La isla en peso: resonancias de un poema en los jóvenes autores

La isla en peso: resonancias de un poema en los jóvenes autores

  • Portada del libro La isla en peso.
    Portada del libro La isla en peso.

Nuestra isla comienza su historia dentro de la poesía y es en la poesía, donde encuentra su mejor definición. Aquí reside algo que puede aportar una visión completa de nuestra isla a medida que se conforma el corpus poético que la protege y la bordea. Porque la isla también es ella y sus relaciones con los bordes, espacios de los cuales se alimenta. La advertencia del poeta Roberto Manzano nos aporta la cosmovisión de esta temática, pues: “Antes de que Cuba fuera, ya la poesía lanzaba el vuelo de sus ramos flotantes sobre las olas. En el inagotable vaivén de la desesperanza, de pronto los ramos flotando, el vuelo de unas aves que cruzan los mástiles en lo alto. Lo que vino por el sur, y lo que vino por el norte, y lo que se arrimó de todas partes, viendo las primeras líneas verdiazules en la distancia”.[1]

Esa relación entre patria y poesía está estudiada en los tomos que Letras Cubanas acoge y que lleva por título El bosque de los símbolos, la cual “desea facilitar a los amantes de la poesía la posibilidad de contar con un texto que recoge lo más granado de nuestra tradición lírica, y la de contemplar la marcha colectiva de su imaginación de un modo operativo y sintético”.[2]

Esa tradición se va asentando a medida que los bardos amplían y redimensionan sus poéticas en los marcos epocales que le corresponden, a medida que cada nuevo texto se integra a un discurso insular, marcado por la condición de ser isla, de formar parte de los múltiples aportes que cada uno construye sobre el espacio mayor del cual formamos parte.

Estableciendo desde un inicio la importancia de Virgilio Piñera en el contexto del siglo XX, y las resonancias de su obra en los poetas que le continúan en el tiempo, hay que analizar de dónde parte la significación de su obra, marcando, por otro lado, la segmentación de este análisis en su poesía y, partiendo también de un texto que marca otros derroteros entre las visiones que sobre la insularidad manifestaron los poetas cubanos de este periodo.

La clara referencia a La isla en peso como el mejor representante de toda una vertiente que inició Piñera, y que se antepuso a las respectivas apreciaciones que sentaron otros, lo establece como un texto con una impronta mayor en el complejo campo de las letras dentro de la centuria. Esa contraposición de fuerzas, de visiones, es la que caracteriza los antagonismos entre Virgilio y los poetas origenistas, donde primó un sentimiento de plenitud, de conformidad, a lo cual es acertado agregar que: “Orígenes fundaba el mito de la insularidad y su destino; convencidos de que la poesía revelaba conocimientos independientes de cualquier disciplina de las ciencias naturales o sociales, sus miembros creían firmemente en esas posibilidades”.[3]

La isla es un espacio concluyente donde cada nuevo poema se incorpora con la duda de formar parte de una dimensión mayor, casi de carácter inabarcable. Si la isla era patria sonora de los frutos para Gastón Baquero, fiesta innombrable para Lezama, para Virgilio significaba presencia y denuncia, espacio de opresión para quienes la habitamos.

Esa furia por apropiarse en un texto toda una amplitud referida en cuanto a la isla es la que se condensa en La isla en peso, marca nuevos caminos que se bifurcan y en la misma medida se encuentran. Esas bifurcaciones son parte de las notables diferencias que acompañan los modos de concebir el hecho poético entre los más jóvenes representantes, mientras los encuentros se protagonizan con las referencias a las que aluden. En su mayor parte, la creación de los poetas cubanos que tratan el tema de la insularidad tiene una cercanía demasiado tentativa con la isla y con el peso que la soporta. Es como el fiel de la balanza, nunca de un lado u otro, sino en eterno equilibrio. Esa resonancia del poema es lo que lo convierte en un claro referente dentro de toda la vertiente insular de la poesía cubana, donde toda la tradición va a poseer ese carácter dialógico con la demarcación insular, los bordes marcan las pautas entre las cuales moverse. La isla es dueña también de misterios y temas que la signan en la medida que la fundan.

Varios investigadores han confirmado sobre los diálogos que establece La isla en peso y la manera en que irrumpe en un panorama marcado por el sentimiento de conformidad y sosiego, de paz en torno al agua que marca los designios de nuestra continuidad.

Sobre las resonancias de la poesía de Piñera hay quienes la consideran como una de las obras de menor trascendencia entre las nuevas generaciones. Al respecto cabe señalar que en un texto de la revista Unión, Pedro Marqués de Armas decía que, si bien Virgilio se inserta con cierto aire de familia al resto de los escritores del siglo, este no constituye, ni proyecta, la creación de una tradición en torno a su obra y que es, también “el escritor cubano que menos sombra proyecte”.[4]

Cabría preguntarse de qué manera Marqués de Armas define esta sombra, de la cual supuestamente pocos poetas jóvenes deciden cobijarse. Al detenernos en la creación de los bardos de las décadas del ochenta, el noventa, y los del 2000 hacia acá, hay demasiados puntos en común al tratar la temática insular y al promover una reconfiguración de la perspectiva virgiliana sobre el tema.

Y es que, en estos poemas está presente esa angustia ontológica, centro mismo de La isla…, hoy se cierne como eje confluyente, como reiteración y búsqueda en una buena parte de la poesía cubana actual, donde el tema de la isla es caro en asumirse como espacio de orden poético-simbólico.

Al asumir algunos de los patrones que sobresalen en este aspecto, irremediablemente hay que ir a las múltiples referencias a La isla en peso y si bien no deja de ser una propuesta tentadora la que establece el grado de cercanía de esta serie de autores con el universo o cosmovisión insular que patentó Virgilio, frente a otros criterios asumidos por Lezama, con la Teleología insular, al igual que Baquero, Eliseo Diego o la propia Dulce María Loynaz, quien sin defender una posición sí se interesó por encontrar una explicación al tema de la isla. En ella, al igual que en algunos escritores, esta imagen de la isla en el laberinto funciona como un reservorio al cual acudir para elaborar una comprensión de Cuba que ponga en marcha la construcción de una cultura nacional.

La presencia de la poética de Virgilio en las letras cubanas tiene su surgimiento en la propia década de los ochenta, momento a partir del cual se perfila un vuelvo en los modos de escritura respecto a los años anteriores. Esta generación rompe con ciertos cánones que caracterizaban la creación en el periodo, las reformulaciones de lo insular van a marcar otros caminos para los poetas de esta década, van a situar la imagen poética en otra dimensión, van a proyectar una independencia a cierto estilo que ellos mismo destronan. Con un texto de extrema lucidez como el titulado «Virgilio Piñera: una poética para los años 80», Damaris Calderón enumera los cambios operados en este aspecto y son: la réplica, la parodia, la ironía, la revisión de la épica, la aparición de un discurso gay. Es interesante agregar que esta generación ya asume la insularidad como un efecto negativo sobre las criaturas de isla.

Varios son los ejemplos que confirman la afiliación de las respectivas poéticas al discurso insular de Virgilio, en su poema El peso de la isla, Nelson Simón asume referentes muy marcados al autor que le hace homenaje. Con una clara reminiscencia al poema en cuestión, pues en ambos está presente esa ausencia de futuridad, esa condición absurda que la define como isla sin telos, según la caracteriza Enrique Saínz.[5]

La verdadera resonancia de lo insular virgiliano se remonta a la primera década del siglo XX, cuando toda una pluralidad de voces se integra a un discurso que encuentra en la temática de la isla el centro de su visión acerca de los hechos que nos definen y marcan las principales pautas sobre el espacio que habitamos. Pero esta búsqueda no parte de la única perspectiva de Piñera, sino que tiene antecedentes que van hacia el mismo inicio de nuestra poesía. Al ser Cuba una isla, considerada como tierras que están rodeadas de mar, donde sus habitantes establecen relaciones siempre mediante el mar, y el océano se convierte en la plataforma que los provee de todo vínculo con los demás, estas claves presentes ya en Espejo de paciencia, van a acompañar el recorrido de nuestras letras y su paso por cada espacio de la isla.

La diversidad de autores que están presentes en La isla en versos: cien poetas cubanos (Ediciones La luz, 2011) van a confirmar la presencia de un conjunto de poéticas que incluyen dentro de las mismas a lo insular como característico de esa necesidad ontológica de cada ser humano y en mayor escala, de los poetas, para encontrar una razón a todo lo que le rodea y lo envuelve. Resulta interesante revisar cómo la mayor parte de los poemas incluidos en la selección trazan puentes con poéticas de autores como: Dulce María Loynaz, José Lezama Lima, Gastón Baquero, Eugenio Florit, Virgilio Piñera, Eliseo Diego y otros.

La pertenencia y afiliación a las formas en que estos dejaron por escrito sus testimonios acerca de la isla y el espacio que ocupa en nuestra conformación de identidad, va a tributar a una cosmovisión total de nuestra condición insular. La imaginación nacional en función de fomentar una idea más abarcadora del cuerpo de la patria, y es que, como escribe René Coyra en el poema pórtico del libro «Hombre que vive frente al mar»: «cuando se escribe la palabra isla / se puede escribir maroma / reclamo de flores silvestres, de su olor, / paja y nube». O son como los «Si(g)nos» que desentraña Daniel Díaz Mantilla: «Serás patria del polvo: un puñado de tierra en la raíz apretada de algún sueño bajo cuya fronda pasen nuevas barcas». Estas barcas son las encargadas de pasear algún viajero que marca los destinos de su pueblo, que trae las noticias y marcha presuroso como un marinero errante. La isla es un puerto siempre. Sitio donde se reúnen sus hijas a recibir a los recién llegados, a despedir a los que marchan y no vuelven. A los que encuentran nuevas rutas.

El mar que rodea nuestra tierras es también nido de ciclones, nave de misterios, donde: «De nuevo el agua oye cantar / el abrazo de un amante sumergido». El salitre es buen aliciente para el amor y los cuerpos que se encuentran toman por asalto la noche en una costa cercana, mientras: «Crece el mar como la promesa de un tambor para la tierra».

La mirada dual y el juego con la poesía es lo que va a caracterizar a un texto como “Eliseo Diego habla al oído de Dulce María Loynaz”, donde Yamil Díaz expresa la posibilidad de un encuentro entre el autor de En la Calzada de Jesús del Monte y la de Jardín: “mi barba es blanca tu voz es transparente / este juego de agua no se puede acabar / sin que seamos felices el resto de los días / como dos personajes en un cuento de hadas / no por azar nacimos en una misma isla / sino para jugar en tu jardín”.

El poema Dejar la isla, de Norge Espinosa, puede funcionar también como uno de los testamentos que sobre el tema se han escrito. Aunque la forma de significar la separación sea otra, hay un sentido de la negación y la incertidumbre que tributa a ese cuerpo insular, conforme con lo que había escrito Piñera en 1943: “Dejamos, pues, la isla / geográfica y sedienta que el amor no enardece / sino con su silbo en la estación más triste / donde el único poema parece ser el agua”.

Con la convocatoria de Ediciones La Luz se comprobó la confluencia de voces que abordan el tema de la insularidad en su poesía desde diferentes perspectivas. La isla y su sentido de ser tierra rodeada de agua por todas partes atrae a quienes sienten el influjo de escribirle un poema a su espacio, con este texto contribuyen para darle un sentido total que permita apreciarla en su magnitud real.

La isla en peso, como texto fundamental, tiene en los jóvenes representantes de la poesía cubana el sentido de una brújula insular. Los rumbos nos llevan a espacios de angustia, de inconformidad. Trazan puentes que conectan los intereses del catálogo autoral con la poética de Virgilio, donde esta funciona como el efecto de la piedra en la laguna: genera ondas que se expanden.

[1] Roberto Manzano: «El diálogo infinito con las aguas», La isla en versos. Cien poetas cubanos, Ediciones La Luz, 2011, p. 9.

[2] Rubén Ricardo Infante: «Un bosque para símbolos poéticos», La Siempreviva, no. 13, 2012, p. 88.

[3] Juan Nicolás Padrón: «Virgilio Piñera: el agua por todas partes», www.revistasexcelencias.com/fr/excelencias-turisticas/playa-sol-y-mucho-...

[4] Pedro Marqués de Armas: «Relato Piñera», Unión, no. 47, 2002.

[5] Cfr: La poesía de Virgilio Piñera: un ensayo de aproximación, Letras Cubanas, 2001.