Recuento de cosmogonías a setenta años de El reino de este mundo (II) Segunda Parte

Recuento de cosmogonías a setenta años de El reino de este mundo (II) Segunda Parte

  • Alejo Carpentier. Foto Internet
    Alejo Carpentier. Foto Internet

Santiago de Cuba: Retorno/Los signos

Santiago soy hijo de la guerra:

Santiago,

¿no ves que soy hijo de la guerra?

Antiguo canto esclavo

Ti Noel escapó casi milagrosamente de las represalias posteriores a las revueltas de Bouckman, y fue llevado por su amo a Santiago de Cuba, en el oriente del país. Esa represión brutal fue apoyada también por los esclavistas cubanos:

La urca había doblado el cabo del Cabo. Allá quedaba la ciudad, siempre amenazada por negros…

La noche de su llegada a Santiago, Monsieur Lenormand de Mezy se fue directamente al Tívoli, el teatro de guano construido recientemente por los primeros refugiados franceses…

En Cuba su vida siguió normal, pero la nave de los perros marchaba rumbo a Haití:

-¿Adónde los llevan? –gritó Ti Noel a un marinero mulato que estaba desdoblando una red para cerrar una escotilla.

-¡A comer negros!-carcajeó el otro, por encima de los ladridos. Estimando que con ello los negros se estarían quietos, el gobernador había mandado a buscar centenares de mastines a Cuba… (p. 77–93).

Ya anciano, Ti Noel retorna a Haití, en la que se había abolido “la esclavitud para siempre”, pero (vuelve el azar) al retornar a su semilla, es esclavo del usurpador y antiguo cocinero de la calle de los Españoles, Henri Christophe, quien se autoproclamó en 1807 presidente del “Estado de Haití”, junto con Alexander Pétion, este como presidente de “la república de Haití” en el sur. En 1811 se convirtió el Estado de Haití en Reino, y se proclamó Christophe rey, gobernando con el nombre de Enrique I de Haití:

Porqué el sabía- y lo sabían todos los negros franceses de Santiago de Cuba- que el triunfo de Dessalines se debía a una preparación tremenda, en la que habían intervenido          Loco, Petro, Ogún Ferraille, Brise-Pimba, Caplaou-Pimba, Marinette Bois-Cheche y todas las divinidades de la pólvora y el fuego.

Mucha gente trabajaba en esos campos, bajo la vigilancia de soldados armados de látigos, que, de cuanto en cuanto, lanzaban un guijarro a un perezoso. “Presos”, pensó Ti Noel, al ver que los guardianes eran negros, pero que los trabajadores también eran negros…

Pero lo que más asombraba a Ti Noel era el descubrimiento de que ese mundo prodigioso…era un mundo de negros. Porque negras eran aquellas hermosas señoras…; negros aquellos dos ministros de medias blancas…; negro aquel cocinero (…) negros aquellos lacayos de peluca blanca (…); negra en fin, y bien negra, era la Inmaculada Concepción que se erguía sobre el altar mayor de la capilla (p. 99–104).

Sísifo o subir la piedra a la montaña (constantemente)

Aquí es donde Carpentier apela a otro mito, que, a manera de constantes y variados referentes, atraviesa toda su obra: el mito griego de Sísifo. Los rasgos de uno de los seres más trágicos de la mitología griega, condenado eternamente a subir una enorme piedra a la cima de la montaña: cada vez la piedra cae y todo debe comenzarse de nuevo, se trasluce evidentemente en la figura de Ti Noel, cuando lo volvemos a ver esclavo que acarrea los ladrillos del Gorro de Obispo, donde por voluntad del monarca negro Henri Christophe se construye una gigantesca ciudadela. Como centenares de negros que trabajaban a su lado, una vez ganada la cina Ti Noel debe bajar en busca de una nueva piedra:

Ti Noel comprendió que se hallaba en Sans-Souci, la residencia predilecta del rey Henry Christophe, aquel que fuera antaño cocinero en la calle de los Españoles, duelo del albergue de La Corona, y que hoy fundía monedas con sus iniciales, sobre la orgullosa divisa de Dios, mi casusa y mi espada.

Arriba (en la cima del Gorro del Obispo) bramaban los toros que iban a ser degollados en las primeras luces del alba. (…) Pronto supo Ti Noel que esto duraba ya desde hacía más de doce años y que toda la población del Norte había sido movilizada por la fuera para trabajar en aquella obra inverosímil. Todos los intentos de protesta habían sido ahogados en sangre (p. 104–109).

El peso de las coronas rodantes

Ti Noel fue, además, testigo ocular de la sublevación contra Henri Christophe y participante de la devastación y saqueo de su palacio en 1822:

El pueblo que lo había aclamado a su llegada estaba lleno de malas intenciones, al recordar demasiado, sobre un atierra fértil, las cosechas perdidas por estar los hombres ocupados en la construcción de la Ciudadela.

En alguna casa retirada –lo sospechaba– habría una imagen suya, hinchada con alfileres o colgada de mala manera con un cuchillo encajado en el lugar del corazón (p. 120).

Así narra Alejo –nótese la importancia de la religión, mayormente el vudú en el desenlace de la historia– el fin del gobierno de Christophe:

El nombre de Cornejo Breille se atravesó en la garganta de Christophe, dejándolo sin habla. Porque era el arzobispo emparedado, de cuya muerte y podredumbre sabían todos, quien estaba allí, en medio del altar mayor, ornado por sus pompas eclesiásticas, clamando el Dies Irae…

Henri Christophe, desorbitado, soportó hasta el “Rex tremendai magestatis”. En ese momento un rayo que solo ensordeció sus oídos cayó sobre la torre de la iglesia, rajando a un tiempo todas las campanas.

El rey yacía sobre el piso, paralizado, con los ojos fijos en las vigas del techo. Pero ahora, de un gran salto, el espectro había ido a sentarse sobre una de esas vigas, precisamente donde lo viera Christophe, aspándose de mangas y de piernas, como para lucir más ancho y sangriento el brocado. Mientras, ya en palacio, intentaban restablecer al rey: Los médicos comenzaron a flotar su cuerpo inerte con una mezcla de aguardiente, pólvora y pimienta roja. En todo el palacio, las medicinas, tisanas, sales y ungüentos, sahumaban las tibiezas de los salones demasiado llenos de funcionarios y cortesanos (p. 121–122).

Había comenzado la sublevación que derrotaría a Christopher:

Pero, de súbito, la mano del monarca se alzó el gesto de colérica sorpresa, las cajas, destimbradas, habían dejado el toque reglamentario, descompasándose en tres percusiones distintas, producidas no ya por los palillos, sino por los dedos de los parches.

­–¡Están tocando el manducumán!– gritó Christophe arrojando el bicornio al suelo.

El palacio estaba desierto, entregado a la noche sin luna. Era de quien quisiera tomarlo, pues se habían llevado hasta los perros de caza.

Christophe sacó un puñado de monedas de plata, marcadas con sus iniciales. Luego, arrojó al suelo, una tras otras, varias coronas de oro macizo, de distinto espesor. Una de ellas alcanzó la puerta, rodando, escaleras abajo, con un estrepito que llenó todo el palacio. (…) Maquinalmente recitó el texto que encabezaba las actas públicas de su gobierno: “Henri, por la gracias de Dios y la Ley Constitucional del Estado, Rey de Haití, Soberano de las Islas de la Tortuga, Gonave, y otras adyacentes, Destructor de la Tiranía, Regenerador y Bienhechor de la Nación Haitiana…” (p. 124–127).

Christopher se refugia en lo que creía era su fortaleza indestructible, alimentada con sangre de toros sacrificados a los santos: la Ciudadela de La Ferriére; y termina finalmente suicidándose.

Narra Carpentier:

La sangre de toros que habían bebido aquellas paredes tan espesas era de recurso infalible contra las armas de blancos. Pero esa sangre jamás había sido dirigida contra los negros, que al gritar, muy cerca ya, delante de los incendios en marcha, invocaban Poderes a los que se hacían sacrificios de santos. Casi no se oyó el disparo, porque los tambores estaban ya demasiado cerca. La mano de Christopher soltó el arma, yendo a la sien abierta, así como el cuerpo se levantó todavía, quedando como suspendido en el intento de un paso, antes de desplomarse, de cara adelante, con todas sus condecoraciones. Los pajes aparecieron en el umbral de la sala. El rey moría, de bruces en su propia sangre.

El gobernador entreabrió la hamaca para contemplar el semblante de Su Majestad. (…) Después, obedeciendo una orden, los pajes colocaron el cadáver sobre el montón de argamasa, en el que empezó a hundirse lentamente, de espaldas, como halado por manos viscosas.

Después de haber escogido su propia muerte, Henri Christopher, ignoraría la podredumbre de su carne, carne confundida con la materia misma de la fortaleza inscrita dentro de su arquitectura, integrado su cuerpo haldado de contrafuerte. La Montaña del Gorro del Obispo, toda entera, se había transformado en el mausoleo del primer rey de Haití (p. 129–135).

Luego de la muerte de Christophe comenzó el saqueo de la ciudad:

De pronto, muchas luces comenzaron a correr dentro del edificio. Era un baile de teas que iban de la cocina a los desvanes, colocándose por las ventanas abiertas, escalando las balaustradas superiores… El saqueo había comenzado.

Un preso, tan harapiento, que llevaba el sexo afuera del calzón, alargó el dedo al cuello de la reina:

–En país de blancos, cuando muere un jefe se corta la cabeza a su mujer.

Al comprender que el ejemplo dado casi treinta años antes por los idealistas de la Revolución Francesa, era muy recordado ahora por sus hombres, el gobernador pensó que todo estaba perdido.

Ti Noel era de los que había iniciado el saqueo de Sans-Souci. (…) La noche en que la Llanura se había llenado de hombres, de mujeres, de niños, que llevaban en la cabeza relojes de péndulo, sillas, baldaquines, girándulas, reclinatorios, lámparas y jofainas, Ti Noel había regresado varias veces a Sans Souci (p. 132–147).

Horas de licantropía: de hombre a insecto a pez a ave…

Por último, vemos a Ti Noel, como un viejo decrepito y loco, viviendo sus días finales en las ruinas de la hacienda de su primer dueño, expuesto siempre al peligro constante de una nueva esclavitud, ya sea entre los hombres o en el reino animal al que se acercaba mediante las metamorfosis imaginarias (el reino de lo divino) y tratando de vivir aferrado, sin otra solución, al reino de este mundo: “Ahora, Ti Noel hablaba constantemente. Hablaba, abriéndose de brazos, en medio de los caminos; hablaba a las lavanderas…, hablaba a los chicos que bailaban la rueda. Pero hablaba, sobre todo, cuando se sentaba detrás de su mesa y empuñaba una ramita de guayabo a modo de cetro” (p. 148).

El escrito somete a su personaje central a tentaciones especiales. Vemos como el anciano Ti Noel consigue un trozo de “tierra de promisión” en las posesiones abandonadas de su antiguo dueño, e incluso se proclama rey de este lugar. Su “reino” refleja una parodia de la monarquía de Christopher: no es casual que el viejo se ponga la camisola del tirano derrocado, y aunque Ti Noel se conduce como un gobernante apacible y bondadoso (que reparte títulos nobiliarios por doquier) en su extravagancia traiciona su auténtica vocación por un poder quimérico.

Luego Ti Noel, ansiando evadir los yugos de los nuevos dueños de la Llanura del Norte, decide abandonar su aspecto humano. Siguiendo el ejemplo de Mackandal, se convierte en pájaro, en fiera, en insecto…, aunque es probable (y la misma novela lo demuestra) que estas transformaciones solo se produzcan en el celebro turbado del anciano.

El hecho de que fracasaran las tentativas del antiguo esclavo, de adquirir a ese precio la libertad solo para sí, es la venganza de su intento de rehuir al cumplimiento del deber humano.

Llega el instante de la lucidez y el viejo negro comprende el sentido más recóndito no solo de su propia vida, sino también de la vida del hombre como tal. Por primera vez en toda la literatura latinoamericana, el protagonista percibe su responsabilidad con toda la historia humana:

Llevado a un toque de tambor, Ti Noel había caído en posesión del rey de Angola, pronunciando un largo discurso lleno de adivinanzas y de promesas. Luego, habían nacido rebaños sobre sus tierras (…) haciendo de cualquier transeúnte ministro, de cualquier cortador de yerbas, general, otorgando baronías, regalando guirnaldas, bendiciendo a las niñas, imponiendo flores por servicios presados. Así habían nacido la Orden de Aguinaldo, la Orden del Mar Pacífico, la Orden del Galán de Noche… (p. 149).

Pero todo no era tranquilidad en las llanuras haitianas:

Observó que los Agrimensores estaban en todas partes y que unos mulatos a caballo, con camisas de cuello abierto, fajas de seda y botas militares, dirigían grandes obras de labranza y deslinde, llevadas a cabo por centenares de negros custodiados.

Mackandal no había previsto esto del trabajo obligatorio. Tampoco Bouckman, el jamaiquino. Lo de los mulatos era novedad en la que no pudiera haber pensado José Antonio Aponte, decapitado por el Marqués de Someruelos, cuya historia de rebeldía era conocida por Ti Noel desde sus días de esclavitud cubana (p. 152).

En sus horas de locura licantrópica, a Ti Noel “se le había dado a entender claramente que no le bastaba ser ganso para creerse que todos los gansos fueran iguales. (…) Ti Noel comprendió oscuramente que aquel repudio de los gansos era un castigo a su cobardía. Mackandal se había disfrazado de animal, durante años, para servir a los hombres, no para desertar del terreno de los hombres” (p. 157).

Pero la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse Tareas. En el Reino de los Cielos no hay grandezas que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de penas y Tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre solo puede hallar su grandeza, su máxima medida en el Reino de este mundo (p. 158).

Finalmente, “desde aquella hora nadie supo más de Ti Noel ni de su casaca verde con puños de encaje salmón, salvo, tal vez, aquel buitre mojado, aprovechador de toda muerte, que esperó el sol con las alas abiertas: cruz de plumas que acabó por plegarse y hundir el vuelo en las espesuras de Bois Caiman” (p. 160).

Casi tres lustros después, el escritor decidió reescribir el texto “De lo real maravilloso americanopara incluirlo en su volumen de ensayos Tientos y diferencias (1964). El escritor parece sentirse seguro no solo de su acierto teórico, sino de la prolongación ya en ese tiempo de este último en algunos discípulos:

El surrealismo ha dejado de constituir, para nosotros, por proceso de imitación muy activo hace todavía quince años, una presencia erróneamente manejada. Pero nos queda lo real maravilloso de índoles muy distinta, cada vez más palpable y discernible, que empieza a proliferar en la novelística de algunos jóvenes novelistas del continente… (1984, p. 76).

Es innegable que en América lo maravilloso con la concepción carpenteriana se palpa a flor de tierra: en los cantos brujos africano, en los cuentos indios, en las cosmogonías donde el hombre nace del maíz y la serpiente emplumada vuelve de los cielos redentora, como el Mesías bíblico, en el diario vivir americano y de sus hombres; de ahí que:

…lo real maravilloso se encuentra en cada paso en la vida de hombres que inscribieron fechas en la historia del continente y dejaron apellidos aún llevados: desde los buscadores de la Fuente de la Eterna Juventud, de la áurea ciudad de Manoa, hasta ciertos rebeldes de la primera hora o ciertos héroes modernos de nuestras guerras de independencia de tan mitológica traza como la coronela Juana de Azurduy (p. 14).

Los hombres tienen otra oportunidad en el Reino de los Cielos, los que crean finalmente en el Reino de los Cielos. Para el resto queda siempre el Reino de este Mundo.

 

 

 

Bibliografía:

Anderson I., Enrique (2005): Historia de la literatura hispanoamericana 1 (La colonia y Cien años de República), Editorial Félix Varela, La Habana.

Carpentier, Alejo (2004): El reino de este mundo, Fundación Celarg, Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, Caracas.

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Crouzet, Maurice (2006): Historia general de las civilizaciones, Editorial Félix Varela, La Habana.

Fanon, Frantz (2010): Piel negras, máscaras blancas, Editorial Ciencias Sociales, La Habana.

Fornet, Ambrosio (2009): Narrar la nación. Ensayos en blanco y negro, Editorial Letras Cubanas, La Habana.

Galeano, Eduardo (2011): Espejos. Una historia casi universal. Fondo Editorial Casa de las Américas, La Habana.

Guerra V., Sergio (2004): Historia mínima de América, Editorial Félix Varela, La Habana

Méndez, M., Roberto (2013): “Lo real maravilloso y el realismo mágico”, en La letra del escriba, no. 121, p. 12.

Ospovat, Lev (1974): “El hombre y la historia en la obra de Alejo Carpentier”, en Casa de Las Américas, no. 87, p. 9.

Otero, Lisandro (2006): Avisos de ocasión, Ediciones Unión, La Habana

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