Septeto Ecos del Tivolí: un tributo de excepción

Septeto Ecos del Tivolí: un tributo de excepción

  • Apostar por títulos que han sido tocados por músicos afamados en diversas geografías y épocas, siempre sobrecoge. Foto: Cortesía del autor
    Apostar por títulos que han sido tocados por músicos afamados en diversas geografías y épocas, siempre sobrecoge. Foto: Cortesía del autor

Este es un disco de clásicos de la isla preciosa, de la Borinquen bienamada,  de Puerto Rico. Un disco de clásicos del Caribe y de toda Hispanoamérica. No puede ser de otro modo cuando se habla de Rafael Hernández (1892-1965), uno de los compositores más importantes de la música popular en español.

“Cuba y Puerto Rico son / de un pájaro las dos alas”, escribió la poetisa Lola Rodríguez de Tió. Ese estandarte nos acompaña y flota en este tributo que propone Ecos del Tivolí. Desde su creación en Santiago de Cuba (1992), este septeto ha sido sostén, escenario y aliento de la tradición.

Apostar por títulos que han sido tocados por músicos afamados en diversas geografías y épocas, siempre sobrecoge. Resulta una garantía a la vez que un riesgo… pero Ecos del Tivolí, bajo la certera dirección de Jorge Cambet, nunca se arredró. Diríase, por el contrario, que el desafío llegó justo a su medida. 

El sonido redondo, desdoblado, vibrante o sosegado, delineado para cada tema, no deja lugar a las dudas; notable lo mismo en el bolero, el son o la guajira; que en la canción, la rumba o la conga.

El nivel cualitativo de los arreglos musicales es una marca del disco y de la agrupación, mediado el protagonismo del tresero Sander Arzuaga Salazar (“El ciclón de Santa Lucía”)  y del guitarrista acompañante Ángel Luis Shombert Elías. La calidez de los coros, el liderazgo vocal de Iván Batista Aja (su Ausencia es una gema) y la trompeta de EulicesGalbán, constituyen claves en esta producción.

Escúchense con detenimiento piezas como Mi delito, Jugando mamá jugando(con la invitación a Juan Guillermo Almeida) y La casa de Margot, donde el tumbador Adonis Bandera Jardines ha derrochado talento; lo mismo que el bajista Antonio Barbarú, con brillantez especial en el son-guajiira Mi querer. Por si fuese poco, un maestro del tres como Pancho Amat agrega magia a todos esos ingredientes, en La gata de Wenceslao.

El fonograma acoge otras exclusivas. Alejandro “Chalí” Hernández, hijo del afamado compositor, pone su corazón a latir en grande con No te vayas, mulata. ¡Nada menos! Y el experimentado Rafael “Pole” Ortiz, demuestra porque es considerado uno de los cantantes más completos de Puerto Rico (Mi delito), integrado perfectamente a un dúctil y múltiple Ecos del Tivolí.

La pieza Mi querer regala el estilo interpretativo de Iván y las cuerdas de un cuatro inconfundible. Se trata del boricua Juan Antonio Rivera Colón, toda una institución del patrimonio musical antillano y a quien el mundo musical aplaude como Tony Mapeyé

El sabor de Borinquen adentro lo sostiene Chabela Rodríguez en Lamento borincano. Su voz se revela profunda, entrañable. Recrea en clave propia, un clásico de la identidad  puertorriqueña y le agrega matices que no podrán dejar de advertirse. 

Como se trata de una hermandad, Ecos del Tivolí es generoso e integra esta vez a su línea sonora como conjunto, a músicos de la talla de Beatriz Márquez, que borda cual filigrana su paso por Silencio. A una exquisitez le corresponde otra. Por su parte, Leo Vera, convertido ya en una de las voces más notables de nuestro pentagrama, engalana un superclásico como Campanitas de cristal.

Da gusto escuchar cómo se incorpora al cierre, la fuerza irreductible de la conga de Los Hoyos, emblema vivo de la cultura popular de Santiago de Cuba. Este es un disco de clásicos de la isla preciosa, de la Borinquen bienamada,  de Puerto Rico. Un disco de clásicos del Caribe y de toda Hispanoamérica, hecho desde el alma cubana. Su participación en Cubadisco 2018 es un acto de coherencia. Y no cabe altisonancia ni loa espuria: este es un disco de excepción.