Pisoteadas en El Cairo

Pisoteadas en El Cairo

  • Escena de la cinta. Foto tomada de Internet
    Escena de la cinta. Foto tomada de Internet

En La boda de Lucrecia, capítulo 4 de Los Borgia, teleserie histórica de la cadena estadounidense Showtime creada por  el británico Neil Jordan (Entrevista con el vampiro), la hija del Papa es casada por conveniencia con un ácido en forma de hombre, perteneciente a la poderosa familia italiana Sforza. La chiquilla de catorce años, único retoño femenino del controvertido Sumo Pontífice español Rodrigo Borgia, es desvirgada la noche nupcial casi con la misma saña con que ultrajan al personaje femenino central de Los pilares de la Tierra.

No hablemos de amor aquí, ni siquiera de sexo salvaje. Cuanto vemos en estas escenas del tálamo es la pura bestialidad déspota de un miserable quien cobra en la niña su odio a los Borgia y el desprecio por sí mismo. Mientras que el imbécil abusador la penetra y golpea una y otra vez, ella —todo llanto—, va contando las arremetidas, como si de ovejitas se tratase y le permitiesen acceder los números a un sueño capaz de olvidar el desmán del copulador, quien trastocó himeneo en Averno.

Eso pasó durante centurias en Occidente, en pleno corazón de la Cristiandad. La mujer noble siempre fue moneda de cambio para las cortes o dinastías de las cunas de la “civilización”. Las enviaban a naciones lejanas a compartir cama con un tipo de cuyas costumbres ellas nada sabían; a merced de sus antojos, debilidades, filias, fobias. Las de cuna pobre, por otro lado, eran violentadas cuando le venía en gana a señores feudales con derecho de pernada.

Y si al hoy nos vamos, en un país como la España del siglo XXI existe un mayor índice de violencia contra las compañeras del hogar que en cualquier nación del mundo “bárbaro”, felonía reflejada por su cine (Te doy mis ojos, et al). Estados Unidos, Francia e Italia son campeones mundiales de la extendida trata de blancas. Entonces, cuando uno se topa con estas películas “de denuncia” al sufrimiento femenino en el universo árabe, pone el “sigilómetro” en marcha, puesto que sí, realmente son preteridas, humilladas, desoídas, pero su duelo no solo acontece en el escenario musulmán. La historia oculta del dolor femenino en nuestro mundo aun está por contarse.

De Egipto, pantalla de la cual si nos olvidamos de lo hecho por el finado Youssef Chafine muy probablemente ninguno de sus melodramas ni intragables musicales será recordado en  los libros de cine, aterriza dentro el ciclo Mujeres del Medio Oriente, del Festival de Cine de Verano 2018, la producción Mujeres de El Cairo, estrenada en 2010.

Prolongadísimo exponente fílmico —135 minutos— en clave de culebrón televisivo con pinta “progre”, va sobre historias protagonizadas por representantes del sexo femenino, pisoteadas sin excepción por bandidos, lujuriosos o abusadores de cualquier estamento social.  

El director está diciendo que de la vesania masculina lo mismo pueden ser blanco allí tres infelices tenderas huérfanas que una bella y rica periodista televisiva parecida a Eva Longoria, quien tiene a Egipto en vilo gracias a su talk show. Dicho espacio audiovisual conducido por la comunicadora constituye el mecanismo de enlace del relato, porque nuestra Hebba, suerte de Oprah Winfrey del Nilo, arrastra al set a las perjudicadas con el propósito de narrarle al espectador, con pelos y señales, sus desdichadas hojas de ruta personales signadas por la presencia del tirano casero. Podría preguntarse el espectador ante tanta ignominia acumulada: ¿Habrá algún tipo bueno en El Cairo?

La valentía del filme al reflejar la misoginia patriarcal, el machismo, la indefensión de la hembra es notable; sobre todo si se tiene en cuenta que fue rodada previo a la caída del militarizado régimen de Mubarak, del cual sus aliados imperialistas aseguraban que era mucho menos extremista en el tema que sus vecinos de burka, prohibiciones, ablaciones y poligamia.

Sin embargo, su narrativa no resulta digna del discurso moral manejado, debido a su expresión rudimentaria, gradalidades tonales telefílmicas y esa nula capacidad de sugerencia manifestada en los fotogramas. Aquí todo se explicita, verbaliza e indica tanto como las señales de tránsito puestas para marcar los kilómetros restantes hasta llegar a un destino. La organicidad tampoco deviene elemento a favor de un filme disperso, donde a ratos el hilo de las subtramas no encuentra el hueco de la aguja central encargada de coser semejante picotillo textil. En otras palabras, la unidad dramática del filme.