para mirar hacia la ciudad que queda a sus pies.

El mar está frente a la ciudad. Gracias al mar nació la ciudad en aquel recodo del litoral. Hace varios siglos era una casa, después varias. Con el transcurso de los siglos le nacieron casas y más casas a la antigua ciudad. El mar siempre es el mismo. Verde o azul plomizo, sereno o encrespado, acariciador o azotador de playas y arrecifes, abrazando al cielo en el horizonte lejano, ancho y enorme. El mar también empequeñece a la ciudad. Pero también le abre una puerta hacia el mundo. Es su liberación. El mar mira a la ciudad como a una hija que acuna en su regazo. La ciudad se lanza hacia el mar y otea el horizonte en busca de aventuras.

Carpentier también introduce en la novela aspectos de la vida cotidiana y las costumbres de la población, hace referencia al paseo provinciano en el parque triangular —única peculiaridad notable de esta ciudad, según recalca— y a la proyección de las películas en el cine único.

Un rasgo climático interesante que menciona es el de las lluvias, pues el territorio es quizás el más pluvioso de Cuba. Al respecto señala: “Y si llueve, lloverá sin tregua durante siete, ocho, diez días, sin violencia, quedamente…”.

Luego realiza una disquisición histórica. “¿Dónde estoy? No lo sé, como no lo sabía el Gran Almirante de Isabel y Fernando, cuando se asomó a las arenas negras de “Porto Santo” y acaso conoció los peculiares tibaracones de estas costas, dicen que allá a fines del año 1492…”.

Este fenómeno singular de la hidrografía, los tibaracones, lo describí en mi novela, en la forma siguiente: “El río se desploma desde las montañas, corre travieso entre las rocas, los barrancos y la tupida vegetación. Las aguas traen un rumor de voces ancestrales, telúricas. Los dos brazos del río rodean a la ciudad y forman un collar de perlas huidizas que la engalana. Los tibaracones son testigos del encuentro singular del río con el mar en los dos extremos de la ciudad. La gente dice que aquí el río muere en el mar. Pero también puede afirmarse que en este lugar transcurre una ceremonia natural de metamorfosis, en la que el río se transforma en mar. Y la ciudad conoce estos secretos, y las aguas del río y del mar son espejos que reflejan la imagen añosa de la ciudad, que no se cansa de vivir y aspira a eternizarse en sus pequeñas y grandes cosas”.

Resulta muy ilustrativo de la tipicidad baracoense, la descripción que Carpentier realiza sobre las creencias religiosas. “Y, en esta primera visita del médico, que no será la última, me entero de la graciosa rivalidad que alientan las gentes de acá entre tres imágenes santas: La Virgen de la Caridad del Cobre de la familia Frómeta, la Virgen de la Caridad del Cobre de la familia Cesar, la Virgen de la Caridad del Cobre de la Iglesia Parroquial, a la que por tener el semblante sonrosado, llaman —¿por qué?— la Virgen Catalana, afirmándose que ha sido traída de Barcelona y es, por tanto, un poco forastera…”. También hace referencia a las “obligadas reverencias a la Cruz de Parra —la misma que, según se decía, traída a la isla por Cristóbal Colón, hubiese sido usada, en sus primeras misas destinadas a los indios, por Fray Bartolomé de las Casas—”.

Hoy la famosa Cruz de Parra se exhibe en una vitrina situada a la izquierda de la entrada de la Iglesia parroquial.

Existen múltiples aspectos de la vida de la población baracoense que se reflejan en la obra, incluyendo aspectos históricos del pasado, así como aquellos más recientes relacionados con la visión de la insurrección revolucionaria que se libraba en toda Cuba, teniendo como centro la lucha en la Sierra Maestra.

Sin embargo, un detalle escapa a la narración fiel del triunfo revolucionario en el escenario baracoense, ya que no se toma en cuenta el hecho de que Baracoa fue liberada y el Ejército Rebelde entró a Baracoa el 28 de diciembre de 1958, y por lo tanto, la efervescencia relatada como ocurrida el primero de enero de 1959, en realidad había ocurrido días antes, aunque lógicamente también ocurriera celebración el día primero.

La protagonista de la novela arriba a una conclusión sobre su existencia y confiesa: “Yo burguesa y nieta de burgueses, había huido empeñosamente de todo lo que fuera una revolución, para acabar viviendo en el seno de una revolución. (Inútil había sido infringir el precepto de Gogol: “No huyas del mundo donde te ha tocado vivir…).

Finalmente debe señalarse que la protagonista principal de la novela, Vera, quien narra la historia en este escenario territorial, está inspirada en un personaje real, Magdalena Menasses, una emigrada rusa que se asentó en Baracoa y fue dueña de un hotel conocido por La Rusa, aún existente, y a quien todo el mundo conoció, hasta su muerte, como Mima la rusa.