Recuento de cosmogonías a setenta años de El reino de este mundo (II) Primera parte

Recuento de cosmogonías a setenta años de El reino de este mundo (II) Primera parte

  • Mackandal como síntesis de lo real maravilloso. Foto Internet
    Mackandal como síntesis de lo real maravilloso. Foto Internet

Hagamos un breve análisis comparativo entre los elementos históricos reales y fragmentos de El reino de este mundo[1], de Alejo Carpentier, y cómo se ejemplifica “lo real maravilloso” como simbiosis entre ambos. Tomemos a Ti Noel, protagonista y esclavo inicial de Monsieur Lenormand de Mezy, como guía de la historia “ficticia” y “verídica”.

Mackandal como síntesis de lo real maravilloso

Ti Noel participa en la confabulación de Mackandal y es testigo de su ejecución en 1758. Partamos viendo a Mackandal como síntesis inicial de “lo real maravilloso” en la novela.

“En América existió un Mackandal dotado de poderes licantrópicos por la fe de sus contemporáneos, y que alentó, con esa magia, una de las sublevaciones más dramáticas y extrañas de la historia”, narra Carpentier en el prólogo, y añade contundentemente: “América está muy lejos de haber agotado su caudal de mitologías” (p. 13).

De Francois Mackandal (1704-1758) ha quedado toda una mitología, con himnos y ritos mágicos, que aún se cantan en las ceremonias del vaudou o vudú haitiano. Durante la lucha inicial por la liberación de la esclavitud, Mackandal se ganó el puesto de líder del cimarronage en Haití, dados sus pensamientos abolicionistas, de igualdad de color y el afán de libertad.

Según mitos y transculturaciones, Mackandal perdió su brazo izquierdo en un accidente agrícola, cuando fue atrapado en una prensa de caña de azúcar y aplastado entre los rodillos. Entonces “el amo ordenó que se trajera la piedra de amolar para dar filo al machete que se utilizaría en la amputación”, escribe Carpentier en el capítulo “La poda” (p. 29).

Pero Mackandal, con sus conocimientos sobre hierbas, fue creador de venenos que añejaron las comidas y bebidas de los dueños y señores de las plantaciones francesas, ya para entonces “las carroñas se habían adueñado de la comarca”.

Así lo narra Carpentier:

En las iglesias del Cabo no se escuchaban sino Cantos de Difuntos, y las extremaunciones llegaban siempre demasiado tarde, escoltadas por campanas lejanas que tocaban a muertes nuevas. Los sacerdotes habían tenido que abreviar los latines para poder cumplir con todas las familias enlutadas. En la Llanura sonaba, lúgubre, el mismo responso funerario, que era el gran himno del terror. Porque el terror enflaquecía las cars y apretaba las gargantas (p. 40).

Véase este fragmento (en donde se reafirma lo mítico-religioso como guía espiritual de la rebelión) como un claro ejemplo de lo que llamamos “lo real maravillosa” en la novela:

Cierta vez la Mamán Loi enmudeció de extraña manera cuando se iba llegando a lo mejor de un relato. Respondiendo a una orden misteriosa, corrió a la cocina, hundiendo los brazos en una olla llena de aceite hirviente. Ti Noel reflejó que su cara reflejaba una tersa indiferencia, y, lo que era más raro, que sus brazos al ser sacados del aceite, no tenían ampollas ni huellas de quemaduras, a pesar del horroroso sonido de fritura (p. 33).

Mackandal, se convirtió en un carismático líder de la guerrilla que unió las bandas alzadas, y creó una forma de comunicación secreta, la cual era llevada a cabo en las plantaciones. Dirigió sublevados en la noche para matar a los propietarios franceses. Cuando fue capturado, lo torturaron hasta la sumisión; terminó quemado vivo en 1758, a la vista de los señores contra los que un día atentó, llenando de humo y magia la plaza pública de Cap-Français:

Varios soldados amontonaron haces de leña al pie de un poste de quebracho, mientras otros atizaban la lumbre de un bracero. (…) Con la cintura ceñida con un calzón rayado, Mackandal avanzaba hacia el centro de la plaza.

En sus ciclos de metamorfosis, Mackandal se había adentrado muchas veces e el mundo arcano de los insectos…En el momento decisivo, las ataduras del mandinga, privadas de un cuerpo que atar, dibujarían por un segundo el contorno de un hombre en el aire, antes de resbalar a lo largo del poste. Y Mackandal, transformado en mosquito zumbón, iría a posarse en el mismo tricornio del jefe de la tropa.

Mackandal estaba ya adosado al poste de torturas. (…) El fuego comenzó a subir hacia el manco sollamándole las piernas. En ese momento Mackandal agitó su muñón…sus ataduras cayeron, y el cuerpo del negro se espigó en el aire, volando sobre las cabezas…

Un solo grito llenó la plaza:

- “Mackandal sauvé!”

Y fue la confusión y el estruendo. (…) muy pocos vieron que Mackandal, agarrado por diez soldados, era metido de cabeza en el fuego, y que una llama crecida por el pelo encendido ahogaba su último grito” (p. 52–53).

Un punto de importancia, más bien determinante (simbiosis entre lo histórico, lo mítico-cosmológico y lo real maravilloso) es la caracterización del Mackandal licántropo pero personaje real a la vez, capaz de transmutarse en diferentes animales según las tradiciones del vudú y la cosmología haitiana:

De noche en sus barracas y viviendas, los negros se comunicaban, con gran regocijo las más raras noticias: una iguana verde se había calentado el lomo en el techo del secadero de tabaco, alguien había visto volar, al medio día, una mariposa nocturna; un perro grande, de erizada pelambre, había atravesado la casa, a todo correr, llevándose un pernil de venado, un alcatraz había largado los piojos (tan lejos del mar) al sacudir sus alas sobre el emparrado del traspatio (p. 44).

Pero, todos sabían que la iguana verde, la mariposa nocturna, el perro desconocido, el alcatraz inverosímil, no eran sino simples disfraces. Dotado del poder de transformarse en animal de pezuña, en ave, pez o insecto, Mackandal visitaba continuamente las haciendas de la llanura para vigilar a sus fieles y saber si todavía confiaban en su regreso.

De metamorfosis en metamorfosis, el manco estaba en todas partes habiendo recobrado su identidad corpórea al vestir con trajes de animales. Con alas un día, con agallas al otro, galopando o reptando, se había adueñado del curso de los ríos subterráneos, de las cavernas de la costa, de la copa de los árboles, y reinaba ya sobre la isla entera. Ahora, sus poderes eran ilimitados (p. 45).

La sangre de los santos en Bois Cayman

Ti Noel también participó en la sublevación encabezada por el jamaiquino Bouckman en 1791, conocida como la conspiración de Bosque Caiman (Bois Cayman). El 14 de agosto de 1769 se habría producido en Bois Cayman una ceremonia del sacerdote vudú Bouckman, que es considerada como el punto de partida de la Revolución Haitiana:

Los truenos parecían romperse en aludes sobre los riscos de Morne Rouge, rodando largamente al fondo de las barrancas, cuando los delegados de las dotaciones de la Llanura del Norte llegaron a las espesuras de Bois Caiman.

De pronto, una voz potente se alzó en medio del congreso de sombras… Era Bouckman el jamaiquino quien hablaba de esa manera.

Junto a Bouckman, una negra huesuda, de largos miembros, estaba haciendo molinetes con un machete ritual.

“Ogún de los hierros, Ogún el guerrero, Ogún de las fraguas, Ogún mariscal, Ogún, Ogún de las lanzas….”

El machete se hundió súbitamente en el vientre de un cerdo negro, que largó las tripas y los pulmones en tres aullidos (p. 64, 65 y 66).

El triunfo de la Revolución Francesa en 1789, tuvo fuertes repercusiones en Haití. En 1791, por la propia situación interna en Saint Domingue (como era llamada esa parte de la isla de La Española) y por los vientos renovadores que llegaban de Francia, se producen grandes insurrecciones de esclavos en el norte de la isla, entre ellas a de Bouckman, considerándose el inicio de lo que sería la Revolución haitiana. En esta fecha, la ciudad Cap Français fue incendiada por los sublevados.

En 1792 la monarquía francesa de Luis XVI cae en la guillotina, y se proclama la República Francesa. Los jacobinos, el ala izquierda de la Revolución Francesa, decretan derechos políticos iguales para todos los negros libres y los mulatos. Esto provoca repercusiones enormes en la colonia de Saint Domingue, donde la mayoría de la población era negra.

Entre 1792 y 1793, Francia entró en guerra con Austria, Prusia, Gran Bretaña y Holanda, y además sintiéndose amenazada por España. La Asamblea francesa envía tres representantes a Saint Domingue. Sin consultar a Francia, el 29 de agosto de 1793, uno de los representantes (Sonthonax) publica el decreto de emancipación de los esclavos en el norte de Saint Domingue. En 1795, impulsadas por las luchas que tienen lugar en esta región, ocurren grandes rebeliones de esclavos en otras partes del Caribe, incluida Cuba.

Así lo narra Alejo Carpentier:

Aunque el trueno apagara frases enteras, Ti Noel creyó comprender que algo había ocurrido en Francia, y que unos señores muy influyentes habían declarado que debía darse la libertad a los negros…

Y en mayo, la Asamblea Constituyente, integrada por una chusma liberaloide y enciclopedista, había acordado que se concedieran derechos políticos a los negros…

Todas las puertas de los barracones cayeron a la vez, derribadas desde adentro. Armados de estacas, los esclavos rodearon las casas de los mayorales, apoderándose de las herramientas (…) Luego de mojarse los brazos en la sangre del blanco, los negros corrieron hacia la vivienda principal, dando muerte a los amos, al gobernador, al Buen Dios y a todos los franceses del mundo.

Las noticias, dadas a gritos, sacaron a Monsieur Lenormand de Mezy de su estupor. La horda estaba vencida. La cabeza del jamaiquino Bouckman se engusanaba, ya verdosa y boquiabierta, en el preciso lugar en que se había hecho ceniza hedionda la carne del manco Mackandal.

Todo el que tuviera sangre africana en las venas, así fuera cuarterón, tercerón, mameluco, grifo o marabú, debía ser pasado por las armas (p. 64–73).

En 1797 es nombrado Gobernador General Toussaint L’Ouverture (Louverture), que antes había sido esclavo y ahora era General de un gran ejército. Y en 1799, Napoleón disuelve el Directorio francés, creado en los días de la Revolución, y Louverture ocupa el lado oriental de la isla, para en 1801, proclamar una Constitución que no reconoce la esclavitud.

Liberté, égalité fraternité

Ese mismo año, Napoleón Bonaparte envía a Saint Domingue a su cuñado Leclerc –en la novela su esposa Paulina Bonaparte, hermana del emperador francés, guía el eje de la historia– al frente de un fuerte ejército: había que aplastar a los que habían sido negros esclavos y eran en esos momentos, quienes mejor encarnaban las consignas de “libertad, igualdad y fraternidad” que habían nacido con la Revolución Francesa: “En las noches, Leclerc le hablaba, con el ceño fruncido, de sublevaciones de esclavos, de dificultades con los colonos monárquicos, de amenazas de toda índole” (p. 87).

El 27 de abril de 1802, Napoleón emite el decreto que restablece la esclavitud y la trata de negros en las colonias francesas del Caribe. El 6 de mayo de ese año, Toussaint Louverture, engañado, acepta las propuestas del General Leclerc y es enviado el 7 de junio a Francia, donde es encarcelado en el Fuerte de Joux (finalmente muere en 1803, olvidado e ignorando lo que ocurría en su país).

Leclerc murió de una enfermedad tropical, por lo que muchos dicen que fueron estas las que vencieron las tropas francesas, sin mirar el papel de los antiguos esclavos, que finalmente las derrotan en 1803.

Carpentier lo cuenta, entre bosquejos de lo mítico-religioso (recalcando este papel) y lo histórico:

Una tarde, Leclerc desembarcó en la Tortuga con el cuerpo destemplado por siniestros escalofríos. Sus ojos estaban amarillos. El médico militar que lo acompañaba le hizo administrar fuertes dosis de ruibarbo.

Los ataúdes salían de las casas en hombros de hombres negros; las viudas veladas de negro, que aullaban al pie de las higueras; las hijas, vestidas de negro… (…) No había fuga posible.

Convencida del fracaso de los médicos, Paulina escuchó entonces los consejos de Solimán, que recomendaba sahumerios de inciensos, índigo, cascaras de limón, y oraciones que tenían poderes extraordinarios…

La agonía de Leclerc, acreciendo su miedo, la hizo avanzar más aún hacia el mundo de los poderes que Solimán invocaba con sus conjuros…

En la cesta que contenía sus ajados disfraces de criolla viajaba un amuleto de Papá Legba, trabajado por Solimán, destinado a abrir a Paulina Bonaparte todos los caminos que la condujeran a Roma (p. 88–93).

A consecuencia de la derrota de las tropas francesas, el 1 de enero de 1804 se proclama la independencia, que promulga el General en Jefe de las tropas independentistas, Jean Jacques Dessalines, 1758–1806, y pasa de ser Saint Domingue, a Haití, como era llamado originalmente el país por los aborígenes.

 

[1] Las citas de El reino de este mundo, salvo que se especifique lo contrario, fueron tomadas de la edición de 2014 de la Fundación Celarg, Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, Caracas, Venezuela.