Los muertos nos hablan de la vida

Los muertos nos hablan de la vida

  • Marcial Gala, poeta, narrador y ensayista.
    Marcial Gala, poeta, narrador y ensayista.

A las cinco y media de la tarde, Sia rompe los tímpanos con: “I don´t wanna die!”, que debe haberlo escuchado hasta el ángel sordo; y sé que esta no es una manera convencional de comenzar a escribir sobre un libro, que debiera ofrecer una estrategia discursiva acorde a la seriedad con que asumo la lectura, y que a pesar de que existe una especie de histeria vecina (risotadas que traspasan toda convencionalidad), el libro (cada uno) necesita de ese acuerdo tácito que existe entre lector y autor cuando se toma en serio cualquier página.

La tarde ha dado muestras de estar en contra de cualquier necesidad fuera de la casa (no existe un momento más agradable para leer o escribir); el cielo se ha tornado gris, un gris independiente; un perro ladra (un perro vecino que ha descubierto al gato vecino rondando por su territorio) desesperado contra el aire (el aire también puede ser ese gato vecino que ha descubierto que puede pasar por el territorio del perro vecino con total impunidad). El aire dentro del cuarto se ha cargado innecesariamente, su densidad “va en aumento”; cuesta respirar. Termina Sia y otra Sia continúa. Es más alegre, habla de la esperanza con un ritmo más pegajoso, más alejado de la densidad del aire que respiro dentro del cuarto.

He terminado de leer un libro macroscópico. Quizá por su atención a la inmortalidad es que pienso en el hombre, el hombre filosóficamente mirado. Y partir del erotismo que provoca la idea del hombre en el infinito, el hombre como una idea ausente de temporalidad, pienso fuera de contexto los cuentos que he leído de Marcial Gala. Antes de Necrofilia (Ediciones Mecenas 2015) —libro en cuestión—, me había enfrentado a su Premio Carpentier y luego Premio de la Crítica: La catedral de los negros. No voy a negar que esperara que su táctica narrativa viniera por los mismos cauces que encontré en la novela. Algo entramado entre lo testimonial y el policíaco, una historia tan confeccionada que acabara por dejar al lector en un estado casi efervescente; y en ese estado, lograr que sus personajes fueran recordables como algunos de Carlos Montenegro; pues a partir de una violencia despreocupada de ser admitida, Marcial Gala alcanza una concreción inusitada. Sus personajes (los de la novela) adquirieron para mí, un perenne estado de sitio, una melancolía que solo la pobreza es capaz de construir, pero al mismo tiempo, honrados solo consigo mismos (o bajo la presión del testimonio), totales al lograr su espacio dentro de la historia (de la novela). En algunos momentos La catedral de los negros logra ser muy vívida —en tanto que es ficción, escritura creativa—, porque las soluciones que propone Marcial Gala, para un final sin miramientos, son tan posibles como inverosímiles.

Pero Necrofilia no es una novela (por más que quisiera), es un libro de cuentos. Y es dónde Marcial muestra sus mejores armas. El cuento por su brevedad (y estos sí son narraciones breves) lo deja jugar con la historia. Y ninguna fórmula por semejante que parezca es repetida a cabalidad. Lo que le ofrece al libro una especie de percepción de velocidad entre los textos, pues cómo uno no sabe exactamente qué es lo que leerá a continuación (en cuanto a la forma del cuento), ávidos de desemejanza, nos internamos como un recién nacido. Solo al terminar, uno se percata que el núcleo ya lo había visto en otra parte, pero la manera en que llegó obliga a la relectura.

Para estos cuentos dispares en toda su extensión, Sia tiene un ritmo. La densidad del cuarto, su aire cada vez más cargado por la amenaza de una lluvia que también terminará con este texto, me saca de la portada de Necrofilia, la muñeca diabólica que defiende su entrada. Así, parece que para abrirlo habría que preguntarle a la güija cuál es su nombre o si quisiera “contactarnos” a través de la lectura de los cuentos de Marcial Gala. Todo bajo el ritual de las velas, su oscuridad, el tablón dibujado, la música a veces parca de Sia, el rumor de la densidad del aire, y el lento silencio de las teclas mientras recuerdo que en la desacralización también se encuentra la ironía.

Pues de la ironía muchas veces se vale Marcial Gala, sabiendo —claro está— que esta figura es una de las más difíciles de ofrecer, que quienes logran ironizar a esta altura (con dignidad y soltura), muestran un grado de solidez narrativa que le sirve para establecerse en los anales de la historia literatura cubana. Los cuentos divierten, con sus temas a veces bíblicos, partícipes de esa contractura que se logra cuando utiliza bien tanto personajes como pasajes de la biblia.

Porque uno ve a Marcial Gala y no imagina. La primera vez que lo vi, fue en la presentación de La catedral de los negros, aquella que se le hacen a los premios Carpentier y Guillén. Recuerdo sus palabras —si se tiene en cuenta que esta presentación acumula muchas, muchísimas vueltas a la noria, por parte de autores y presentadores, que se dan a hablar de su capacidad de asombro por más cual resultado que no esperaban, por la lectura de los causales estilísticos, experimentales y de certeza que doblaron la balanza hacia tal título—, luego de estar no muy expectante ante la compra: “nada, espero que les guste, que la terminen”.

Y bajo ese dictamen, cuando encontré Necrofilia, me di a terminarlo. No pudo ser más placentero. Hace tiempo no veía ese tipo de “seguridad” en la narración, donde no se pone en duda lo que te están narrando. Marcial Gala crea su universo ficcional y en él se dispone a vivir. Lo que es muy sorpresivo siempre. Su narrador (en el espacio que se encuentre, sepa más o menos, quien sea) es conciso, sabe que el lector no tiene tiempo de leer lo que en realidad es necesario, y deja filosofar. Deja que el lector sea el hombre que mira por encima de la historia, no se preocupe por la historia, sino que atente contra lo que va haciendo en su historia.

Sia es la noche de la historia y es muy recomendable escucharla cuando leemos Necrofilia. Va de un grado a otro condensando y aligerando el aire. Este libro, no necesita de implementos —esos que sirven de mediadores con la realidad espiritual: güijas, imanes, cámaras especiales, un equipo diestro en sombras, un diccionario, nuestra meditación para saber dónde nos encontramos cuando leemos— para entender a los muertos, los muertos allí van contaminándolo todo, como si fuesen todos poetas, y no necesitaran de la empatía de la oreja ni del amor de los ojos. Tan variado es, que va tocando por dentro el alma.

Necrofilia, también me deja una pregunta: ¿acaso los que leemos, aquellos que buscamos en la historia, en los poemas, en las ideas, en las realidades dejadas por otros, no somos amantes de los muertos? ¿No participamos de esta parafilia cada vez que abrimos un libro sea antiguo o nuevo? ¿Si por los años ochenta no se certificó, por el francés, la muerte del autor? ¿Eso que leemos no viene también del territorio de la muerte?

Yo sé que “minar de realidad” de lo que supone el texto, y más un texto como este, que intenta hacer visible la literatura cubana por sobre todas las cosas, es jugar un poco con la densidad del aire que no abandona mi cuarto, aunque la lluvia no acabó por caer, los vecinos hayan callado (imagino que el dolor de mandíbulas se haya acrecentado), el perro vecino se resignó a ver pasar su archi-enemigo el gato vecino, Necrofilia vaya a parar a mi estante de libros reservado solo para aquellos a los que volveré (tiene espacio entre Rapunzel y otras historias y Hombres sin mujer), Sia termine ronca con su: “I’m survive, I’m still breathing, I’m alive!”, en la noche, la hora justa en que vi llegar a Lídice con sus muertos y sus rosas, la piel translúcida, mientras María (que le gustan los negros) no dejaba entrar a los ángeles enviados a su vientre por esperarte a ti que no regresabas, a Nicanor que no lo salva Emma (la gorda) por estar viajando terriblemente entre los cuerpos.