No me hables del cielo. Un José Martí humano

No me hables del cielo. Un José Martí humano

  • La autora perfila el personaje de Doña Leonor, como la típica mujer cubana. Foto tomada de internet
    La autora perfila el personaje de Doña Leonor, como la típica mujer cubana. Foto tomada de internet

Después de una placentera lectura del volumen No me hables del cielo, de Dulce M. Sotolongo publicado por la editorial Letras Cubanas, son inevitables estas líneas. Es justo decir que nos encontramos ante una literatura mayor, e intento hacerle una reverencia a la autora.

A diferencia de una gran versatilidad estilística, llena de ánimo artificioso por tratarse de tema y un personaje como José Martí, muy estudiado en nuestro suelo. La estructura de la novela es sencilla, sin pretensiones grandilocuentes. Y esta es sin duda, la mayor proeza del libro. 

Desde las primeras palabras se aprecia una candidez y cercanía en la descripción de sus personajes, que aunque la familia de José Julián Martí no es ajena para los cubanos, aquí aparecen muy bien diseñados, humanizados.

La autora perfila el personaje de Doña Leonor, como la típica mujer cubana, una mujer que vela y se preocupa por sus hijos tal como hacen las madres de nuestra isla. Se trata de una personificación tan bien lograda, capaz de involucrarnos en la trama de manera natural que vivimos y sufrimos los desvelos de la madre:

“Leonor se deshace de la manta y bebe un sorbo de agua para aliviar la sequedad de la garganta. Piensa en el peligro, en la ira de Mariano si comprueba que el hijo anda en esos asuntos de política. Es el único varón y el dinero apenas alcanza para comer. Le duelen las piernas. Está cansada, se deja caer en el borde de la butaca, apoya la barbilla en el alfeizar de la ventana y se frota los ojos irritados de tanto escudriñar la niebla”.

Sin embargo, aun contándonos el menoscabo constante sufrido por la familia, gracias a la refracción en sensibilidades exquisitas, la autora es capaz de degustar   en cada una de las situaciones, la íntima belleza que guarda esta gran historia y nos muestra el dolor con el lirismo, propio de la autora y yo diría, que matizado por el candor del personaje que la ha poseído:    

“―Cuida a tus hermanas, hija ―grita, mientras tira de la punta del chal y echa a correr porque él ha ido al teatro y sabe que el metal amenaza la entraña de su hijo. Lo siente en ese dolor que crece, que no la deja respirar porque es el mismo de cuando perdió a María del Pilar”.

Y del que no se alejará ni un segundo dentro de la trama. Creando así, una Leonor incólume al estereotipo. Una Leonor, madre, mujer, cubana. Con la cual es posible identificarse aun en nuestros tiempos.

Pepe y su padre, son también personajes convincentes. A lo largo de la trama se develan conflictos interiores con una rigurosa coherencia, todos los personajes disponen de una aptitud que los distingue y caracteriza dentro de su época.

La disyuntiva de Pepe, es narrada con vehemencia y esa sencillez, que aparece en  lo largo de la novela, validando gradual y magníficamente la obra: 

“Quiere trabajar para que nada le falte a su familia, pero desea partir a la manigua y se pregunta en un poema si le debe más a Cuba o a Leonor”.

Otra de las virtudes de esta novela, a mi juicio, poco difundida. Es la manera en que son cotejadas las acciones y la poética del personaje, el cual es cogido infraganti por la madre preocupada, mientras escribía su genial obra,  Abdala:

“Se abre la puerta. José Julián se pone de pie, intenta alisarse el cabello, compone la solapa de la chaqueta, bordea los bolsillos y no logra guardar el papel. Termina por estrujar la página donde ha escrito: El amor, madre, a la patria, no es el amor ridículo a la tierra. La torpeza de una arruga se insinúa en la frente de Leonor, ella está ahí para custodiar al adolescente cogido en falta. Él no sabe qué decir, cómo mirarle. Antes que el tiroteo, los gritos y esa dichosa libertad de prensa lo arranquen de sus ojos, lo abraza y dice: ―¡Vamos, pronto, vamos, hijo!”.

Esta historia de genuina humanidad, nos convoca a mirar al gran poeta, incrustado en la piel de un joven semejante a los de hoy, imperfecto y rebelde en plena confrontación, cuya lectura no es solo meramente placentera, también incita a tomar partido, “por el mejoramiento y la virtud del ser humano”.