La mejor tradición cultural de las escuelas musicales de EE.UU.

Orquesta del Conservatorio de Bard College

La mejor tradición cultural de las escuelas musicales de EE.UU.

  • Presentación del colectivo en el teatro Tomás Terry, de Cienfuegos. Foto del autor
    Presentación del colectivo en el teatro Tomás Terry, de Cienfuegos. Foto del autor

No será al punto desmedido de exigencia del tiránico profesor Terence Fletcher en la película Whiplash, aquel que aseguraba: “no existen dos palabras más dañinas que decirle a alguien buen trabajo” en ese excelente drama sobre la relación de sojuzgamiento mental a sus alumnos por parte del mejor profesor de la mejor academia musical de los Estados Unidos, pero sí es muy elevado el rigor en el estudio y el compromiso planteados a los educandos de los conservatorios norteamericanos.

Son proverbiales los años de entrega absoluta al estudio del arte sonoro y el gran interés personal en el desarrollo de su formación musical por adolescentes y jóvenes consagrados a dominar sus instrumentos al grado de la perfección. La combinación se cierra con un excelente claustro caracterizado en dichas instituciones académicas por su estabilidad, unido a y la posibilidad constante de intercambio de los colectivos en plazas de su país y del resto del mundo.

Estados Unidos constituye uno de los epicentros mundiales de las escuelas de músicas. Varias de las diez más completas se encuentran ubicadas allí, encabezadas a escala global por el Berklee College of Music, de Boston; y el Cleveland Institute of Music, de esa ciudad; así como el Curtis Institute of Music, de Filadelfia; la Jacob´s School of Music de Indiana y la Manhattan School of Music; The Julliard School, la Eastman School of Music y el Bard College Conservatory, los cuatro neoyorkinos y la orquesta del último presentada en el teatro Tomás Terry, como primer punto de una gira por varias ciudades de nuestro país.

En cuanto constituye otro acierto de la agencia Classical Movements junto al Instituto Cubano de la Música (ya son cinco agrupaciones norteamericanas, corales o filarmónicas, en actuar en la principal institución escénica de Cienfuegos durante poco más de un año), el recital local convenció a los espectadores, en virtud de la probada calidad de la propuesta.

Los talentosos noventa estudiantes de la Orquesta del Conservatorio de Bard College, dirigidos con eficacia por el maestro Leon Botstein, arrancaron con la Obertura a Guillermo Tell (1829), del italiano Rossini, según la obra homónima de Schiller (1804). Fragmentada en una tetralogía de segmentos independientes de movimientos contrastados (lento, rápido; lento y rápido) el drama operístico del denominado Cisne de Pesaro es asumido mediante precisa fidelidad por concertistas capaces de concederles el valor dramático y musical al violonchelo en el área apertural, antes del arrebatador crescendo posterior al cual se vuelcan con entusiasmo mayúsculo, de la imbricación corno inglés-flauta travesera de la tercera parte y del electrizante estallido postrero a galope de trompeta.

 A continuación interpretaron la sinfonía Mathis el pintor, escrita por el compositor germano Paul Hindemith entre 1934 y 1935, solo estrenada cuatro años más tarde en Suiza a causa de la estigmatización al creador implementada por la maquinaria de propaganda nazi como consecuencia de justamente de esta recreación musical de la figura de Matthias Grünewald, pintor (1470-1528) recordado en lo fundamental por ante todo por su monumental políptico de la abadía de Issenheim.

La ópera se estructura en tres movimientos —Concerto angélico, Sepultura o Santo entierro como también se le conoce y La tentación de San Antonio—, cada uno de los cuales corresponde a una tabla del retablo de Issenheim. Los del Bard College son consecuentes en la observancia fiel de la configuración armónica de la ópera, a partir de una polaridad mantenida por la relación tritonal de sol, re bemol y do sostenido.

Luego del intermedio, pudieron escucharse los acordes de Sinfonía no. 2 en Re mayor, Op 73, compuesta por Brahms en 1877. Volvería a registrarse en el teatro la explosión jubilosa de un trabajo que contagia amor a la vida, al exudar jovialidad, alegría, optimismo, sosiego espiritual… Estados de ánimo, sentimientos traducidos de la manera más expedita por la partitura de Leon Botstein y respaldados por la energía necesaria de los muchachos para una empeña demandante a grados semejantes de resistencia y complicidad

La Orquesta subrayó los rasgos intrínsecos de los cuatro movimientos sin perder en ningún momento el norte de conferir la unidad compositiva precisada por la partitura.

Lastimosamente, gran parte del público presente en este momento cultural excepcional del año en Cienfuegos estuvo conformada por extranjeros, y la presencia de adolescentes y jóvenes cubanos fue escasa, no obstante la existencia en la ciudad de una Escuela de Arte, con un Departamento de Música. Estas oportunidades no deben ser desperdiciadas, cual base retroalimentación de nuestros educandos de la especialidad u otros.

La Orquesta del Conservatorio del Bard College no solo es legataria de las mejores tradiciones de ese tipo de formato e institución, sino continuadora en la contemporaneidad de esa cultura norteamericana que ha irrigado de esplendor al mundo en la música, las artes, la literatura y otras expresiones: o sea, la genuina gran cultura estadounidense, despojada de demagogia, discursos subliminales e intenciones aviesas, edificada desde los magnos pilares del arte. Bañarse de sus aguas siempre engrandecerá el espíritu. El Terry es uno de los espacios privilegiados de la nación en permitir relacionarnos con esta, dentro del apartado musical. Que el público pase de esta posibilidad deviene acto de miopía inconsecuente con la madera culta del espectador cienfueguero.