Lección de biología o el cuerpo de una rana jamás despertará de la mesa de trabajo

Lección de biología o el cuerpo de una rana jamás despertará de la mesa de trabajo

  • Edelmis Anoceto fue ganador del Premio Calendario, correspondiente al año 2000, en poesía.
    Edelmis Anoceto fue ganador del Premio Calendario, correspondiente al año 2000, en poesía.

Libro del buen dolor (Edelmis Anoceto, Letras Cubanas 2013), tiene delante al hombre sentado sobre lo que queda de la ciudad, y él solo mira las estrellas, una lluvia. La imagen es en negro, gris, y distintos destellos de blanco, que se desperdigan por casi toda la imagen creando una especie de intención móvil, sin lograrlo.

Este libro está dividido en cuatro reinos. “Castillo de If”, donde las cosas comenzarán a desestructurarse a tal punto que Edelmis intenta artificar el lenguaje académico introduciéndolo en los versos; “Nihilismos”, en realidad un poema muy largo que concierne a una serie de aforismos, encontrados o no, que van construyendo un continuum muy orgánico en la doliente subjetividad de este hombre que mira sin mirar los astros; “Libro del buen dolor”, un amasijo y más de sitios lúgubres donde no es por sentir el latido en plena noche que el corazón se mezcla inevitablemente con la tierra, retando así al lector que debe ir contra el tedio que causan ciertos días; y, “Mi cuerpo está enterrado en Santa Clara”, donde Edelmis aprieta el lenguaje de la prosa poética logrando instantes distintos y precursores, quizá de una visión más allá del dolor y de lo que provoca.

Aquella parte de la ciudad, que salva, es solo un muro lo suficientemente largo para sostener al hombre; no se sabe a la altura que divisa las estrellas, lo cierto es que las nubes no están. El hombre no tiene ningún cuerpo que le obstaculice presenciar la lluvia cósmica que sucede. Pero la imagen tiene un detalle, casi insignificante, el hombre no mira a las estrellas, sino hacia abajo. Tiene delante uno de los eventos más raros del cielo, pero no tiene interés en observarlo, ni siquiera las rutas de ideas que provocan las estrellas cayendo del cielo.

Sin embargo, este poeta juega a su propia disminución (virtud contraria de todo relato heroico) cuando el nihil ocurre y él mismo desaparece en las líneas aforísticas. A veces, casi explicando: Preciso no será comprender. A veces explotando símbolos culturales por la vía de la lucha a muerte con el otro: Lo peor de la vida es tener que agenciarse un territorio. Muchas veces, acariciando el “territorio” que el aforismo otorga cuando la corrupción es consustancial a la materia, y emerge cierto dejo filosófico, encaprichado en mostrar lo que de verdadero tiene el dolor del poeta.

Por su parte el tercer reino, va en vías de asentamiento. “Libro del buen dolor” ocurre con una fuerza que interesa, donde el lector puede acomodarse. Son textos que necesitan algo indefinido entre el silencio y la meditación y uno tiene la impresión de que en algún momento saldrá de ellos algo muy parecido a la satisfacción.

El cuarto reino es el reino de la imagen, de la estancia, de un suceder místico, no puede cuartearse sino es en Santa Clara, desde el título, que propone un cuerpo lejos de todo, encerrado en la tierra, donde se nota una pulsión distinta. Y es ese poeta quien más me atrae, pues su percepción, su vuelta a un origen que olvida las reglas y no se desespera cuando tiene más palabras de las que debería. Vale bien el viaje por los sinuosos caminos anteriores para llegar a esta especie de epifanía demorada que no sujeta, pero tampoco abre, sino que emulsiona, nace. Un fragmento:

Estoy habitado, pero no puedo reverenciar a aquellos que mal viven la podredumbre de mi corazón (…). No puedo reverenciar, es una enfermedad que sube por mis arterias. Todo este desvío hacia el mundo ha sido mi labor y mi sobrevida.